Del terror impenitente a una mirada sofisticada al miedo

Una reflexión sobre la figura del vampiro (parte I)

La isla de Lazzaretto Vecchio —sur de Venecia— era el lugar en el que moría la mayoría de los enfermos de lepra de las ciudades circundantes luego de una larga y humillante agonía. O ese había sido su origen, hacia el siglo XII y pleno apogeo del temor supersticioso que el bíblico padecimiento solía despertar. En realidad, la isla se trataba de un hospicio destrozado por la miseria en el confinaban a la mayoría de los enfermos de la rica Venecia, aunque no estuvieran contagiados por el bíblico padecimiento. Con los siglos la isla se convirtió también en el punto señalado para que cualquier barco llegado del Mediterráneo y del Oriente arribara para expulsar de su tripulación a cualquiera que mostrara los síntomas de la peste bubónica. No obstante, en la actualidad la isla —y su leprosorio— es mucho más conocida por una razón desconcertante: es el lugar en que se encontró la osamenta de lo que se llamó «el primer vampiro histórico». Se trata de un término extravagante para describir lo que es en realidad una de las pruebas más contundentes de las que se tenga constancia científica sobre el miedo que inspiraba el monstruo más temible del medioevo. Una mirada al terror real que por siglos asoló Europa.

Además, Lazzaretto Vecchio parece ser el lugar idóneo para encarnar la noción sobre el miedo a la muerte de una época de supersticiones; nadie abandonaba la isla con vida. Los escasos religiosos que luchaban por cuidar de las legiones de enfermos agonizantes que llenaban el único edificio de la isla, eran incapaces de contener el avance de la muerte. Hay crónicas de la época que cuentan del horror de la isla plagada de cadáveres, arrasada por lo que parecía una mítica maldición desconocida. El campanario solía escucharse una vez al día para anunciar las grandes hogueras en que se arrojaban los cuerpos de los enfermos. Y cada noche, un faro espectral se encendía para señalar el camino «hacia el infierno». Poco a poco, el lazareto se convirtió en un enorme cementerio en el mar, con sus fosas comunes repletas de esqueletos sin nombre y tumbas excavadas en piedra que sólo señalaban el nombre de pila del difunto. Hacia el siglo XVII, el Dux de Venecia ordenó su evacuación y corrió el rumor que cuando los últimos misioneros abandonaron la isla, una multitud silenciosa y espectral los miro desde las orillas. Las leyendas sobre la «tierra maldita» habitada por «almas penitentes» corrió por el continente y desde entonces, nadie volvió al Lazaretto. La vieja torre del hospicio se mantuvo intacta y las viejas tumbas permanecieron selladas según los ritos arcaicos. Y tal vez fue ese aislamiento lo que convirtió a la isla en una especie de curiosidad arqueológica.

Hace doce años, Lazzaretto Vecchio volvió a ocupar un lugar en la imaginaria popular, cuando un inesperado descubrimiento desconcertó a buena parte de la comunidad científica europea: entre las casi 1500 osamentas descubiertas en un osario, se encontró un esqueleto atravesado por una estacada, un método de sobra conocido durante el medievo para conjurar la antigua maldición ancestral del vampirismo. Además, la mandíbula había sido aplastada por un trozo de mampostería, que según los investigadores era una forma de evitar que el cadáver pudiera volver a la vida. Para el grupo de científicos encabezados por el antropólogo Matteo Borrini, el descubrimiento era algo más que una curiosidad de ocasión. Dejaba claro que para la mayoría de los habitantes de la Europa medieval, el vampiro era un peligro real y latente al que había que compartir con todas las armas a la disposición.

