El éxito en 7 pecados

Mauricio Fonseca
Aug 24, 2017 · 13 min read

Si existe un concepto elusivo que continuamente se nos escurre de los dedos, es el de «éxito». Podemos verlo alrededor y sabemos que existe, lo intuimos, así que no necesitamos pruebas. Ahí está, detrás de otras caras, otras manos, otras paredes, pero sabemos que está. De cuando en cuando nos ha tocado rozarlo con la mano y quién si no, sabe lo grandioso que es tenerlo, aunque sea por un momento.

Porque si hay algo para lo que no está hecho el éxito, es para vivir en cautiverio. Efímero, fugaz y bello como una mariposa.

Hay infinidad de libros, ensayos y citas de gente que, bajo el criterio de la mayoría, están disfrutando las mieles del éxito — nos lo quieren vender en forma de receta — . Casi todos esos textos, básicamente, parten del mismo común denominador: tenés que hacer las cosas «bien» y el éxito llegará sin duda.

Pero consideremos eso por un momento. ¿Qué es hacer las cosas «bien»?

¿Tenemos todos la misma descripción de lo que es el «éxito»? ¿O será que hay muchos tipos y por eso no es fácil encontrarlo? ¿Quizá pasamos toda la vida buscando el éxito de alguien más y no el nuestro?

Qué difícil saber.

Mi opinión es que la búsqueda del éxito define nuestras decisiones en la vida. Ciertamente, si hacemos lo que todo el mundo hace, nuestro alcance va a ser limitado a lo que todo el mundo tiene. El truco está en subirle el volumen a ese esfuerzo, para llegar más alto.


¿Qué tal si usamos los famosos 7 pecados capitales como guía para alcanzar nuestro objetivo?

¿Suena raro?

Tal vez no tanto si nos detenemos a pensar en lo que cada uno de ellos encierra. Son simplemente deseos obsesivos, parte de nuestra naturaleza humana, que convenientemente fueron decretados como prohibidos. Tomemos uno por uno, detrás de una historia que ilustre cómo podría funcionar.

Envidia

Diana es la jefa de ingeniería en su empresa, y como tal, tiene una serie de beneficios que están por encima de las otras personas de su grupo. Tiene un mejor salario, por ende, puede darse el lujo de comprar mejores «juguetes», ropa de diseñador, oficina más grande, hasta le alcanza para ponerse implantes de senos y darse sesiones de bótox cada 15 días.

Como es usual, eso despierta la envidia de la gente a su alrededor, especialmente los que quieren tener lo que ella tiene. Sus compañeros entonces se comportan de una de dos maneras: están esos que se tratan de congraciar con ella y aprender de manera que cuando se abra una nueva posibilidad, sean elegibles. Y están los otros, que empiezan a hablar pestes de Diana y tratan de hacer que falle en cada paso que da. En ambos casos, la envidia provoca acción, que lleva a la gente a actuar de cierta manera positiva o negativa.

Entonces, no es la envidia como tal lo que está mal, de hecho es la chispa que hace que la gente actúe. Es la decisión de cómo canalizar esa envidia la que lleva a algunos a mejorarse y, serán esos lo que tengan más probabilidad de éxito.

Como sea, Diana sabe cómo funciona este pequeño mundo de hogueras y decide usarla en su beneficio. Se alía con las personas que quieren ser como ella y hace de su equipo el mejor de la empresa, a veces, pensando que su única meta es callar a los detractores.

Cuenta la leyenda que este pecado en particular se castiga sumergiendo al que lo hace en agua helada. Dejo el dato por si hace falta en algún momento calmar la obsesión de tener lo que los demás tienen, provisto que hayamos alcanzado la meta. Un baño de agua helada si nos sentimos presa de la envidia y queremos ser los envidiados.

Para contrarrestar, use la medida correspondiente de caridad.

Pereza

Jaime es un contador en una empresa de seguros, y su trabajo consiste en tediosas horas sobre horas de revisar números, balancear cuentas, llevar libros contables, hacer sumas y restas. Nada atractivo para nadie, pero él desea acumular experiencia de manera que lo nombren jefe de departamento en un futuro cercano. El problema es que compite con otros 50 contadores que hacen exactamente lo mismo, dejando el alma y la energía en los grises cubículos aderezados de manchas viejas de café.

Luego de un tiempo, Jaime se da cuenta que el proceso diario está más que establecido y nadie se sale del mismo. O nadie quiere. Pero también se va apoderando de él la pereza de tener que pasar por una burocracia demoledora y lenta.

