El arte reflejo

Algunas reflexiones sobre los referentes que crean la obra artística de Woody Allen

Se dice que toda obra artística es el resultado de las obsesiones de su autor. Un pensamiento que parece ilustrar no sólo las aristas más agudas de cualquier propuesta artística, sino también, toda consistente expresión del arte como una manera de comprender a quien lo crea. O quizás solo se trate de una imagen muy concreta que dibuja las aspiraciones y construcciones de la memoria y el espíritu del que se mira a sí mismo a través de su reflejo artístico. Cualquiera sea el caso, toda obra es un reflejo. La pregunta inmediata es ¿qué imagen muestra?

Con Woody Allen, la respuesta es en apariencia, sencilla. Su rico mundo intelectual parece poblado por sus propias criaturas, sus símbolos más preciados, una rara y compleja red de referencias y, cómo no, de su ciudad. Y que para Allen, Nueva York no sólo es la ciudad metáfora, sino también el símbolo de su manera de comprender al mundo, a sí mismo y lo que crea. Una meticulosa expresión del yo más profundo y más allá, su construcción de lo que le define como artista. Porque Allen es Nueva York —o se contempla a través de la ciudad— o probablemente, se trate de todo lo contrario. Nueva York es el rostro de un Allen misterioso, secreto, íntimo, siempre en eterna reconstrucción.

Con toda seguridad por ese motivo se suele decir que Manhattan es su mejor película, o mejor dicho, la más Allen de todas las criaturas híbridas de lenguaje, comedia y existencialismo urbano que ha creado el director. Claro está, no sólo se trata a que Allen retrata Nueva York como núcleo, esencia y evidencia de lo que aspira mostrar, sino que además existe entre la ciudad y el director una profunda afinidad. No es la primera vez que ocurre, por cierto, ese vinculo misterioso y elemental entre creador y visión. Las calles de Nueva York siempre han sido propicias y sobre todo fértiles, para la imaginación y el ojo analítico de otros grandes directores como Martin Scorsese, por ejemplo, que asume a Nueva York desde sus estrías, grietas y oscuridades. Al contrario, Allen la mira con dulzura, con una melancolía exquisita y un evidente amor que plasma en cada plano y escena.

El prólogo de Manhattan es toda una declaración de intenciones al respecto, un dibujo evidente, extraordinario y rico en matices de lo que anima al director al crear —desde Nueva York y para Nueva York— una visión sensible y conmovedora de su propia interpretación sobre la ciudad. Como si tratara de un mirada mesurada y sinfónica al centro mismo de la Nueva York onírica, la que sueña y se construye en símbolos, el director nos muestra sus edificios, su tráfico vertiginoso y ruido, su ritmo de vida trepidante. Una rápida sucesión de escenas que se concatenan unas otras para dibujar un fresco muy claro y radiante sobre una ciudad que parece prosperar al borde de su propia interpretación del caos. Pero hay más en ese primer plano de secuencia, mucho más que los ágiles movimientos de cámara, de brillos y resplandores, de trozos de belleza que se abren y se estructuran para construir lo que parece ser una bienvenida alegórica para el espectador. Como si se tratara de una aproximación lenta a algo más íntimo, el director añade a sus imágenes la maravillosa y estilizada Rhapsody in Blue, de George Gershwin. Una nota melódica que zigzaguea, define, se levanta en el brillo de los altísimos edificios, desciende de nuevo a las calles amplias, sigue a sus habitantes apresurados. Y es Manhattan en todas partes, es la ciudad que construye a fragmentos, cada vez más vital, más extraordinaria. El centro de toda su visión poética.

Para Allen, Manhattan —la ciudad— no sólo fue fuente de inspiración para Manhattan —la película—, aunque ambos conceptos beben uno del otro y se complementan. Como proyecto cinematográfico, Manhattan fue el primer film del director rodado en blanco y negro — una concesión estética que aporta valor, profundidad y poder visual a la propuesta — , además también el primero en formato Panavisión. Allen disfrutó de las salvedades estéticas y recreó a la ciudad de su imaginación con líneas impecables y un contraste exquisito. El director de fotografía Gordon Willis, además dotó a la película de un ambiente profundamente elegante, con sus encuadres medidos y planos sostenidos y los amplios claroscuros que enmarcan y puntualizan la acción. Secuencias inolvidables como la del Planetarium — a la que Allen dota de un especial significado— y la del puente de Brooklyn, construyen una atmósfera diáfana, dulce que parece contradecir ese acendrado cinismo del director.

Pero es que Allen mira a su ciudad como elemento más allá del bien y del mal. Maestro del existencialismo urbano, la tragicomedia y el análisis de la vida moderna a través del absurdo, Allen encuentra con Manhattan su mejor momento artístico. Con un pulso admirable, comedido e inteligente, la película avanza entre los habituales tópicos del director —a inseguridad, el engaño, la infidelidad, la crítica mordaz a los diletantes con ínfulas de intelectuales — pero en realidad, la película es mucho más que una combinación de estereotipos narrativos más o menos conceptuales. Porque al igual que lo hace con las imágenes, Allen juega con los filos de la historia, crea un guión sugerente y sólido que parece bordear el caos pero que en realidad es un riguroso análisis de la sociedad contemporánea. Desde la desacralización de la cultura pop, y también su necesidad de crear una visión de la cultura que se desborde a sí misma, Allen logra con su película crear una atmósfera variopinta, humorística, pero a la vez cruda sobre el quiénes somos de una sociedad que se analiza desde el vacío. Yale, como símbolo del ambiente Universitario, es la víctima propiciatoria del humor corrosivo y durísimo de Woody Allen, quien además se caricaturiza a sí mismo como arquetipo del intelectual postmoderno arrogante y superficial. Y es que Allen no se toma en serio, como tampoco lo hace con esa intelectualidad frágil y elemental que se muestra como la más común de las máscara. Allen pendula entre lo banal, pero a la vez se comprende a sí mismo como una rudimentaria pieza de utilería en un bellísimo escenario decadente. Y es entonces que Manhattan alcanza su punto más alto: la película parece no sólo trivializar la cultura por la cultura, sino cuestionarse sobre su pretendida profundidad y más allá, sobre su verdadero sentido. Todo esto, mientras los impecables planos de la ciudad que observa, que sostiene y que transforma, rodean a los personajes, los subliman, los empequeñecen. Un paisaje abismal.

La última escena de Manhattan es, de hecho, un compendio de todas sus virtudes, expresiones y conclusiones. La ciudad de fondo, una Diane Keaton en estado de gracia —por entonces la musa del director— se contempla a sí misma desde la fragilidad de su existencialismo barato y arrogante. Luego de hora y media de diálogo fluido, de ese torrente de palabras y reflexiones, la simple gestualidad expresa todo lo que no pueden expresar en palabras. En el último plano, la ciudad de nuevo envuelve todo, se alza para mostrarse a sí misma en toda su belleza; un rayo de sol que baña por completo su silueta, iluminándolo todo, como la última pieza radiante de un conjunto de singular belleza.

Cualquier otra idea, parece sugerir ese lento y gradual resplandor, solo es parte de la ciudad que vive, que mira y se observa a sí misma desde la periferia.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Aglaia Berlutti’s story.