El extraño sueño de Don Quijote

Ilustración de Gustavo Doré (http://www.spanisharts.com/)

Es 22 de abril, por la noche. Hace 399 años que murió Cervantes y Don Quijote, que fue liberado de la tiranía del tiempo mortal por él, lo sabe. Escribe el tuit 6.712 de su historia, el de las nueve de la noche, y deja su teléfono móvil junto a sus armas.

Hoy a Don Quijote se le hace especialmente duro escribir los tuits de su vida. El recuerdo del óbito de su creador está demasiado presente, y se añade al cansancio de esa obligación que él mismo se impuso hace casi ocho meses. Día y noche, cada hora ha de sentarse frente al libro que Cervantes escribió sobre sus propias aventuras, debe comprobar la marca hecha a lápiz en el final de la última cita, y copiar en su smartphone los 140 caracteres de la siguiente frase. Eso y pulsar ‘Enviar’, para que al cabo de un instante la frase aparezca en Twitter, como por arte de magia.

Le pareció una misión digna de su valor como caballero, misión gratuita como aquella locura que en su opinión le enaltecería ante su señora por el irrefutable mérito de no tener razón alguna de ser. Y a ella se entregó, a pesar de las traiciones de la tecnología, sabedor de que una multitud de gentes esperaba una vez más recibir noticia de sus hazañas, esta vez a través de una mágica y misteriosa conexión inalámbrica.

—Y así ocho meses ya, como le digo a vuecencia —le comentó al oidor.

Ocho meses en los que compaginó los tuits con las obligaciones caballerescas, batallando contra gigantes, malandrines y follones, dándose de coscorrones penitentes en la sierra, recibiendo las tobas de los malhadados e ingratos galeotes; y encontrando siempre el tiempo, aun desalentado y molido a palos, para comunicar su punto de la aventura a esos desconocidos seguidores de Twitter.

Esta noche Don Quijote se entretiene algo más de lo normal con su teléfono móvil. Ha prometido velar la venta, después de cerrada la historia del cautivo, con el feliz reencuentro de los hermanos separados veinte años atrás, así que hay tiempo. Entre los tuits, uno que le alarma: mañana, día de Sant Jordi, millones de rosas verán sus vidas segadas para ser ofrecidas como presente. Es una tradición moderna, de la que jamás había oído hablar. ¡Millones de rosas sacrificadas!

Imagina Don Quijote campos enteros de flores convertidos en llanuras de esquejes truncados, y a todas esas rosas cadáveres hacinadas en carros, o en cualesquiera otros medios de transporte logístico de uso en esa extraña época. No bien imagina ese escenario cuando de pronto se encuentra a lomos de Rocinante y junto a un campo de rosas del Maresme. Varios individuos de morena tez están preparándose para comenzar su día, dispuestos con guantes y tijeras a acometer sus malvados designios.

—¡No toquéis esas hermosas criaturas, mal hallados tizones, o os las veréis con mi espada!

Los negros dudan un momento, se miran entre sí, y luego se vuelven hacia la caseta donde está el capataz. Esa mirada que les devuelve es definitiva, hay que hacer el trabajo y pronto. Acometen las primeras plantas y a Don Quijote un arrebato de ira le nubla el entendimiento.

—¡Avisados estábais, malandrines!

Y se lanza contra el primero de los trabajadores, lanza en ristre. El hombre consigue esquivar el lanzazo, pero no el pescozón lateral que la lanza le propina al cambiar Don Quijote el sentido de su marcha. Dolorido, grita en su extraña lengua, un lenguaje ininteligible que a Don Quijote no le suena más que a burdo encantamiento, pero que tiene la virtud de llamar la atención, junto con los gritos de sus compañeros, del capataz de la plantación.

Entre gritos de dolor y de alarma, Don Quijote pierde el equilibrio y cae de su montura. Los negros dudan entre acometerle o atender a su compañero, que también está aullando en el suelo.

