El papel educativo de los libros infantiles

La inclinación a ver todas las cosas desde un punto de vista educativo a veces nubla la capacidad de algunos adultos a la hora de juzgar con acierto los libros infantiles y juveniles. Esto se aprecia, por ejemplo, cuando alguien se lamenta de que «Harry Potter miente», como si ese fuera un motivo para no poner esos libros en manos de los niños, y tal vez sin darse cuenta de que, con el mismo argumento, tampoco se deberían contar a los niños historias bíblicas como las de Jacob y Esaú, ni cuentos infantiles como Pulgarcito y El Gato con Botas, ni muchos otros relatos. Por eso puede ser útil repasar qué clase de aportación educativa es la que pueden ofrecer las ficciones y cuál no, y, más en general, indicar algunos criterios para valorar apropiadamente los relatos literarios infantiles.

En primer lugar es necesario distinguir entre un relato contado con intenciones educativas y otro preparado con intenciones literarias. Es distinto que la fábula sobre El pastor y el lobo la cuente un educador a que la versione un escritor. Al educador no hay por qué pedirle que la narre como La Fontaine y en su caso es legítimo que saque la conclusión de que no se debe mentir: su interés es educativo y, para él, lo literario es secundario. Del escritor podemos esperar que la cuente bien y que deje al lector obtener sus propias consecuencias, pues si su objetivo es literario le sobran los subrayados pedagógicos.

Ahora bien, aunque para un relato contado con propósitos educativos lo literario sea secundario, ojalá lo literario esté bien cuidado, algo que uno no tiene por qué pedirle a su madre pero tal vez sí a sus profesores. De modo paralelo, aunque para un relato escrito de modo literario lo educativo sea secundario, a un escritor que se dirige a un público joven sí le podemos exigir que no pierda de vista que todo relato es formativo.

En cualquier caso, tanto el educador como el escritor han de ser serios en sus ocupaciones respectivas y, entre otras cosas, eso significa que no han de sacrificar nunca la verdad por motivos tácticos. Así, un educador no debería elogiar una mala novela por más que simpatice con su autor, ni debería recomendar un libro con «valores positivos» si le falta el primer valor de ser un trabajo bien hecho. Igualmente, un escritor debería respetarse a sí mismo lo bastante como para no caer nunca en simplificaciones abusivas, por incompetencia, o por motivos ideológicos, o por intereses comerciales.

En segundo lugar, se ha de pensar cuál es el valor principal de las ficciones y también el mayor de los motivos por los que nos atraen tanto: porque con ellas nos conocemos a nosotros mismos y conocemos a los demás, y así expandimos nuestras experiencias vitales y podemos afrontar la vida mejor equipados. Por eso, de la calidad de lo que leemos (o que oímos, o que vemos) depende que podamos interpretar el pasado y el presente con más acierto; que sepamos comprender mejor lo que podemos experimentar, o pueden experimentar otros, en determinadas situaciones; que aprendamos a esperar y a prever con acierto lo que puede sucedernos más adelante.

Esta realidad, que los relatos amplían nuestra visión de las cosas y condicionan nuestras futuras respuestas, tiene una particular importancia cuando en ellos se tratan temas más sensibles y cuando somos más jóvenes. Por ejemplo, aunque no necesitemos probar determinadas conductas destructivas para saber cuánto daño hacen, sí nos puede convenir conocer su existencia y su atractivo por adelantado, y es mejor que tal conocimiento nos llegue a su tiempo y por medio de historias que nos las presenten tal y como son. Y eso precisamente, mostrarnos la complejidad de la vida sin trampas, es lo que hace la mejor literatura, en especial aquellas obras bien contrastadas por el paso del tiempo y por el juicio positivo de muchas personas que las leyeron antes que nosotros.

También como una consecuencia más de lo anterior, en tercer lugar es importante reafirmar que una crítica literaria sí puede, y a veces incluso debe, incluir un juicio moral sobre los contenidos de la obra que juzga. En algunos casos todos lo tenemos claro: de un ingeniero esperamos que no elogie la eficiencia de las instalaciones de un campo de exterminio o, si se quiere rebajar la contundencia del ejemplo, que no alabe unos métodos de fabricación inhumanos. En lo que se refiere a nuestro tema, Viktor Klemperer lo formula del siguiente modo en La lengua en el tercer Reich: «No confío en las consideraciones puramente estéticas en los ámbitos de la historia de las ideas, de la literatura, del arte, de la lengua. Es preciso partir de posturas humanas básicas; los medios de expresión sensibles pueden ser los mismos, aún siendo los objetivos totalmente opuestos».

Luego, un cuarto punto a tener en cuenta es el de la recepción de la obra. El impacto de un relato depende del cuándo y cómo se lea, de las referencias vitales y culturales que se posean, de la capacidad que se tenga de poner las cosas en el contexto adecuado. Entre otros factores tienen particular importancia la edad, también la edad física pero sobre todo la edad mental que va unida con la madurez humana, y la formación literaria. Así, es lógico que alguien joven, que intenta encontrar claves para comprender el mundo al que está entrando, lea con ansias, mientras que alguien con más experiencia lo haga de modo más distante; también es lógico que algunos libros, que son copias pobres de otros anteriores, puedan causar conmoción en quienes, como no conocen los antecedentes, encuentran algo en ellos por primera vez.

Con estas premisas, que a mi juicio componen como un marco mental, se pueden dar otras indicaciones acerca de cómo, desde la perspectiva de un educador, se han de valorar los contenidos de los libros infantiles y juveniles.

Primero, se ha de tener en cuenta que la categoría literaria no tiene que ver con la sencillez aparente o real. A la verdadera sencillez de un relato infantil, la que rompe las barreras de la edad, con frecuencia se llega después de un costoso trabajo (dejando al margen que la calidad del oro no depende de la facilidad con que se recoge).

Segundo, como en cualquier otro relato, en los infantiles se debe mirar la calidad del lenguaje, la solidez de la trama, etc., pero a esas cuestiones se les ha de añadir la amenidad, la capacidad de atrapar al lector. No se ha de olvidar que hablamos de unos lectores que necesitan ser atraídos y de unos libros que han de llegar a ellos a través del entretenimiento y no por imposición. Pero esto no quiere decir que un escritor esté legitimado para buscar a cualquier precio el enganche con su público, del mismo modo que un educador no puede, por ejemplo, mentir y presentar como real una historia inventada o adornada.

Tercero, es necesario recordar que a las ficciones no les corresponde dar una visión completa de un asunto y eso implica, por parte del lector, el esfuerzo de poner en perspectiva las conclusiones a las que le han podido inducir. Al educador le corresponde facilitar al lector joven un mejor conocimiento de las otras caras que tiene la realidad que tratan los relatos que lee y, por eso, parte de su papel es sugerirle más lecturas: libros de historia, biografías, reportajes, ensayos, otras novelas, etc.

Cuarto, se ha de apuntar que, igual que un relato histórico tiene la pretensión de ser verídico, un relato de ficción tiene la pretensión de ser verosímil, entendida la verosimilitud aquí en el sentido amplio de aquello que nos resulta «convincente» de acuerdo con lo habitual en nuestra sociedad. Y como «la verosimilitud es también un campo de lo verdadero, su imagen y semejanza», tal como explica Paul Ricoeur, se puede decir que a un relato de ficción se le ha de pedir que cuente siempre la verdad según su modo propio de hacerlo.