Desdibujando la realidad

Siempre he pensado que escribir es una cuestión de trabajo, deseo y amor. Una cuestión, en definitiva, de querer comunicar lo que uno piensa, lo que uno siente, lo que uno aprehende, lo que uno sabe…, lo que uno vive. Una cuestión de sólo saber qué es lo que quiero decir[te].

Para mí, enfrentarme a una hoja en blanco, es como un juicio sumarísimo: ¿qué hago yo aquí?, ¿realmente tengo necesidad de contar[me/te] algo? Me da igual que sea ensayo, narrativa, artículos de opinión…, en definitiva, siempre es querer, o mejor aún, tener la necesidad de querer comunicar, de decir lo que pienso, lo que siento, lo que soy a los demás, escondiendo o desdibujando mi realidad, aunque sólo sea lo que creo ver. Es…, encontrar el disfraz apropiado para esconder la duda, mi duda, mi inquietud, mis interrogantes, que no tienen por qué ser los mismos que los tuyos. Es no dejarse comer por la ansiedad, el deseo o la decepción. Es la búsqueda del nombre propio, de la frase, de la oración, del concepto, de la razón, de la respuesta. Es encontrar esas palabras que están fuera del tiempo para que formen parte de un tiempo, de mi tiempo. Palabras mil veces oídas y leídas y que ahora son especialmente pensadas. Palabras que son sólo mías, que son acción, universo, creación, individualización, descripción, sentido, castigo, pecado, penitencia, engaño, canción, escenario… Palabras que son momentos, momentos que son palabras.

Es el despliegue de fuerzas propias y mundanas que devienen gradual y tranquilamente entre el silencio que habita en la soledad y la soledad que mora en el pensamiento. Es la dicción entre ambas: la terrible identidad con uno mismo, que nos impide soslayar la diferencia entre esa soledad y el pensamiento. Es el tiempo que oculta la dirección perdida, la voluntad de poder [ser] y el poder de la liber­tad. Es la frase que suprime todos los deseos, el desafío de los significados, las intenciones no resueltas y los pensa­mientos prohibidos porque son condescendientes y revelan la identidad. Son los mundos emocionales y físicos, necesa­riamente naturales; debidamente alineados para ser contrastados y controlados una vez que han sido comprehendidos. Son los mundos de esos mundos. Es el enigma de la presencia que es concien­cia.

Es la búsqueda de uno mismo. Es, en definitiva, tratar de conocer[se].