El cine como documento social

Unas reflexiones sobre ‘La noche de los lápices’ de Héctor Olivera

Hay hechos que marcan con la fuerza de una cicatriz a la historia y a la cultura a la que pertenecen. Sucesos de tal envergadura y poder para reflejar los dolores y horrores escondidos en los límites de lo que consideramos una engañosa apariencia de normalidad. Para Latinoamérica, uno de ellos es sin duda lo ocurrido el 16 de septiembre de 1976, cuando fuerzas de seguridad estatales de la dictadura argentina secuestraron a diez estudiantes de secundaria. Todos tenían entre 16 y 19 años y del grupo solo sobrevivieron tres después de que fueran sometido a noches de espantosas torturas. Se trata de uno de los episodios más cruentos de la historia argentina pero también de nuestro continente, aún lleno de cicatrices abiertas infringidas por la violencia de regímenes dictatoriales. Una circunstancia de enormes implicaciones sociales e históricas que cambió el rostro de la política en una década especialmente convulsa.

Por supuesto, América Latina tiene una historia reciente convulsa y la mayoría de las veces violenta. Como continente joven, ha sufrido los sacudones y transformaciones de toda sociedad en pleno desarrollo, en ese reacomodo intelectual que conlleva el crecimiento de una cultura con una identidad histórica tan reciente como la nuestra. Tal vez por ese motivo, los episodios políticos que han protagonizado la gran mayoría de los países del hemisferio, tienen un profundo significado en su identidad nacional y una trascendencia considerable en la historia contemporánea. Y el cine, como siempre, retrata lo mejor que puede, esas escenas profundamente significativas que crean un nuevo rostro de la realidad.

La película La noche de los lápices del director argentino Héctor Olivera se estrenó el 4 de septiembre de 1986 y marcó un hito en el cine de su país. Gracias a su durísima puesta en escena y simbolismo, la conservadora Argentina tuvo un acercamiento crudísimo a uno de los capítulos más inquietantes de su historia: La manifestación realizada en el año 1975 por la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en la ciudad de la Plata. La protesta que tenía por objetivo reclamar la reducción del costo de los boletos de transporte público para estudiantes, desembocó en desórdenes callejeros que la dictadura de Videla, Agostini y Massera consideró «Subversión en las Escuelas». El 16 de septiembre, diez adolescentes (Claudio de Acha, Gustavo Calotti, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Patricia Miranda, Emilce Moler, Daniel A. Racero, Horacio Ungaro) fueron secuestrados en un operativo de castigo, represión y censura, como escarmiento público a la manifestación callejera.

La película fue realizada cuando los hechos aún eran muy recientes, y el escándalo no se hizo esperar: Se acusó al filme de amarillista, de morboso y sobre todo, de utilizar lo ocurrido como bandera política. No obstante, como testimonio histórico, el resultado visual y, sobre todo, el planteamiento de la historia, sorprendió no solo al público argentino sino también al extranjero, que tuvo la singular oportunidad de conocer la historia al mismo tiempo en que se llevaba a cabo el proceso judicial impulsado por el gobierno de Raúl Alfonsín para aclarar lo ocurrido. Una visión que intentó analizar no solo la represión desde la óptica de la violación de los derechos humanos, sino como parte del mecanismo de represión político que para la época dibujó con preocupante precisión las relaciones de poder entre ciudadano y el poder.

Con un reparto jovencísimo y, sobre todo, un guión inteligente y bien construido La noche de los lápices muestra la realidad con esa sencillez de lo cotidiano y tal vez eso hace tan perturbadora la imagen de la violencia que refleja: descarnada, desprovista de efectismo, la tensión en cada escena construida para expresar el miedo de la sociedad oprimida y su enfrentamiento al puño de hierro de opresor. A pesar de todo, el director Héctor Olivera parece no querer basar su visión de un hecho histórico. A medio camino entre el dramatismo de Missing de Constantin Costa-Gavras y la crudeza directa de Garaje Olimpo del Chileno Marco Bechis, La noche de los Lápices logra plasmar con gran habilidad el clima de desconcierto y zozobra que toda represión política supone.

Y, quizá, la manera sutil de abordar el tema del director, sea el mayor triunfo de una película sin mayores pretensiones que la de contar la historia pequeña, la invisible y la que parece mezclarse con una mucho más grande e inevitable: la de un país en crisis, una coyuntura social donde el terror impera y el Estado, como enemigo a vencer y a enfrentarse. Con su discurso sutil pero profundamente emocional, la película borda con gran pulso la amenaza a la seguridad y la dignidad individual del que sufre la agresión pero también, esa otra cara del entorno familiar que padece la incertidumbre, la colectividad herida por las víctimas anónimas. La trama avanza, con una inesperada fuerza argumental, creando una visión sobre la tragedia del que se despoja de su libertad, del que sufre los rigores de la tortura y el terror sin llegar jamás a la violencia explícita. El discurso elocuente e intimista, muestra el miedo más como una consecuencia que como una visión en sí de la atmósfera que se desarrolla. Porque el miedo está en todas partes, el miedo es el elemento común que une no solo a los personajes sino a las inesperadas implicaciones de la historia como propuesta dramática.

Inquietante, sobre todo, esa expresión del aislamiento y la humillación del desaparecido que el director muestra en frases contundentes y extrañamente dolorosas, como la escena que probablemente identifique y sostenga el resto de la película: mientras uno de los personajes invoca a Dios en medio del terror y la angustia, uno de los represores resume la escena —lo que vendrá, el horror de lo que no se conoce, la angustia de la violencia silente— en una única frase: «Aquí Dios somos nosotros».

Una película que se convirtió en símbolo de ese cine que protesta, documenta y se convierte, tal vez sin desearlo, en reflejo de la sociedad y la historia a la que pertenece. Una visión directa sobre la violencia del poder y ese enfrentamiento esencial del ciudadano, como observador y quien sabe, como víctima de un sistema corrompido y destructor.

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