Segundo diálogo

Diálogos del Cádillac y la ardilla

Certidumbre y legumbres

Diálogos del Cádillac y la ardilla

Cuando despertó le dolía la panza de tanta hambre. Tanteó bajo el sillón de Cádillac y no encontró más que restos de ceniza de cigarrillo. Los filtros de los cigarrillos no son nutritivos pero calman el hambre, así que no dudó en roerse media docena hasta que sintió alivio. Fue entonces cuando el auto se meneó un poco. El helaje de la noche anterior había desaparecido por completo y ahora una madrugada tibia, presagio de una tarde derriteplásticos, se abría paso hasta el sillón trasero del Cádillac. Ardilla empezaba a sofocarse a eso de las 8 de la mañana cuando Cádillac dejó que los vidrios eléctricos se deslizaran hacia abajo y una bocanada de aire fresco entró en el vehículo.

—Buenos días, Cádillac —murmuró ardilla, un poco amodorrada.

El auto le saludó también.

Ardilla brincó por la ventana hasta el pavimento de la larga autopista vacía. Tenía sed y debía buscar algunos grillos que morder para hacerse a algo de sus jugos dulces y verdosos. En cientos de kilómetros no encontraría ni una baya, y aunque abundantes, las tunas y cactus son más o menos tóxicos. Así que no había opción: ¡a cazar grillos!

Cádillac sabía que su dueño tardaría varios días en regresar. No solo se había quedado sin gasolina, sino que, además, uno de los piñones del embrague se había echado a perder, y encontrar repuestos le llevaría un largo periplo. Cuando vio perderse a Ardilla más allá de los montículos de la primera curva, no estaba muy seguro de que regresaría.

Pero regresó. Eran más o menos las 4 de la tarde cuando notó su encrespada cola rojiza asomándose tras el montículo.

«¿Por qué vuelve? —se pregunta Cádillac— ¿Ardilla no estará un poco loca? ¿Qué sentido tiene volver a un viejo auto cuando podría andar libremente por el mundo?»

—Lo veo en tus focos —le dice Ardilla—. Te estás preguntando por qué volví.

—Es obvio, ¿no? Entiendo que anoche necesitaras cobijo. ¿Pero hoy? No tiene ningún sentido que estés aquí —dijo Cádillac.

Ardilla se traga el último chapul del día. El pobre se sacude un poco antes de que su cabeza y sus largas antenas desparezcan engullidas. No es tan sabroso como los chapules verdeazulados o los grises, pero a falta de nueces buenos son peces.

—Eso decía mi mamárdilla. «A falta de nueces buenos son peces». Las ardillas somos así. Parecemos delicadas y frágiles, pero si de algo sabemos es de supervivencia. Somos tremendamente recursivas. Por eso hemos conseguido preservarnos como especie, y estaremos aquí mucho tiempo después de que se hayan extinguido los seres humanos.

Cádillac piensa que exactamente eso creyeron durante 100 millones de años los dinosaurios —«estaremos aquí mucho después de que desaparezcan los peces»— y que eso han creído durante cientos de miles de años los seres humanos —«estaremos aquí mucho después que se extingan los mamuts»y lo han conseguido. Astutos, recursivos, adaptativos, inteligentes y creativos suelen existir como si no les calzara la posibilidad de ser… ¿extintos?

—No sé si te conté que, durante algunos meses, viví un poco prisionera en Marana, Arizona, junto a la iglesia católica de St. Christopher, en West Moore Road —le cuenta Ardilla—. Todas las mañanas había nueces en un plato y algo de agua en una vasija, pero a cambio debía escuchar los largos sermones del sacerdote, que se apiadaba de mí. «Ven, bella ardillita, éste será el sermón para mis fieles de esta tarde. Escúchalo». Y yo alargaba las orejas y abría mis ojos con atención, y escuchaba a este hombre que soñaba con seguir los pasos de San Francisco. «Empiezo contigo, ardillita, tal como San Francisco comenzó su vida piadosa: orando por los animales». Y claro, a cambio de nueces y agua aprendí a abrir los ojos como platos y a poner cara de animalito converso. Entonces, me contagié del estilo humano de vivir, y comencé a preferir la certidumbre de una prisión, así fuera chiquita y cercada, que la incertidumbre de un enorme y espaciado desierto plagado de serpientes y lechuzas. Por eso estoy aquí, contigo. «Que no te deslumbren llanuras y cumbres: mejor un buen plato de legumbres», eso me decía mamárdilla.

«Increíble —pensó Cádillac—, lo mismo dice mi dueño».

—¿Y te parece correcto pensar así ?—le pregunta Cádillac, un poco alarmado—. Ayer me hablabas de la estrechez de miras de los seres humanos, y hoy pareces idéntica a ellos.

Ardilla se avergüenza, y balbuceando intenta justificarse y explicarse.

—Sé que parece un poco extraño —se ríe—. Es como si dijera que Libertad es Inseguridad y Esclavitud es Seguridad. Pero no es así. —Un largo e incómodo silencio—. Bueno, no sé como explicártelo, pero no quiero que se me malinterprete. En fin, ¿tú me entiendes, no?

—No.

—¿No?

—No.


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