Despiste

En cierto momento de mi infancia vi cómo, producto de un accidente, un vidrio me cortó en el brazo y la sangre comenzó a salir. No tenía prisa, pero tampoco se detenía, sólo caía.

Gotas de color escarlata manchaban el piso e iban conformando un pequeño charco que crecía y crecía, lentamente y sin pausa. Yo tenía 8 años, estaba estupefacto. Me quedé observando mi brazo y las baldosas sucias un largo rato, mi madre vino a buscarme al cabo de unos minutos y me llevó al hospital.

Este curioso hecho vino a mi mente ahora por un cierto episodio confuso en el que yo me encontraba muerto y flotando en el aire. Era extraño, todo se había detenido en el tiempo y permanecía inmóvil, pero sólo algo se movía. De una profunda herida en mi cuello pendía una gruesa gota de sangre que a los segundos se soltaba para dar paso a otra.

Era una, luego otra, luego otra y así hasta cubrir el blanco piso de mi departamento. Creo que una vez me pregunté qué habría pasado si no me hubieran curado la otra vez, si mi madre no hubiera ido a buscarme, ¿llegaría mi sangre a cubrir la arena?

Cierto, ahora yo estaba muerto, no por un accidente si no porque alguien me mató. Podía ver la escena desde fuera de mí… ¿Qué se dice en estos casos? Me mataron y me preocupa más no quedar como un idiota por ser nuevo en esto de la muerte. ¿Se deja de ser nuevo? No, basta.

Mis ojos se posaron nuevamente sobre esa mancha carmesí en el piso, era bastante oscura. Parecía una puerta a otra dimensión. Che, no es una mala idea… y si… ¡No, no! Basta, querido, concéntrate.

Empiezo a sentir el sonido de a poco, al costado del departamento detrás del sillón, un antiguo amigo se agarraba la cabeza con las manos. ¡Ah, Joaquín! Hacía tanto que no lo veía… Ah, eso es un cuchillo… Ah.

¿Por qué Joaquín? Será por esa vez que le conté lo de la novia… ¿Me pregunto, si no tuviera una mente tan distraída, seguiría vivo? Debería pensar en eso más tarde. Ahora Joaquín, amigo, por qué.

Me acerqué lentamente a ver su figura inmóvil, doblada en el piso, con las manos rojas. Todo era silencio hasta que mi novia irrumpe en la casa con un ligero saludo cuyo sonido bajó hasta la incredulidad. Ella rompió en llanto, mi cuerpo aún flotaba, la sangre aún corría, Joaquín aún lloraba.

Ella lo vio y lo increpó, lo golpeó, le gritó y le preguntó, con esa voz tan dulce que tenía, lo que yo no pude: ¿Por qué? Joaquín se dispuso a hablar a pesar de semejante crisis nerviosa… Malena podría haberlo entendido, había matado a alguien, digo no es algo fácil de digerir. En fin, mi viejo amigo le explicó entre mocos y sollozos que él había venido a visitarme porque consiguió mi dirección y, al llegar, el conserje le abrió la puerta del departamento. Le dijo que yo entré al lugar y que cuando lo vi me asusté tanto que corrí a la cocina y agarré lo primero que vi. Joaquín se dispuso a recrear el momento, fue entretenido. Lo que pasó después fue lo siguiente: armé tanto revuelo que un cuchillo saltó en dirección de mi amigo, él lo agarró como pudo, luego me tropecé y caí de espaldas a él. Ahora, qué conveniente caer con el cuello sobre el cuchillo, no tengo remedio. Bah, no tenía…

Che, me maté a mí mismo, mi mamá tenía razón. Empecé a caminar hacia atrás lentamente, pensando en lo ocurrido, hasta que mi pie tocó la sangre y me caí sobre el charco perfectamente dispuesto sobre el piso, provisto por mí.

Pasé de largo, ¡yo tenía razón! Era un portal, qué loco. Aparecí de la nada en una camilla de hospital, escuché a mi madre diciendo:

«¡Un día te vas a matar sólo!».

La enfermera que me atendía se movió dejándome ver mi reflejo en una puerta de vidrio. Tenía 8 años de nuevo, qué loco. Menos mal que anoté que ese extraño que me visitaba era Joaquín.

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