Día cincuenta

Lluvia y tabaco

PapaJuan
PapaJuan
Aug 24, 2017 · 10 min read
Hay algo poético en la lluvia, pero no recuerdo qué.

No pude dormir bien. Me desperté a las cinco de la mañana, encendí mi primer cigarro siete minutos después.

Intenté, tras fumarme media cajetilla de Lucky Strike, de conciliar el sueño. No obtuve resultados y cuando sonó mi alarma dos horas después me sentí terriblemente agotado. Es difícil mantenerse motivado para un día de gran importancia, como lo fue hoy, con este clima de mierda. Van dos semanas que no para de llover; y ya es el colmo. No sería tan malo si mi apartamento no tuviera tantas goteras y no se condensara un olor a humedad. Para asfixiar el chapoteo de las jodidas gotas de lluvia enciendo el televisor y sintonizo uno de esos noticieros matutinos. Informan que muchas de las colonias pobres se están inundando debido a su mala planeación y la porquería de su servicio de drenaje, en particular el antiguo barrio francés Margotte, del cual nunca había escuchado.

Hoy fue mi primer día de trabajo. No vale la pena hablar de dónde provienen los insumos de la empresa, a qué se dedica, qué bienes produce, si ofrece algún servicio. De todas maneras para nosotros los contadores es lo mismo: gastos y abonos. No nos importa.

Mi jefe me presentó con mi equipo de trabajo; tuvimos quince minutos de chit-chat antes de que volvieran a sus puestos. No recuerdo todos sus nombres, y no creo que recuerden el mío. Seré conocido y conjurado como «el Nuevo» por algo de tiempo, el suficiente para que yo reconozca sus caras y memorice sus nombres. En el ínter llamaré a cada uno bajo el seudónimo de «colega».

La jornada terminó. Yo terminé agotado, con ganas de dormir y no despertar.

De regreso a mi apartamento encontré en mi puerta una nota de Ella.

No pareciera, pensé.

Con la jodida lluvia fumo más de lo normal, así que mi tercera cajetilla del día se acabó. Voy de camino a comprar más tabacos cuando veo que mi vecina, la del apartamento ciento nueve, está en su balcón, empapada hasta los huesos. Le tiemblan las piernas, tirita del frío incontrolablemente, al grado que creo escuchar como castañean sus dientes. Su cabello, si bien corto, no deja a ver su rostro, pero apuesto a que está llorando, sufriendo. No sé por lo que está pasando ahorita mismo —ni siquiera conozco su nombre—, pero conozco el verdadero dolor, el que te lleva a hacer estupideces y lastimarte a ti mismo. Le aviento mi paraguas a los pies. Antes de que pueda ver la reacción de mi vecina doblo en una esquina.

Nunca había entendido la expresión «helado hasta los huesos». Hasta hoy. Mientras camino por la acera, evitando los charcos, me duelen los huesos, gracias al frío punzante. De regreso a casa tomaré una ducha caliente, de esas que no tomo hace tiempo.


Sigo sin poder conciliar más de cinco horas de sueño. Amanecí a las tres veinte de la mañana, encendí mi primer cigarro diez minutos después.

A quince días de obtener este nuevo empleo, lo que creí que sería un fresco nuevo comienzo, me siento podrido y derrotado. La humedad de mi apartamento es asfixiante, mi maquinal rutina me molesta, y la lluvia me ensordece, al grado que no disfruto de escuchar música, mi única pasión. Excepto cuando fumo, mi mente se encuentra atrapada en el sonido blanco que produce el chapoteo de las gotas.

En el trabajo puedo distraerme mucho, y disfruto mi jornada. Aun así, todavía no soy el elegante conversador que era antes. Mi equipo de trabajo y yo mantenemos las distancias. Hablamos no más de lo indispensable para hacer funcionar los engranajes de la empresa. Probablemente no les agrade, o quizás tiénenme lástima ya que evitan hacer contacto visual conmigo y se quedan con una mueca torcida en el rostro cuando me dirigen la palabra. Hace preguntarme si mi dolor me ha dejado marcas en el rostro.

Hora de hablar del Departamento de Recursos Humanos. Es una expresión fría, ¿no creen?

Como si los empleados fueran recursos para explotar —pensándolo bien, sí lo son. En el área de fumadores concurren todos los empleados de Recursos Humanos, ergo, convivimos ocasionalmente.

Pablo Torri, gerente de RR. HH. además de ser reclutador, fue con quien me entrevisté para el puesto. Su hobby es coleccionar jerseys y demás artículos deportivos autografiados por los grandes de todos los tiempos (léase Jordan, Maradona, Ruth, etc.). Fuma dos cajetillas al día en la sala de fumadores, media cajetilla a lo largo de la jornada durante pequeños descansos y el resto escuchando un programa de radio de deportes. Irónico, ya que se trata de un hombre rollizo. Se rasca la papada mientras fuma, se detiene cada vez que enciende un cigarrillo.