Dicen que la necesidad es la madre de la creatividad. Bueno, Jaime cree que la pereza es el papá. Lo bueno de darle a resolver un problema a una persona vagabunda es que va a encontrar la solución más sencilla posible. Ley del mínimo esfuerzo, dirán algunos, pero en este caso es perfectamente viable.

Después de unos días, ya diseñó un procedimiento abreviado y se da cuenta que ir directamente a las personas correctas, le aliviana el trabajo más que seguir la procesión diaria de sus compañeros. Pone manos a la obra y en poco tiempo es capaz de entregar más del doble de trabajo que los demás y logra su objetivo cuando lo promueven gracias a sus aportes en «eficiencia». Quién diría que «eficiencia» y «pereza» podrían ir de la mano, pero no son tan distantes como se piensa.

La pereza se castiga arrojando al pecador a una fosa con serpientes. Cuando la pereza es tanta que provoca inacción, entonces se convierte en nuestro foso, debe mantenerse al nivel adecuado para que nos haga eficientes, pero no inútiles.

Unas gotas de diligencia es lo que se necesita para devolvernos al buen camino.

Avaricia

Desde pequeña, a Ana siempre le gustaron las estampillas. Empezó su colección cuando tenía 14 años y se convirtió en una obsesión de tal manera que a los 25 ya tenía la mejor colección de su país. Todo en su vida giraba en torno a ello, su trabajo era para pagar su afición por los sellos y entre más raros y caros, más le gustaban.

Como reconocida coleccionista y experta en el tema, tenía acceso a las colecciones privadas más grandes y como tal, podía socializar con sus dueños al punto de hacerse amiga de confianza en ese cerrado círculo de coleccionistas y filántropos.

Con el tiempo, fue labrando a tal punto su reputación, que fue consiguiendo los medios de canjear y comprar sellos con sus iguales, poner un sitio web donde se podía acceder a información relevante y hasta ofrecer compra y venta de productos a nivel mundial. Nunca dudó de lo que hacía y siempre quería más aunque el camino se pusiera cuesta arriba. Quería de hecho todas las existentes en el mundo. Todavía faltaba bastante para llegar a esa meta, y mucho dinero, pero llegó a ser el centro de su pequeño universo y todos los que se interesaban en el tema en mayor o menor grado, sabían quién era.

El castigo para avaricia es ser sumergido en aceite hirviendo. De los pecados más difíciles de dejar atrás, es éste ya que siempre produce buenos resultados, y rápido, pero la lección está en saber cuál es la meta y parar cuando lleguemos ahí.

Generosidad es la clave para balancear.

Gula

Como todos las mañanas, Sara empieza la ronda revisando el estado de sus pacientes. Ser médico siempre fue su pasión, pero por alguna razón, lo que la mantenía a flote en aquel demandante mundo era «arreglar» a las personas.

Al principio se interesaba mucho en cada uno, pero con el tiempo se dio cuenta que no era conocerlos lo que quería, sino descubrir la razón de sus males y curarlos. Empezó trabajando el turno de día pero era insaciable y pronto empezó a quedarse hasta tarde. Atendía más pacientes que nadie y en el hospital la respetaban no solo por su capacidad de trabajo, sino porque con el tiempo y la gran cantidad de pacientes, fue acumulando un nivel de experiencia que nadie más tenía. Sabía de todo, y era la persona más cotizada de su entorno. Sacrificó su humanidad por conocimiento y aunque en el fondo sabía que eso no estaba tan bien, llenaba su necesidad de ayudar a la mayor cantidad de personas posible.

Cuando llegó la plaza de traslado a un puesto de investigación en Suiza, para desarrollar vacunas clave, no hizo falta sacarla a concurso, ya tenía su nombre.

Castigar a los pecadores de gula se hace forzándolos a comer serpientes, sapos, lagartijas y ratas vivas. Si ingerimos mucho de lo mismo, terminamos odiando lo que comemos y se acaba la diversión. Hay que mantenerse hambriento pero con el norte claro.

El término contrario es templaza, pero lo traduciré como fuerza de voluntad.

Soberbia

La pequeña Luisa era la mejor de su clase de séptimo grado. Siempre fue así desde que tenía memoria. La primera en acabar los ejercicios, las mejores notas en los exámenes, las tareas mejor elaboradas y los mejores proyectos. Los otros niños la veían con una mezcla de admiración y miedo, y con el tiempo ella se fue acostumbrando a la sensación de estar arriba en el pedestal de sus maestros y compañeros.