El esqueleto del llamado vampiro del Lazzaretto Vecchio, demostraba además que el temor por un tipo de monstruo sofisticado y violento era lo suficientemente real como para dejar constancia física: la cripta estaba rodeada de trozos de metal pulido —otro método tradicional para contener el poder del vampiro— y en piedra que cerraba la osamenta, se había tallado un viejo ritual del exorcismo. En general, el descubrimiento revelaba que al menos para los habitantes de la isla, el peligro del vampiro representaba un riesgo cercano al que había que enfrentar. No obstante, no se trataba de una costumbre infrecuente en una Europa asolada por la peste y donde la muerte se había convertido en un enemigo real a vencer. Para el siglo XVI y mientras la peste bubónica avanzaba por pueblos y ciudades del continente matando a la mitad de la población adulta, el terror popular conjugó de nuevo a un antiguo enemigo, uno que simbolizaba los límites difusos entre la vida y la muerte, el horror y esa convicción real sobre la posibilidad de la eternidad que por tanto tiempo obsesionaba —y obsesiona— al hombre.

De la fugacidad de la memoria y otras historias sombrías

La Europa medieval estaba llena de leyendas sobre la muerte y la posibilidad de la vida eterna a través de rituales arcaicos y el contagio de la antigua maldición del vampirismo. La rápida propagación de la peste pareció no sólo conjugar todos los terrores arcaicos sobre la mortalidad humana, sino además, añadirles un tinte grotesco que ni las más floridas descripciones sobre un cielo cristiano pudo consolar. Para finales del siglo XV, la mitad de la población Europea había muerto por un padecimiento caprichoso y violento, que nadie podía contener y mucho menos comprender. Y fue entonces, cuando la figura del vampiro surgió de las sombras de las leyendas y mitos arcaicos para encarnar de nuevo un tipo de terror muy específico.

Se trató de una rara combinación de folclore y confusos conocimientos científicos. Según la medicina de la época, un cadáver con sangre fresca en la boca o la nariz no estaba realmente muerto — síntoma habitual en la última etapa de la peste bubónica— por lo que la costumbre de desencajar la mandíbula con un pedazo de ladrillo y evitar que el difunto pudiera romper a mordiscos el sudario se propagó con rapidez a través de una Europa aterrorizada por la mortandad. De los cementerios repletos de víctimas de la peste —y en ocasiones, algún que otro agonizante— proceden las primeras descripciones del vampiro que regresa de la muerte abriéndose paso por la tierra recién arrojada a la tumba. Una imagen que aterrorizaba por encarnar un tipo de terror tan antiguo como anónimo: el de la desaparición física. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia por prometer la vida eterna a través de la redención, buena parte de los Europeos de la Edad Media estaban convencidos que la muerte era algo más complejo y temible de lo que las Santas Escrituras podían describir.

Claro está, la creencia sobre monstruos eternos o que tenían la capacidad para disputar el espíritu humano a la muerte, es tan antigua como el hombre: con toda seguridad, el mito del vampiro se remonta al antiguo Egipto, en donde se temía a un pájaro bebedor de sangre que vengaba las injusticias. También, la mitología egipcia habla de «Dioses bebedores de sangre» capaces de «mirar en el corazón» de sus creyentes y hacer justicia a través del asesinato, lo cual sugiere un culto a la sangre y a la muerte tan antiguo como la propia cultura.

No obstante, los antropólogos han localizado el origen de los vampiros en las enfermedades con pérdida de sangre, que los antiguos atribuían a seres diabólicos que atacaban durante la noche en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. De hecho, el rastro puede seguirse desde Egipto hasta Mesopotamia, donde padecimientos físicos relacionados con problemas sanguíneos y endémicos causaron estragos en varias poblaciones. Se han encontrado relatos fragmentados de epidemias y muertes sin explicación que fueron atribuidas a criaturas sin nombre, que bebían de la «vitalidad» de su víctima, hasta asesinarlo.

El mito del vampiro —o de la criatura capaz de enfrentar a la muerte y alcanzar la vida eterna— también forma parte de la mitología en lugares tan dispares como el México Maya y la Australia primitiva, repitiendo con pequeñas variantes, la idea de un inmortal que sobrevivía gracias a la destrucción de la identidad humana. Ya fuera bebiendo de su sangre, comiendo su corazón o simplemente, apropiándose de su «alma» (cualquiera fuera el concepto que tuviera entonces esa palabra) el vampiro continuó avanzando en las páginas de la historia.

