De la oscuridad y el silencio

La influencia de H. P. Lovecraft en ‘Alien: el octavo pasajero’ de Ridley Scott

El cine suele ser un lenguaje complejo en el que la referencia y la concepción de la realidad se entremezclan en una durísima concepción sobre la incertidumbre. Quizás por ese motivo, al director Ridley Scott se le suele acusar de trivializar la ciencia ficción. En más de una ocasión, su tendencia a la autorreferencia y la superficialidad conceptual le ha valido durísimas críticas que además han puesto en duda no sólo la trascendencia de su legado sino también el valor de su percepción sobre la distopía que puede ser. Aún así, es indudable que el director creó a lo largo de su extensa carrera un universo cinematográfico único, lleno de una novedosa percepción sobre el terror y el suspenso pero sobre todo con una mirada curiosa sobre el existencialismo. En medio de esa extraña, y en ocasiones contradictoria combinación, el trabajo de Scott parece subvertir una visión muy concreta sobre lo que especulación y crear algo nuevo a partir de ella.

Por supuesto Alien: el octavo pasajero (1979), es una de las obras cumbres de la propuesta del director y quizá la mejor que resume esa percepción de Scott sobre el miedo y la noción existencialista con que suele dotar a sus películas. La historia del carguero espacial asediado por un extraordinario monstruo sin nombre, analiza desde un punto de vista insólito no sólo el trayecto desde la percepción de lo que tememos (y por qué le tememos) sino que además reflexiona sobre la incertidumbre. Todo bajo una cuidada esquema de una clásica ghost story, repleta de todo tipo de influencias literarias y cinematográficas. El alien de Scott avanza sobre la comprensión de lo desconocido, encarnado en una magnífica criatura inexplicable, para construir un sólido planteamiento sobre el horror del vacío que suele simbolizar el espacio exterior. De esa manera tan simple y casi sobria, Scott logró no sólo revitalizar un género que ya comenzaba a parecer agotado y refundar una noción particularísima sobre la expresión de cierto terror retorcido y atractivo. Había nacido una nueva manera de asumir el miedo y sobre todo, el manido teorema del temor que habita más allá de lo comprensible.

Pero Alien: el octavo pasajero es mucho más que una refundación de la ciencia ficción basada en la incertidumbre. Es también una reinvención para la pantalla grande del aire amenazante y siniestro del terror cósmico. Para Scott lo que se esconde en la negrura del infinito es mucho más temible que cualquier enemigo visible y comprensible. Es esa mirada hacia lo que tememos y no podemos explicar (y sobre todo, que somos incapaces de definir) lo que hace mucho más complejo a la historia de Scott. La historia que cuenta el guión de Dan O’Bannon transita terrenos filosóficos que rozan la hipótesis sobre terrores fundamentales de la mente humana. Es entonces cuando la película adquiere paralelismos inevitables con otro universo en el que el terror a lo desconocido se mezcla con profundas preguntas existenciales: los cuentos de horror cósmico escritos por H. P. Lovecraft.

El parecido no es casual o, al menos, no parece serlo: Alien: el octavo pasajero deja muy claro de inmediato que la historia que cuenta está más interesada en lo terrorífico que en la violencia directa. La travesía por el espacio tiene un aspecto sucio y destartalado, muy distinto a la presunción de pulcra tecnología de otras obras semejantes. Como si se trata de una mirada a la caída en desgracia de las esperanzas de nuestra era, el viaje espacial de la película de Scott tiene un sesgo pesimista. La nave y sus tripulantes son un grupo sin mayores recursos, obreros de alta categoría y efectivos militares sin otra línea en común que una travesía corriente. No hay ningún heroísmo en este grupo borroso y anónimo. Y quizás por eso, lo que vendrá después, el terror que tendrán que enfrentar, sea tan imprevisible y letal. Una alegoría directa a lo impensable que tantas veces H. P. Lovecraft utilizó como recurso para describir, y mostrar, el miedo como una forma de aseveración sobre lo desconocido.

Pero sobre todo, Alien: el octavo pasajero es una película de atmósfera: una geografía tenebrosa que abarca desde los perfiles destartalados y levemente ruinosos del Nostromo hasta la espléndida criatura, fruto de la imaginación del dibujante sueco H. R. Giger. Oscura y desoladora, el tono de la película deja muy claro que el miedo es una percepción que gravita sobre la percepción de la identidad desintegrada en medio de un peligro indescriptible. La amenaza en Alien, de la misma manera que en los cuentos de H. P. Lovecraft, tiene un claro aire de irrealidad y fantasía. Con sus espacios cerrados y claustrofóbicos, la visión de Scott para su película construye un escenario opresivo que evidentemente se basa en los enrevesados universos de Lovecraft. No hay nada simple en los laberínticos pasillos iluminados por luz parpadeante o los rápidos planos secuencia que apenas muestran al monstruo escondido entre las sombras. El miedo se convierte en un enemigo creado a partir de lo que ignoramos y no podemos definir. Una pléyade de horrores que superan la comprensión humana.