Mateo Ascárraga es el psicólogo de la empresa, mediador en los altercados entre empleados y quien te da un ultimátum si tu indisciplina es motivo de despido, según escuché. Coincidimos la mayoría de las veces que nos damos un receso para fumar. Es cinéfilo tiempo completo. Discutimos sobre cuál es nuestro largometraje favorito dirigido por Wes Anderson —The Darjeeling Limited, obviamente — . Cada vez que enciende un cigarro observa nostálgico su Zippo color tornasol, como si le recordara viejos tiempos que nunca volverán.

Cristina Yael es la secretaria de Pablo y la responsable del éxito de Torri. Una mujercita de casi metro cincuenta, es irremediablemente hipocondríaca. Fuma rápido sus tabacos, uno tras otro, según ella para calmar los dolores de cabeza. Su tiempo de descanso consiste en fumarse una cajetilla en quince minutos mientras atiende llamadas. Nunca se da un respiro.

Ricardo Vela es conocido como «El capataz lujuria». Es evaluador de desempeño. De rato en rato lo encuentras husmeando por allí, hablando con el jefe de tu departamento, buscando empleados con pobre desempeño para «brindar asesoría» y amenazarlos. Se toma su trabajo muy en serio y gracias a él la empresa rara vez tiene problemas respecto al rendimiento de los empleados. Pero fuera del horario laboral goza de tener sexo con las secretarias y demás compañeras. Responde categóricamente a cualquier pregunta; encuentro muy frustrante conversar con él. Fuma despacio, saboreando cada uno de sus cigarrillos, y se relaja al punto de desabrocharse la hebilla del cinturón y acostarse en los sofás.

Mi vecina, la del ciento nueve, trabaja asimismo en el departamento de Recursos Humanos. No conozco cuál es su puesto o qué hace dentro del departamento. En nuestro pequeño paraíso de fumadores se encuentra marginada, cerca de la ventana para sentir la brisa de la lluvia. En silencio.

Hoy me vi en la penosa necesidad de pedirle un encendedor. Nos encontrábamos solos.

—Emm…

Callé para pensar mis palabras. No quería hacerlo incómodo, éramos vecinos.

—¿Quieres que te preste mi encendedor? —me preguntó ella. Su voz era un poco rasposa, como de quien llora por un rato y se le cierra la garganta.

—Sí… Gracias —dije.

Me pasó el encendedor con su mano izquierda. Ella llevaba puesto un suéter de lana gruesa que le cubría casi hasta los dedos. Vestía unos jeans de mezclilla negra y calzaba botas para lluvia. Su cabello negro le cubría el perfil, pero su cuello, blanco cual nieve, se descubría un poco a pesar del cuello del suéter.

—Vives en el Ábalon, ¿no? —dije, para romper el hielo.

Ni señales de que me hubiera oído. Carajo, pensé, y yo que no quería hacerlo incómodo.

—Quizás no me reconozcas, pero soy tu vecino, el del ciento tres.

Su silencio me enmudeció. Prendí fuego a mi tabaco.

Estábamos cerca de una ventana semiabierta, lo suficiente como para humedecer la piel con la brisa de la lluvia. Al querer encender mi tercer cigarrillo caí en cuenta de que me fumé toda la cajetilla. No le devolví su encendedor. Me lo embolsé y cuando me había resignado a volver a mi oficina entré en trance, observando el infinito. Quizás pasaron cinco minutos a lo mucho. Noté algo de lo que nunca me había percatado. Al precipitar, las gotas de lluvia hacen ruido. Un sonido. Un zumbido casi inaudible, ahogado casi por completo por el estruendo del choque contra el pavimento.

Cuando volví en mí la lluvia había cesado, y ella se había ido.


La tormenta que hostiga a la ciudad ha empeorado, pero mis largas noches de vigilia se están acortando.

Hoy desperté a las tres veinte de la mañana, pero resistí la tentación de encender un tabaco. Al cabo de trece minutos de contar ovejas caí en los brazos de Morfeo, quien me devolvió a mi cama a las siete de la mañana.

Llamé a mantenimiento para que arreglaran el problema de las goteras y la humedad; hace tres noches que mi Cap’n Crunch dejó su sabor rancio y su consistencia chiclosa para volver a su primigenio estado crujiente, dulce. El olor a agua estancada de mi baño se ha ido. Y también la atmósfera pesada. Los albañiles —o como se llamen— hicieron un excelente trabajo, y confío en que por más que se inunde la ciudad no tendré problemas. Hablando de eso, la ciudad se está inundando. Muchas colonias y barrios, aquellos que se encontraban en valles o tenían mal servicio de drenaje, han sido evacuados. La capacidad de los albergues está al límite. Precavidos compañeros de trabajo se han abastecido con provisiones y demás cachivaches para situaciones de emergencia. No puedo agregar más énfasis sino con mencionar que mi parentela —que nunca veo más que en funerales— se ha puesto en contacto conmigo, no para ofrecerme apoyo o auxilio en caso de que lo necesitase, pero para que me encomiende a la misericordia de dios.

