El café

Sustancia redentora traída de un mundo nuevo como salvación diurna de nuestro letargo. Halo que anuda amistades alrededor de una mesa, en un oloroso arrebato de ponderación y vida.

Vedado a los niños por su inocencia, pues la amargura espanta a los primerizos y requiere de iniciación en los sinsabores de la vida. Su consumo es una licencia de madurez servida en taza de loza, testimonio del fin de la honradez de los sabores sencillos.

El café nos toma y nos deja, nos arrastra y nos suelta, en un mundo de profundidades insondables. Su aroma de asimilada humanidad nos sugiere la compañía de otros o la soledad del alma, ante la finitud de un espéculo negro. La degustación acostumbrada de su acérrima naturaleza nos transporta al mismo lugar inmutable, atemporal y transcendente donde emerge el manantial perenne de los momentos que deseamos vivir. A la postre ha de divisarse el fondo de la taza y, como ocurre con todo placer, su consumación nos devuelve a los límites de nuestra piel y nos recuerda que incluso al soñar somos humanos.

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Adolfo J. Rodríguez

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Los hechos son hechos y las opiniones personales.

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