El rastro sobre la mítica figura del bebedor de sangre, puede rastrearse a través de Oriente Medio y las regiones meridionales de Asia. En la tablilla de la diosa Ishtar «Descenso al país inmutable» se describe a un tipo de criatura «capaz de tomar la vida de otros para perpetuar la suya». En Grecia, hombres y mujeres capaces de beber sangre para conservar la juventud pulularon en todo tipo de leyendas rurales. Se hablaba de espíritus errantes, que consumían la sangre de los vivos para lograr regresar a la carne.

El siglo de la Ilustración necesitó desesperadamente también darle sentido práctico a una criatura que encarnaba todo tipo de temores mistéricos sobre la supervivencia del alma y, sobre todo, la capacidad del hombre para asumir la muerte como un tránsito sobrenatural. La definición que redactó Collin de Plancy en su Diccionario infernal, publicado en 1803, parecía intentar incluir todo lo que se sabía hasta entonces sobre el vampirismo:

Se da el nombre de upiers, upires o vampiros en Occidente; de brucolacos en Medio Oriente; y de katakhanes en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días que regresan hablando, caminando, infectando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales y, sobre todo, sorbiendo su sangre, debilitándolos y causándoles la muerte. Nadie puede librarse de su peligrosa visita si no es exhumándolos, cortándoles la cabeza y arrancándoles y quemándoles el corazón. Aquellos que mueren por causa del vampiro, se convierten a su vez en vampiros.

La definición abrió la puerta para debates sobre el tema y la figura del vampiro —hasta entonces una leyenda rural y oral transmitida a través de supersticiones muy específicas— alcanzó una nueva dimensión académica.

De la noción de la muerte y la supervivencia de la conciencia: el génesis del vampiro

La Europa asolada por la peste era un lugar infernal. El creciente número de muertos obligaba a los sepultureros a reabrir las fosas con cierta frecuencia para arrojar nuevos cadáveres. Las tumbas y osarios públicos se creaban en plena emergencia, con frecuencia tan cerca de poblados y caseríos, que la muerte se convertía en una experiencia comunal y con fronteras poco claras. A pesar de las amenazas y admoniciones de la Iglesia y sobre todo, de las advertencias médicas, era frecuente que parientes y amigos de los recién fallecidos acompañaran las tumbas para evitar «sus cadáveres regresaran poseídos por el demonio». De las largas noches de duelo junto a las fosas comunes de la época, proceden las narraciones sobre cadáveres que «volvían a la vida» y criaturas malditas que surgían de entre la muerte para asolar a los vivos.

Por supuesto, se trata de una anatomía de la muerte mal comprendida. Abrir y cerrar las fosas provocaba que los cadáveres sufrieran procesos de putrefacción a diferente ritmo y sobre todo, bajo aspectos ambientales por completo distintos. Las evidentes diferencias —que podían variar desde el rigor mortis hasta el aspecto físico del cuerpo— dieron lugar a todo tipo de rumores sobre la supervivencia de algunos pocos a los rigores de la muerte. Fue esa percepción distorsionada sobre lo que el proceso de descomposición y putrefacción puede ser, lo que dio origen a una idea del vampiro tan realista que supuso rituales concretos para combatir su existencia. Desde los baños de brea —que consistía en arrojar capas de la sustancia ardiente sobre cuerpos y osamentas— hasta la estaca clavada en el pecho, la transición de las prácticas pseudocientíficas a una percepción religiosa sobre el vampiro abarcó buena parte del medioevo tardío. Para finales del siglo XVI, toda clase de relatos sobre vampiros corrían de boca en boca a través de Europa.