—¡Para locos estamos! —clama el capataz, pateando a Don Quijote tras una carrera torpe e inusitada que casi le priva de aliento.

—Loco tú, malandrín y ciego, que no adviertes que segar la belleza para poseerla es acto soberbio y vano. Tú, que por halagar la vanidad de personas desconocidas, o peor, por dar de comer a tu golosa faldriquera, actúas con infame saña contra indefensas criaturas que bien pudieran ser ninfas encantadas y atrapadas en su belleza.

—Lo dicho. Como una cabra. Haga el favor de salir del campo, desgraciado, y dé gracias de que no avise a la policía. Vosotros, echadle una mano y venga por faena, que vamos retrasados.

Dos negros alzan al caballero, que se zafa de ellos con dignidad. Don Quijote piensa para sí que esto no acabará así, palpa sus calzas y advierte la presencia de su teléfono móvil. Un último empellón le deja al otro lado de la valla, junto a la carretera. El sol está en lo alto y las podadoras de los peones certifican con sus metálicos chasquidos que todo el mundo ha vuelto al trabajo. Apremia pedir valedores, y pronto. Todo lo que precisa es que se rompa el encantamiento de las rosas, y que volviéndolas a la vida puedan espantar a los negros malandrines y a su sátrapa empleador.

Su tuit es breve: «Don Quijote exhorta a los poderosos sabios y encantadores: rescatad del encantamiento a mil doncellas». La geolocalización convocará precisamente a sus seguidores de las redes sociales y, sabiéndolos miles, los malvados huirán corridos y la astucia de Don Quijote habrá hecho más servicio que centenares de brazos brutos y ciegos.

En pocos minutos hay una pléyade de desocupados reunidos alrededor de Don Quijote. Gritan consignas, llevan pancartas: «No más recortes», advierte Don Quijote en una de ellas. Otras son de otro jaez: «La Sanidad es de todos»; «Los derechos no son privilegios»…, pero Don Quijote, satisfecho con el manifiesto anti-recortista, se suma a la manifestación. Ahora está en una rambla principal, que desemboca ante un edificio singular y mayestático: el ayuntamiento del pueblo. Varios coches de policía custodian el perímetro, con sus luces azules parpadeantes.

—Amigos, no esperaba yo tal unísona respuesta, pero me congratulo y deduzco que sois sensibles al crimen que representa truncar la belleza del mundo por dar satisfacción a las sórdidas vanidades y codicias de algunos.

La multitud, enfervorizada, afirmó su discurso con un prolongado rugido.

—¡No más recortes! ¡No más recortes!

—En ese castillo debe de estar el señor que gobierna los designios de este lugar, y ese es el lugar donde obtendremos el designio al que nos hemos consagrado. ¡Seguidme, que tras esas puertas nos espera la gloria!

Y, requiriendo a Rocinante, que estaba distraído mordisqueando unos setos decorativos, le embridó hacia su objetivo y picó espuelas. La multitud bramó de nuevo y le siguió, aunque Don Quijote ya estaba a lo suyo y lo mismo le hubiera parecido ir con cien que con un millón. Llegando a unas decenas de metros de la línea de los antidisturbios, armó su adarga y requirió a su caballo, encomendándose una vez más a Dulcinea, la señora por la que tantas fatigas había tomado y tantas otras habría de tomar, si hubiera ocasión.

El policía que se vio señalado por la lanza acusadora reflexionó un momento y, considerando rápidamente las circunstancias, juzgó prudente apartarse, de modo que el arma de Don Quijote golpeó por centímetros contra la chapa de la furgoneta, con tan mala fortuna que obvió su más que razonable quebranto y en su lugar mantuvo a Don Quijote bruscamente seco, al punto que Rocinante, a pesar de clavar por el susto sus cuatro pezuñas en el asfalto, terminó resbalándose y dejando al bravo caballero suspendido en el aire. Tras un breve instante, la potencia de su propio paso le sobrevino y terminó con sus huesos en el suelo, en un estruendo de chatarra descompuesta, pues no otra cosa terminó pareciendo su armadura.

