Defensa de las moralejas

Ha llegado a ser un convencionalismo expresar impaciencia y disgusto ante cualquier clase de cuentos moralizadores. Ya Mark Twain atacaba en Las aventuras de Tom Sawyer la falta de sinceridad de las moralejas en las fiestas escolares. Y por los mismos años también Lewis Carroll se declaraba más que harto de fábulas y cuentos para niños con moraleja encima: «Todo tiene su moraleja, si tan solo sabe uno descubrirla», dijo la Duquesa. «¡Qué ganas de sacarle a todo una moraleja!», pensó Alicia.

La crítica de Twain se dirigía contra los adultos inconsecuentes mientras que Carroll presentaba el rechazo de Alicia hacia el uso extemporáneo de las moralejas. Se pueden seguir estas dos pistas, una que va detrás de los autores y otra que atiende a los libros, para intentar averiguar cuándo y por qué las moralejas están de más. Pues, como sabe cualquiera que haya leído a los autores mencionados, ninguno de los dos estaba en contra de que se desprendiesen lecciones morales de las obras literarias. Lo que sí les molestaba era que tales lecciones no se propusiesen con toda corrección y no se obtuviesen con toda legitimidad.

En relación a la primera pista, podemos recordar las afirmaciones de Chesterton acerca de que a los niños pequeños a menudo les gusta más la moraleja que la fábula, y que adoran los cuentos morales hasta el punto de que se disgustan cuando no se los cuentan. Es decir, quienes denuncian el afán moralizador no son ellos sino los adultos con una viva conciencia de que, más de una vez, por detrás se ocultan comportamientos hipócritas.

Por el contrario, sigue diciendo Chesterton, al niño le gustan esa clase de cuentos porque lo ignora todo de la cuquería y de la perversión: él solo ve los ideales morales, y ve sencillamente que son ciertos… porque lo son. Más aún: mientras que un cínico ve siempre un elemento de corrupción en la idea de la recompensa y, según su concepción de las cosas, esto aparece a sus ojos como un vulgar soborno del niño, al niño no se lo parece.

Él no cree que las cosas buenas estén en su naturaleza separadas del «ser bueno» y, por tanto, está lejísimos de pensar que haya nada malo en ser bueno. Para él, la bondad y el premio van naturalmente juntos. Normalmente se considera y se ve a sí mismo en relaciones amables con las autoridades naturales, y no en lucha o regateando con ellas. Somos nosotros, quienes ya hemos comido la manzana prohibida, los que pensamos en el placer como un soborno.

Esa capacidad del niño de mirar las cosas como quien no las ha visto nunca, su percepción limpia en la que se basa su aceptación sincera de las moralejas, va cambiando con la edad. El niño puede acabar odiando las moralejas cuando ve que los adultos las emplean como armas arrojadizas contra ellos, cuando aprecia contradicciones entre lo que con ellas se le transmite y la conducta de las personas que le rodean, cuando nota que son como fórmulas vacías que no explican nada.

Todo lo anterior indica, por tanto, que nuestro primer rechazo no debe ir dirigido contra las moralejas bien obtenidas sino contra los adultos que se amparan en ellas para encubrir su comodidad o lo que sea, o contra los adultos cuya conducta es incoherente con lo que enseñan a los chicos.
La segunda pista busca la manera correcta en que las ficciones pueden proponer conclusiones morales a sus lectores, bien en forma de moralejas tradicionales tal como hacen las fábulas clásicas y muchos cuentos populares, bien como sentencias encapsuladas en el texto, bien por medio de los mensajes que se desprenden del argumento.

Sin olvidar que no se puede pedir lo mismo a los diferentes tipos de relatos, una norma básica es que las moralejas, explícitas o implícitas, deben ser tan claras que no puedan ser discutidas. Si es ridículo exaltar pequeñísimas y secundarias normas de conducta, nunca lo es (aunque se pueda expresar mal, y esto también ha de señalarse) subrayar otras grandísimas y primarias, como no mentir, no robar, no hacer daño…

Al mismo tiempo, un buen relato ha de apuntar cómo la complejidad de las cosas tiende a desbordar cualquier fórmula simple que pretenda encajonar la realidad. El singular Lemony Snicket se dirige a los lectores de La habitación de los reptiles para explicarles que la moraleja de la historia del pastor que anuncia la llegada de los lobos por tres veces, «claro, debería ser “nunca vivas en un sitio donde los lobos anden sueltos”, pero probablemente quien os leyese la historia os diría que la moraleja era que no había que mentir. Esa moraleja es absurda, porque tanto yo como vosotros sabemos que a veces no sólo es bueno mentir, sino que es necesario». Y, a continuación, nos pone un ejemplo de cómo uno de los hermanos Baudelaire da un grito fingido para salvar una situación apurada: uno debe aprender pronto que no todas las mentiras son del mismo tipo.

Otra norma básica, considerando también que la edad del destinatario y el tipo de mensajes que se quieran transmitir, condicionan los acentos y los modos en que se pueden proponer enseñanzas en un relato, es que cualquier formulación escrita de alguna indicación moral ha de ir expresada sutil y matizadamente y nunca debe sonar como un portazo.

Esopo termina «El león, el asno y la zorra» diciendo que «los hombres se muestran comedidos ante el infortunio de los vecinos», equilibrada y prudente observación. En El señor de los anillos, Tolkien, después de hacer decir a Gimli, el enano, que «desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece», induce al autoconocimiento y a la comprensión cuando, por medio de Elrond, asiente pero señala que no debe jurar «que caminará en las tinieblas quien no ha visto la caída de la noche».