Pero llegó la secundaria y este año que empezaba encontró la horma de su zapato. Los deportes y el esfuerzo físico no eran lo suyo. Ya en el colegio, educación física no eran simplemente juegos. Eran deportes con reglas y contrincantes más fuertes y rápidos. Quedaba siempre de última en todo y sus compañeros no la querían elegir para estar en sus equipos.

Eso fue suficiente para trastornarle y poner su pequeño mundo de cabeza. De ganadora a perdedora. Sus notas seguían siendo por mucho las mejores pero en este nuevo ámbito, era el hazmerreír del grupo.

Los primeros días simplemente lloraba antes de la clase, aunque poco a poco se fue dando cuenta que eso no la ayudaba en lo más mínimo. Decidió entonces hacer algo al respecto, igual que cuando había un tema difícil o tedioso por aprender. Le entró con todas las ganas y se forzó a practicar cada detalle con cuidado, con la esperanza de que al final, ser buena en cada pequeña parte, la hiciera buena en todo el conjunto. Ella era la mejor y los mejores, son mejores en todo sentido.

Al cabo de unas semanas intensas y muchas veces deprimentes, empezó a encontrarle sentido a las cosas. Las reglas ya se las sabía al dedillo y su cuerpo fue lentamente encontrando su memoria muscular. Se hizo más fuerte y mejor coordinada, lo que la motivó a seguir adelante. Para finales del año ya había logrado ser bastante buena y lograba dar al menos el mismo rendimiento que el resto del grupo, con un pequeño detalle adicional: la respetaban por el esfuerzo que empeñaba en cada clase. Era la que nunca se daba por vencida, llegaba de primero y se iba de último.

Considerado el peor de los pecados capitales y fuente de todos los demás, era castigado sometiendo al pecador al artefacto de tortura llamado «la rueda», que implicaba la dislocación de las articulaciones del cuerpo y una larga agonía por horas. Un cruel recordatorio que no somos mejor que nadie, pero creerlo de vez en cuando nos ayuda a lograr imposibles.

La humildad normalmente es la lanza que mata a este dragón y siempre es bueno tenerla a mano.

Lujuria

Román fijó su mirada en ella, hasta que esa sensación de que alguien te mira fue lentamente cruzando el amplio salón, en línea directa hasta la espalda en el escote de su querida Ana. Desde la esquina en que estaba tenía visión de todo el mundo en aquella fiesta de gala, aunque su mirada estaba completamente concentrada en ella.

Ana, como quien siente una sutil alarma dentro suyo, puede sentir esa mirada cálida acariciarle los omoplatos y la parte de atrás del cuello. Casi como si sintiera la respiración de él en sus vellos sueltos del moño que tanto trabajo le había costado hacerse unas horas antes.

Volvió la vista lentamente, desviando momentáneamente su atención de la conversación en que se encontraba con sus amigos y finalmente lo vio. Fue apenas un segundo, eterno, en que sus miradas hirviendo de deseo se cruzaron. Suficiente para recordar la noche anterior en que Román se escabulló a su habitación a escondidas para encontrarla desnuda bajo las sábanas de algodón egipcio. Húmeda y expectante.

Él sabe que no está dormida, pero juega con la ilusión y lentamente va corriendo la tela, para dejar expuesto su cuerpo que a la luz de la luna brillaba. Deslizó una mano por la espalda tersa, bajando lentamente hasta sus caderas amplias, tan solo unos segundos haciendo una parada táctica, antes de dirigir sus caricias hasta el punto exacto en que sabía que ella iba a explotar. Ese pequeño botón que abría las puertas del deseo contenido entre ambos y a partir de allí, no habría marcha atrás.

Hicieron el amor lentamente, a cuentagotas como les gustaba hacerlo, disfrutando cada momento, cada beso, cada bocado, cada lamida, a la sombra acechante y erótica de estar haciendo algo prohibido. Por que eso era, Ana estaba fuera de los límites de Román y él lo sabía. Ella estaba prometida a su mejor amigo Antonio desde hacía un tiempo, pero ellos continuaban el juego desde meses antes del compromiso y ninguno sabía cómo terminarlo. La química, la sensación de vacío cuando no estaban juntos, la necesidad de él de hundirse en ella, era innegables. No era amor, era sexo, salvaje y cruel —a veces es lo único que se necesita — . La esclavizante necesidad de ese otro cuerpo y nada más.

A la mañana siguiente, ambos fueron vistos en la estación de Atocha tomando un tren sin rumbo, dejando atrás la vida que conocían para dedicarse a explorar el mundo y la geografía de sus cuerpos, con esmero hasta que la muerte o la rutina opinaran diferente.