Una vez la naturaleza acabó de trasladar a Don Quijote a una posición ventajosa, media docena de antidisturbios procedieron a aporrearle, como si trataran de asegurar los cimientos de un edificio. Apenas pudo zafarse el caballero; pero entonces la multitud, enardecida, cargó contra la policía, que tuvo que batirse en retirada. Entonces Don Quijote fue alzado por la multitud sobre una de las grandes macetas decorativas, y se puso a gritar al unísono:

—¡No más recortes! ¡No más recortes!

Don Quijote, aturdido, tardó en volver en sí, pero al final, repentinamente aguijonado por el lema atronador, recordó a las mil doncellas encantadas y comenzó a pedir a la multitud que acudiese al prado del que venía para detener el genocidio vegano que estaba teniendo lugar, que el ya invocaría al encantador de turno para desencantarlas. No bien terminaba esta invocación, cuando de forma extraña escuchó lo que le contestaba la muchedumbre:

—¡Envíalo por Twitter! ¡Envíalo por Twitter!

—¿Qué necesidad hay de enviar por Twitter un mensaje que ya os estoy refiriendo en persona? ¡Me confundís con estas exigencias! ¡Seguidme al prado de la vergüenza!

Pero, extrañamente, apenas podía moverse. Una vez más, parecía que uno de esos malhadados encantadores tomaba posesión de su persona y le impedía hacer valer la fuerza de su brazo. Además, poco a poco todo se oscurecía, las voces iban desapareciendo y quedando en menos, y Don Quijote se sintió desfallecer. Sus ojos se cerraron y perdió el equilibrio y la conciencia.


—Tiene que enviar el tuit, mi señor.

—¿Qué ocurre? ¿Dónde estoy?

—El tuit, mi señor Don Quijote. Hace media hora que debía haberlo enviado, pero debe haberse dormido vuesa merced —era Sancho quien le hablaba, zarandeándole de una forma excesiva, como si llevara largo rato dedicado al menester de despertarle.

—Deja ya de sacudirme como a una estera, Sancho. Ya he vuelto en mí. He tenido unos sueños extraños y, como me pasa últimamente, la confusión se ha apoderado de mis actos. No hace ni un minuto, centenares de soldados de mi causa trataban de salvar a millares de doncellas a las que unos demonios negros trataban de segar la vida en un pradillo.

—No quisiera yo estar en esos sueños suyos, que bastante tengo yo con salvar las horas de la noche con un sueño reparador que me permita seguirle al día siguiente. Ya le dije que esa tarea de publicar un tuit cada hora, día y noche, durante meses, iba a arruinar la poca salud que nos han dejado nuestras aventuras.

—Deja ya esos argumentos, Sancho, que no se avienen con tu simpleza. Bien vale el servicio de mi señora Dulcinea la travesía de tantas estrecheces. Cuando nuestra misión sea cumplida, se sabrá ella amada como nunca lo fue dama de caballero alguno. Y, si la misión es descabellada, el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado? Tráeme el smartphone, que debe estar fuera, ya que no escuché su ruidosa alerta.

—Sí, señor Don Quijote.

Volvió Sancho enseguida con un candil encendido en su mano derecha, y el teléfono móvil, que resplandecía azul, en su izquierda. Pidió dispensa para retirarse y, una vez concedida, Don Quijote, con gesto cansado, se incorporó en su lecho. Tomo el libro, abriéndolo por el punto, y con el lápiz contó los 140 caracteres que seguían a la última marca. Entonces volvió al móvil y comenzó a escribir:

«QUIJOTE 6.713. y así, navego confuso,/el alma a mirarla atenta,/cuidadosa y con descuido./Recatos impertinentes/honestidad»

—Lástima. No termina la rima —murmuró. Verificó que estuviera activa la alarma para la próxima hora, sopló el candil y se arrebujó en la cama.

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