El otro hijo

Nunca nos contaron su historia; solo lo conocimos por unas cuantas quejas amargas que se le atoraron en la garganta y apenas alcanzaron a salir, como escupidas. Porque, vamos, es muy sencillo decir de qué va la historia del hijo pródigo: una alegoría acerca del hijo desobediente que vuelve arrepentido a casa y es perdonado. De manera tradicional se nos presenta como un espejo ante el cual confrontar nuestra condición errónea —de pródigos— y como una exhortación a retomar «el buen camino». Yo creo que la mejor lección que se puede extraer es otra: el relato es un llamado a no ser el otro hijo.

Al otro hijo se le tacha de mezquino (¿cómo?, ¿acaso no te da gusto que vuelva tu hermano?), de malagradecido (tú tienes esto todo el tiempo, tu hermano no porque estaba perdido) e, implícitamente, de tonto —porque, haciendo las cuentas, al pródigo le tocó más herencia—. Sus posibles virtudes —respeto, rectitud y dominio propio— son reducidas e ignoradas al punto que no solo se le relega, sino que se le convierte en el personaje antagónico. Y todo por ser cabalmente obediente.

El pródigo resulta más beneficiado no solo porque recibe el perdón, sino porque su rebelión lo hace acreedor a una experiencia más personal, de manera que entiende mejor al mundo y su lugar dentro del mismo al volver rogando a casa de su padre. No así el otro hijo, cuyas preguntas dejan ver una duda existencial grave: ¿Valgo menos que mi hermano? ¿Sirvió de algo haber hecho siempre «lo que debía hacer»? La historia nos muestra que, a pesar de hacerlo en planos muy distintos, ambos hijos sufren, independientemente de cuál siguió al pié de la letra los designios del padre.

No quiero que se interprete esto como una defensa de la anarquía y el desenfreno sin sentido. Desobedecer tiene consecuencias: El hijo pródigo fue miserable tras darse cuenta de los sinsabores de las falsas amistades y la vacuidad de las riquezas y se encontró así mismo pobre y hambriento, tanto que deseaba la comida de los cerdos. Pero en el proceso de sufrir esas consecuencias hay una sabiduría escondida. Si el individuo es capaz de reflexionar se habrá hecho consciente de su agencia. Habrá decidido sobre sí mismo algo que nació de su interior y se habrá enfrentado al resultado de tomar esa decisión, emergiendo más dueño de su voluntad. Se habrá reconocido como un ente que no sólo recibe su realidad, sino que puede actuar sobre ella y alterarla. En palabras de uno de mis cineastas favoritos, Guillermo del Toro:

Solo puedes encontrarte a ti mismo cuando desobedeces. Yo pienso que la desobediencia es el principio de la responsabilidad.