Un ejemplo negativo, frecuente hoy, se produce cuando un relato compara la lealtad de un perro con la canallez de un hombre para concluir la superioridad del perro. Incluso en un libro diestramente concebido como El mundo de Sofía podemos encontrar este desliz cuando Sofía ve por primera vez a Hermes, el perro que le trae los mensajes, y a continuación leemos que su misterioso profesor le califica como un ser «mucho más inteligente que muchas personas. O, por lo menos, no pretende ser más inteligente de lo que es». Estoy seguro de que si Sofía no estuviera tan desconcertada por las cosas tan extrañas que le ocurren le respondería que la misma conclusión podría sacarse de las piedras respecto a los animales.

Véase, por contraste, la sagacidad con la que Jack London señala dónde reside la superioridad de un perro sobre su amo en uno de sus relatos ambientados en Alaska: al contarnos cómo el hombre, después de consultar su termómetro, emprende un viaje en medio de una gran nevada, explica seguidamente cómo «el perro se encontraba abrumado por el tremendo frío. Sabía que no hacía tiempo para viajar. Su instinto le contaba una historia más veraz que la que contaba al hombre su propio juicio. … El perro no entendía de termómetros».

Llegados a este punto, se puede levantar la vista y considerar, con Claudio Magris, que si a la literatura le corresponde la misión de liberarnos «de los falsos ídolos, de todo aquello que pretende suplantar falsamente a los auténticos valores», necesitamos mensajes morales que sean unos agarraderos firmes. Por eso, entre otros rasgos de la buena literatura estará el señalar cuáles no son tan sólidos como pensábamos, y entre otros rasgos de la mala encontraremos el de que da como buenos los que no nos sostendrán cuando sea el momento de hacerlo. En el caso de la literatura infantil y juvenil no es infrecuente que los deseos de dar a los más jóvenes unas primeras explicaciones sencillas acerca de algunas cosas, lleven al adulto a decir tonterías que son falsedades.

Si en el pasado estas tomaban la forma de moralejas formalistas, ahora se amparan en el fervor multicultural sentimental que confunde la proposición «todos los hombres son iguales» con otra bien distinta, la de que «todos son igual de buenos». Y no. No todas las costumbres valen lo mismo, no todos los modos de vida son equivalentes, no todos los objetivos humanos tienen igual categoría. No es igual lavarse que no lavarse, no es lo mismo actuar responsablemente que no hacerlo, aspirar a ser como Teresa de Calcuta se diferencia mucho de aspirar a parecerse a Steve Jobs.

Suele decirse que una de las misiones de los libros infantiles y juveniles es «socializar» al niño. Lógicamente, quien entienda que la sociedad es un agregado de gentes y costumbres diversas, todas consideradas igualmente válidas y valiosas, deberá tomar en serio los Cuentos políticamente correctos de James Finn Garner. Como consecuencia, de tal educación saldrán algunos especímenes humanos como los de aquella tribu pacifista en cuyo vocabulario no existía la palabra «enemigo» y al desconocido lo llamaban «amigo al que no conocemos», que vivieron poco tiempo porque los mataron a todos enseguida.

Pero no todos, claro está, pues una cosa es que los niños no sepan formular las cosas con claridad y otra es que acepten sin más cualquier enseñanza. Pueden callarse ante quien intente decirles que cualquier violencia es mala, pero los que hayan vivido ya sus peleas de patio de colegio saben bien que no es así. Su experiencia es suficiente para saber que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia y que hay situaciones en las que se debe reaccionar con energía incluso aunque no haya esperanza de victoria.

Por tanto, de lo que se trata es de que las enseñanzas morales en las ficciones se ajusten bien a la realidad tal como es y tal como sabemos que debería ser. Entre otras cosas eso es justamente lo que hacen Las aventuras de Tom Sawyer y las de Huck Finn cuando ironizan contra el racismo, y Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo cuando ponen de manifiesto la estupidez y arbitrariedad de los poderosos engreídos. Si esas novelas han pasado por encima de todas las barreras de tiempo, edad y ambiente social y han llegado a ser clásicos indiscutibles es también por su claridad en algunas cuestiones morales básicas. Por eso, para poder llamarse con toda propiedad multicultural, un libro ha de desprender unas enseñanzas morales permanentes para todos y para siempre, «ciertas por toda la eternidad, verdaderas en los más lejanos límites de la Galaxia», como se afirma en Estrella doble.

NOTAS

Artículo publicado en 2004 en la revista Nuestro Tiempo, revisado en en 2011 para su aparición en Un juego de paradojas, y algo modificado de nuevo en octubre de 2015.

Los párrafos tomados de Chesterton, aunque modificados para dar más fluidez al texto, están tomados del capítulo II de su Autobiografía (Autobiography, 1936).

Es también de Chesterton el comentario de que lo malo no es la violencia sino la injusticia, en el cuarto párrafo del epígrafe «Amigos a los que no conocemos». Está tomado de La esfera y la Cruz (The Ball and the Cross, 1910). En esa novela, el intransigente MacIan habla de una «filosofía turbia y falsa»…, una «ciénaga de moral cobarde y rastrera» que hace «pensar que un golpe es malo porque hace daño, no porque humilla», que «dar muerte es malo porque es violento, no porque es injusto».

La conclusión de la fábula de Esopo la he tomado de la versión que incluye Harold Bloom en Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades (Stories and Poems for Extremely Intelligent Childen of All Ages).

La opinión citada de Claudio Magris está en «¿Hay que expulsar a los poetas de la República?», uno de los capítulos de Utopía y desencanto — Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Utopia e disincanto. Storie, speranze, illusioni del moderno, 1999).