Un monstruo de horrorosa belleza

La criatura de Alien no tiene ojos: una ausencia que rompe por completo con cualquier semejanza con cualquier otro monstruo que el cine haya mostrado hasta entonces. No obstante, su impacto se basa en algo más que esa ruptura con lo que consideramos compresible: Giger creó a la criatura con la intención que resulta «indefinible en la crueldad de su belleza». Con su enorme cráneo fálico y brillante, su cuerpo esbelto y su doble dentadura de dientes metálicos, el alien imaginado por el artista es una mezcla entre una percepción estilizada acerca del miedo y algo más complejo. Inexplicable y violenta, se trata de una maquinaria mortífera que encarna un tipo de terror sofisticado que hasta entonces jamás se había mostrado en película alguna. Giger no sólo asumió el reto de elaborar una visión sobre la vida espacial que superara cualquier otra propuesta semejante sino que además asumiera el hecho de lo desconocido como una amenaza siniestra.

El contraste, el diseño realista y funcional del caricaturista Ron Cobb para el Nostromo y toda la puesta en escena de la tripulación a bordo, parece insistir en esa frontera entre la exquisita oscuridad que sugiere la criatura de Alien y lo que representa. Entre ambas cosas, hay una grieta evidente entre lo real y lo ficticio en la que el terror tiene un claro componente tenebroso. Una perspectiva sobre el absurdo y lo incomprensible que remite de inmediato a la obra del escritor H. P. Lovecraft.

Como muchas de las deidades y monstruos concebidos por Lovecraft, la criatura de Alien simboliza un tipo de terror al filo de la conciencia humana. Contradice la presunción de lo netamente antropomórfico y se convierte en una máquina de matar tan violenta como indiferente. El Alien de Giger es la síntesis de la salvaje frialdad de las criaturas cósmicas que el escritor escribió casi medio siglo antes. A la criatura de Alien no la impulsa el hambre o tampoco alguna idea comprensible sobre su cualidad como depredador. Primitiva y sofisticada, poderosa e inalcanzable, la criatura de Alien asesina, destruye y prevalece por una especie de originario instinto de reproducción pero sobre todo de permanencia. Su complejo ciclo de vida es una metáfora de esa devastación desoladora con la cual Lovecraft parecía tan obsesionado en sus obras literarias: a medida que la criatura se hace más fuerte, mayor es la capacidad para la destrucción que alcanza. Desde el huevo primigenio, figura común en la ciencia ficción, hasta el advenimiento del monstruo en toda su terrorífica y espléndida plenitud adulta, la criatura alien es la alegoría perfecta a ese enemigo inevitable, invencible y devastador que habita en la oscuridad, que se nutre del temor y la debilidad del hombre.

Para Giger, la obra de H. P. Lovecraft no fue sólo un referente inmediato, sino también una aproximación a un tipo de terror ciego en el que el artista basó la mayor parte de su obra. En más de una ocasión el artista admitió que la obra del escritor de Providence era no sólo «capital» para su trabajo visual, sino además una fuente inmediata de comprensión «sobre la oscuridad de un tipo de terror laberíntico de enorme profundidad conceptual». Su obra Necronomicon (1977) es un cuidadoso homenaje visual al universo Lovecraft pero además de eso a la imaginería que sostiene su discurso primordial. Tanto uno como el otro asumen lo fantástico como una vertiente de lo enigmático y es esa ausencia de definición, lo reconocible, lo que convierte a la obra de ambos artistas en espejos la una de la otra. Era inevitable por tanto, que la atmósfera oscura y abrumadora de las obras de Giger (herederas visuales del universo de Lovecraft) brindarán a Alien: el octavo pasajero un aire tenebroso y macabro muy semejante a las obras más conocidas del autor norteamericano. El universo lovecraftiano con toda su carga simbólica y su devastadora comprensión de la nada que habita más allá de los confines de lo conocido, dotan a su obra de una profundidad elemental basada en el primitivo temor del hombre a su insignificancia. De la misma manera que el monstruo de Giger representa al enemigo imposible, implacable y voraz. A mitad de camino entre un insecto, un eficiente depredador y un sofisticado biomecanismo de evidentes connotaciones sexuales, el alien sugiere además una insistente búsqueda de la debilidad de la psiquis colectiva. Ese punto frágil que sostiene un discurso sobre la vulnerabilidad de la existencia del hombre en medio de un universo desconocido y peligroso al que se enfrenta desde su frágil percepción de la conciencia.

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