El castigo correspondiente a la lujuria es ser asfixiado en fuego y azufre, imagino que a fuego lento, tal como lentamente el deseo consume a una persona, pero es durante este proceso que encontramos el valor de romper las reglas establecidas, dar el salto al vacío y seguir aquello por lo cual nuestra sangre hierve.

Los antiguos recetaban castidad para este pecado. No estoy muy de acuerdo, personalmente, pero estoy dispuesto a negociar como mesura.

Ira

Javi era el típico tipo que no mataba ni una mosca. Desde siempre, se había dejado manipular por otros más fuertes que él. Hasta su mujer sabía que por más malos tratos que le diera, iba a seguir ahí siempre, sumiso.

Ese día, mientras caminaba por la ciudad de regreso a su casa, ya anocheciendo y con la tenue penumbra que queda tras la puesta de sol, Javi iba cavilando sobre lo que había logrado hasta ese momento y lo que en realidad quería.

Definitivamente, no estaba en el lugar que le hubiera gustado. Siempre quiso irse a vivir a la playa, donde pudiera estar tranquilo y sin más preocupaciones que escoger el próximo libro que leer.

En vez de eso, tenía un trabajo de mierda y una esposa de mierda. En fin, una vida de mierda.

Recordaba aquel momento, hace años ya, cuando le propuso a su mujer hacer el sueño realidad y ella se rió en su cara. Recordaba que le había dicho que ella ya tenía suficiente con haberse casado con un inútil, para encima tener que morirse de hambre. Eso le dolió, cada vez que lo recordaba sentía como que algo, parecido a una llama, se encendía dentro suyo.

En ese momento un chico en bicicleta lo embistió, haciendo que cayera de espaldas y tirando los papeles que llevaba en la mano al suelo. El chico simplemente lo madreó y siguió su camino riéndose. Javi tuvo esa familiar sensación de sentir su cara caliente y la respiración agitada.

Cuando entró a su casa más tarde, encontró la puerta entreabierta y todo en silencio. Llamó a su mujer a voces pero no recibió ninguna respuesta. Al entrar en la cocina pudo verlo. El vecino estaba encima de ella en la mesa de la cocina, y ella ocupada arañándole los hombros mientras gemía acompasadamente. Esa fue la brizna que quebró la espalda del camello. Aprovechó que ni siquiera habían notado su presencia, tan ocupados en lo suyo, y tomó con toda calma el florero de la repisa. Lo empuñó tal cual bate de béisbol y sin apenas hacer un gesto que denotara la ira que sentía, lo descargó mientras lo vio hacerse añicos.

Fue suficiente para que los amantes quedaran petrificados y la mujer solo atinaba a balbucear. El vecino estaba blanco como un papel y se retiró de encima dejando a la vista sus rosadas vergüenzas apuntando hacia arriba.

Impávido, pero con la serenidad mecánica que da toda una vida de presión acumulada, Javi fue al escritorio de la sala y sacó unos papeles. Estaba en un trance, era una explosión contenida.

Tomó el acta de divorcio que su mujer se había negado a firmar tantas veces, regresó y sin decir una palabra lo puso a la par de ella, que estaba ahora sentada componiéndose el vestido. El vecino había huido. Ella con solo mirarlo pudo leer el caudal de emociones detrás de sus ojos y llorosa, firmó en la línea punteada.

Javi era libre. Salió de la casa, cerrando la puerta tras de sí hacia un futuro incierto, pero con una sonrisa dibujada en su cara.

El resultado de cometer este pecado es el desmembramiento. La ira funciona como mecanismo de protección pero de manera continua nos consume al grado de ir perdiendo partes importantes en nuestra vida. Hay que usarla como combustible de gran potencia, pero corto alcance.

Paciencia, mi gran favorita, es la válvula de escape. Es tal vez la más difícil de obtener pero la que a la larga, hace que todo cobre un nuevo sentido y perspectiva.


Al final, lo que queda en claro es que como todos los venenos, los pecados capitales en pequeñas dosis nos van inmunizando. Pueden ser positivos y a la larga, una manera insospechada de vencer obstáculos que de otra manera no podríamos acometer. A veces el camino a lo correcto es jugar con fuego, cruzando las oscuras aguas de lo «incorrecto».

Así como en el Yin-Yang, la oscuridad viene con un punto blanco y la luz con una pequeña sombra.

‘Aeque pars ligni curvi ac recti valet igni’

(Un trozo de madera curvo y un trozo de madera recto arden igual en el fuego).

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