El Renault 4 o las tramas de la nostalgia

Chatarras enmohecidas y ennoblecidas. Por qué algunos carros son entidades casi vivas.

En Yugoslavia le llamaban Katrca, por Catherine. Lo comenzaron a producir en Litostroj en 1969 para surtir el mercado de autos de Europa del Este. Luego la fábrica se trasladó a Novo mesto (Ciudad Nueva), la pequeña urbe eslovena —24 mil habitantes— donde nació Melania Trump. Allí, en las instalaciones de Revoz se fabricaron poco más de medio millón de Renault 4 desde 1973 y hasta 1992 cuando la empresa matriz en Francia decidió dejar de hacerlos: la Guerra de los Balcanes (1991–1995) había destruido parte de la línea de estampados de la fábrica.

Hoy en la reverdecida campiña eslovena, sobre la calle Trdinova, en la misma Novo mesto, Revoz sigue produciendo autos, pero ahora escupe Twingos, Clios y Smart Forfour. Hasta 2010 lo hizo al impresionante ritmo de más de 200 mil autos al año, 23 cada hora, pero la crisis europea de 2013 los obligó a bajar la producción a menos de 100 mil autos anuales. Se están volviendo a recuperar, y recién en 2016 superaron una vez más la barrera de los 100 mil autos-año.

En el mundo, el último Renault 4 se ensambló en 1994, aunque se rumora que en 2017 o 2018 se lanzará una versión recargada y mejorada del auto; otra aventura empresarial que hace de la nostalgia una lucrativa fuente de negocios.

Prototipo del Renault 4, 2018. Tomado de www.casamotores.com.co

El 13 de julio de 2011, una caravana de 4 automóviles Renault 4, cada uno conducido por propietarios provenientes de los restos de la antigua Yugoeslavia —Serbia, Bosnia-Herzegovina, Croacia y Eslovenia— se dirigió hacia Thenay, Francia, donde se celebró medio siglo de creación del modelo. Fabricado o ensamblado en Francia, España, Eslovenia, Rusia, Argentina, Chile, Colombia, Brasil, Marruecos, Turquía, India y México, el Renault 4 es junto al Volkswagen Escarabajo un notable ejemplo de la extraordinaria capacidad humana para convertir mercancías industriales, y sus ruinosos restos, en tejido vivo donde cultivar preciosas y cálidas experiencias de alcance global. A lo largo y ancho del mundo el modo Renault 4 de viajar ha dejado su impronta en cientos de millones de personas, aunque en ventas esté muy lejos de los 20 millones de autos Ford Escort, los 21 millones de escarabajos, los 30 millones de Volkswagen Golf, los 35 millones de camionetas Ford F-Series y los 40 millones de Toyota Corolla. Desde 1961 y hasta 1994 se facturaron 8 millones de Renault 4.

En Colombia el primer propietario de un Renault 4 —ensamblado por Sofasa, Itagüí, Antioquia— fue un médico traumatólogo llamado Darío Mesa Upegui. Lo compró en Medellín un 26 de agosto de 1970 por 65 mil pesos. Entonces yo tenía 4 años y apenas si sabía pedalear un triciclo. Nací en 1966, justo el año en que la compañía fabricó el primer millón de renoletas como las llaman los argentinos y chilenos. Mi mamá condujo con combativa pericia y durante varios lustros un ejemplar del amigo fiel o el carro colombiano. Así fue conocido en mi país. Recuerdo bien que mis hermanos y yo nos asábamos en los puestos de atrás pues la ventilación del auto era francamente mala: con frecuencia las ventanas se trababan y preferíamos dejarlas cerradas para evitar que se descarrilaran. Azul oscuro, nuestro Renault 4 tenía sus caprichos. Podía vararse justo cuando estábamos retrasados y nos disponíamos a salir de casa para el colegio. Eso sí, jamás nos dejó tirados en el camino. Una que otra vez no encendía en las mañanas, pero cuando lo hacía funcionaba confiablemente durante todo el día.

Mientras en casa lidiábamos con los caprichos del Renault 4, una niña a la que no conocía se las arreglaba en Almaguer, Cauca, para ir al colegio caminando. Ocho cuadras bajo un cielo helado y nuboso. Estudiaba y vivía a plenitud sin tener que vérselas con el tráfico ni el exceso de carros que ya padecía Cali a mediados de los 70. Rocío, la niña almaguereña, había nacido un 16 de mayo, el mismo día en que nació Danny Trejo, el actor de ascendencia mexicana que protagonizó Machete, ese bodrio clase B que he visto una y otra vez sin terminar de entender por qué me resulta fascinante. Sin duda la estupidez también hechiza.

Rocío y yo terminamos conociéndonos en la universidad a comienzos de los 80, y casi al finalizar la carrera nos entregamos a unos amoríos que, creíamos, no durarían mucho pero se hicieron largos y serenos con el tiempo. Con los años vinieron los proyectos conjuntos, y con los primeros salarios nos hicimos al primer auto, un Renault 4 azul oscuro, idéntico al que usó mi familia cuando yo era un niño. Lo bautizamos El Pitufo, y desde entonces nuestros autos, todos de gama baja, han recibido el nombre de personajes de cuentos infantiles, dibujos animados o tiras cómicas: El Duende, La Sirenita, El Chapulín, Gásper, el Troll, Snoopy y Sally.

Una de las imágenes icónicas de Danny Trejo

¿Y a qué viene todo este cuento? ¿Qué tienen que ver mi historia de infancia, dos Renault 4 azules, mis amoríos con Rocío —que cumple años con Danny Trejo— y este largo rodeo que incluye la fabricación de las Katrca yugoeslavas?

Es mi manera de hacerle un pequeño homenaje a esos misteriosos instantes poéticos de la vida.

Ayer lo vi. Yo conducía por la calle novena norte, en Cali, y de repente tropecé con un milagro. Allí, a la derecha, estaba un ejemplo elocuente de cómo lata y motor se transforman en magia, cómo los restos industriales y herrumbrosos de tiempos idos trocan en fantasía retro, cómo los desechos de una máquina que alguna vez fue reluciente transmutan en memoria extraña, en saudade y en belleza que eclipsa. Experimenté una fuga festiva. Una auténtica epifanía.

Vestigio de Renault 4, un día gris y lluvioso. Fotografía, Julián González

Era como si las sobras de un Renault 4, frágil sobreviviente de los bombazos de la Revoz en Novo mesto, hubieran cruzado el mundo, y tras fundirse en alma y cuerpo con el inefable Danny Trejo, terminaran floreciendo en esta callecita de Cali. Ahí estaba este destartalado cuatrorruedas, aparcado cándidamente a la vera de un andén, esperando su turno, retrasando el día en que terminará desguazado. Una señal vial le indica su destino. Vé adelante, más adelante y ¡sal de circulación, viejo! Pero, qué va, el Renault Trejo, agrio y contrahecho, se niega a desaparecer. Decrépito, persistente, resistente y burlón sigue rodando calles y películas. Para él no hay The End.

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