Ella dejó de insistir. No ha vuelto a marcarme. Ni nada de mensajes. Creí que cuando quemé todas las fotos había dejado en claro nuestra situación. Me siento mejor sin ella acosándome.

Mi vecina, la del ciento nueve, ha faltado al trabajo tres días seguidos. No es como que te importe mucho, me miento a mí mismo, pero su ausencia no pasa desapercibida.


Tuve mi primer día soleado en más de un mes.

Desperté a las siete de la mañana, luego de un sueño profundo. No encendí un cigarrillo hasta llegar al trabajo.

Mientras embellecía números pensé en mi vecina, la del ciento nueve; pensé en lo mal que lo debe estar pasando. Pregunté en ella con mis colegas de tabacos, fui ignorado. Luego de fisgonear por RR. HH. y escuchar los rumores me enteré…

Todo comenzó el fin de semana pasado. Nuestro pervertido y caliente Capataz Lujuria, con gran determinación, con una meta bien clara, fija en su mente, tatuada en su frente, se le insinuó a mi vecina —la del ciento nueve, por si no había estado claro—, con ánimos de llevársela a la cama. «Vamos, chiquita», decía Ricardo Vela supuestamente, «ocupas a un hombre de verdad para olvidar a ese estúpido». Ella no solo lo rechazó, lo hizo pedazos. Hirió en su orgullo y persona a Vela. Ricardo Vela, naturalmente, se vengó, escribiendo una queja y un reporte de «pobre desempeño». El lunes tuvieron una pelea en la que intervino Mateo Ascárraga; mandó al Capataz Lujuria a fumarse un tabaco para calmarse y citó a mi vecina a su oficina. Le dio el famoso ultimátum. A ella no le importó un carajo. Lejos de eso, se dirigió a donde su jefe, soltando carajos. E irrumpió en una junta. Cualquier otro día ella hubiera sido detenida por Cristina Yael antes de cruzar la puerta de la sala de juntas, pero Yael se encontraba enferma, en cama. Lo que sucedió en aquel cuarto nadie lo sabe; los presentes no han soltado una palabra. Solo corren rumores. Pero ese mismo día Pablo Torri sufrió un infarto.

Esprinté a mi departamento. Corrí por las escaleras. Creo que sé lo que se viene; espero no haber llegado tarde. Al llegar a su puerta, la número ciento nueve, me encuentro con una nota.

Derribo la puerta de una patada —es fácil, el truco está en apoyarse bien y apuntar cerca del cerrojo—. La busco dentro de su apartamento. Nada más que botellas vacías de tinto barato y envases de ramen instantáneo, el habitual desorden. ¿Dónde puede estar?

El techo. Esta vez tomo el ascensor. Salgo de la caja de metal desesperado. Realmente espero no haber llegado tarde.

Ella está muy lejos del borde, sentada en el suelo, abrazando sus piernas, con las mejillas en sus rodillas. Parece estar… ¿Llorando? No, no está llorando. Tiene la mirada fija en un punto, absorta con sus pensamientos suicidas. Cuando escucha mis pasos corre al borde. Me da la espalda. ¿Va a saltar? ¿Sin despedirse? ¿Últimas palabras, al menos?

—Hola —dije, casualmente, fingiendo que no me importa que salte.

—¿En serio? ¿No tienes algo mejor? —me dice mi vecina, la del ciento nueve. No puedo ver su rostro, me imagino que tiene una cara de fastidio. O decepción.

—Realmente no se me ocurre nada mejor. Desde que ella me dejó no soy el de antes.

Silencio. Comienza a lloviznar justo en el momento que agradecí que no estuviera lloviendo.

—No es el fin del mundo —dije, después de un suspiro. Había recordado mi propio dolor. —Después de haber amado —continué—, como se ama una sola vez en la vida, me habían cambiado por un sujeto de ojos verdes. Lo más indignante fue cuando Ella me miro a los ojos y me juró que podíamos ser amigos. Lo peor fue recriminarme una y otra vez. ¿Qué hice mal? ¿Qué tengo de malo? No es el fin del mundo —dije, con voz cortada.

—No es el fin del mundo —dijo ella.

Se alejó del borde.

La invité a pasar a mi apartamento.

Renuncié a mi trabajo quince días después. Ese mismo día mi vecina, la del ciento doce, se suicidó en su recámara, de un tiro que atravesó su sien. Tuvo suerte: por lo general los tiros en la sien no son letales. Meterte el cañon del arma a la boca y apuntar ligeramente hacia arriba funciona mejor, la mayoría de las veces.

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Perdóname si no te sigo, pero me aburre caminar.

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