La figura del vampiro ha sido tallada y reconstruida por la historia. El vampiro medieval —nacido de las fosas comunes y sobre todo, de la imaginación aterrorizada del hombre— era muy distinto a la concepción actual sobre el mal en estado puro que se enfrenta a la muerte. Las primeras descripciones sobre vampiros muestra a campesinos, atacados e infectados por un tipo de padecimiento incomprensible, que morían en cuestión de días y que regresaban de la muerte para infectar del mismo mal misterioso a su familia. No se trata de una figura sofisticada ni mucho menos exquisita: las primitivas descripciones sobre vampiros europeos insisten en la fealdad de la criatura, en su violencia y sobre todo, en su dimensión animal. Y tampoco beben exclusivamente sangre: en la tradición eslava, los vampiros devoran cosechas y las vísceras de animales de granja, para luego vagar por la noche como espectros terroríficos que encarnaban un tipo de horror más relacionado con la superstición que con ideas filosóficas.

El autor británico Dudley Wright fue el primero en establecer la notoria diferencia entre la leyenda del vampiro rural europeo y su transformación en la figura clásica literaria que nuestra época heredó. En 1914, el autor escribió el clásico sobre el tema Vampires and Vampirism en el cual insiste que la leyenda del vampiro es una reminiscencia directa a las figuras que encarnaban el temor a la muerte en culturas tan distantes como la Caldea y Asiria. Wright sostiene que las leyendas griegas están llenas de referencias directas a historias de muertos que se levantan de tumbas y osarios para alimentarse de los vivos y recuperar la juventud. La creencia formó parte de leyendas rurales de Austria, Hungría, Polonia, las Islas Británicas, y, por supuesto, el principado rumano de Valaquia. Para buena parte de los países de Europa del Este, el vampiro era una criatura real al que debía combatirse, temerse y en ocasiones muy específicas, adorarse como parte de una longeva tradición mitológica de profundas raíces mistéricas.

¿Qué es el vampiro y por qué continúa sobreviviendo a una evidente evolución histórica? Paul Barber, investigador del folclor de los vampiros Museo Fowler de Historia Cultural de la Universidad de California y autor del clásico Vampires, burial and death, folklore and reality (Yale University Press) sostiene que el vampirismo es un reflejo evidente de la incapacidad del hombre para aceptar la muerte, la destrucción de la identidad y sobre todo, la certidumbre de su vulnerabilidad física. Desde los Dioses bebedores de Sangre Egipcios hasta las muertes inexplicables de la Edad Media, la figura de una criatura capaz de enfrentarse al más cruel y natural de los todos los procesos físicos del hombre, encarna un tipo de esperanza mucho más poderosa y retorcida que la metaforiza la religión o la filosofía. Porque el vampiro no encarna la trascendencia del alma o la bondad aparente, sino los apetitos carnales y una percepción casi pragmática sobre la necesidad de vencer el proceso biológico de la muerte. El vampiro tradicional sugiere la capacidad del ser humano para enfrentarse a la naturaleza, sus dolores y debilidades desde un tipo de decadencia muy cercana a la transgresión antes que la redención. También, se trata de una percepción de la muerte física como un reduccionismo moral «La mayoría de la gente ignora que a través de la historia europea se han producido informes extensos y detallados sobre cadáveres que han sido desenterrados de sus tumbas, declarados vampiros, y asesinados. Una forma de alegoría sobre lo que la muerte era y podía ser a través de un continente asolado por la miseria y la muerte», escribe Barber en la revista Skeptical Enquirer. «El vampiro vino entonces, a salvar el hombre de sí mismo».

Cual sea la respuesta al origen del vampiro, una cosa es bastante clara: su figura elegante, creada a partir de la idealización de la muerte y la búsqueda de respuestas a la incertidumbre, continúa siendo invencible. Poderosa e inmutable en medio de la visión del hombre sobre su propia fragilidad y la incapacidad para otorgar sentido al temor. Un héroe sombrío sobre lo que aún hay mucho que contar.

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