El reto de ser venezolano
Este gentilicio te pone pruebas que no sé si se pueden explicar. Pero aquí voy

Imagínense, ustedes que no leyeron mi breve retrato caminado, que se quieren quejar. Pero no quieren hacerlo parecer una queja. Sino más bien una defensa de sus derechos. Pero eso suena demasiado rebuscado. Así que al final no les importa, es una queja. Pero ajá, ¿a quién se quejan? ¿Quieren hacerla formal o qué? Averiguan a dónde se puede ir a quejar uno. O llegan a donde creen que los van a escuchar. Cuando llegan igual no hay garantía que los vayan a escuchar o resolver. Entonces la frustración los lleva a dos caminos: o a la violencia o a la resignación. Se terminan quejando con el que vende perros calientes, si no al barman. Y luego creen que su queja no era tan pesada, que solo se querían desahogar. Hasta que oyes al tipo de al lado decir, «Tú sí eres llorón». Obvio montas en cólera, y descargas toda la rabia que hay en ti hacia él, partiéndole todo lo que se llama jeta. Terminas lastimado. Llegas a casa con un ojo morado, la camisa rota, y la familia te pregunta qué te pasó. Lo cuentas, pero lo terminas diciendo, «Si eso es para quejarme, imagina cómo será cuando me moleste en serio», y te ríes. Y tu familia se ríe. Y así hasta el siguiente evento.
Así es como yo siento que es ser venezolano.
Tal vez la mejor manera de describir a los que llevamos esa nacionalidad, orgullosos o no, es hacerlo por contrastes. Nosotros somos nobles y dicharacheros, pero también vivos y amargados. Creemos en el trabajo fuerte, somos emprendedores, pero nos encanta un día libre y un atajo. Somos solidarios pero individualistas. Somos simpáticos pero arrogantes; amorosos pero desconfiados. No creemos en nadie, pero insistimos en que crean en nosotros. ¿Qué rayos somos?
Los venezolanos hemos tenido que darnos una larga mirada en el espejo hace ya varios años, en especial cuando empezamos a instalarnos en el mundo, huyendo como lo estamos de un país que para muchos dejó de ser el suyo. Porque le pusieron una pistola en la cabeza a su bebé para robarla, porque le cerraron el negocio, porque tiene veinte años de edad y no hay ninguna esperanza en conseguir un apartamento propio, mucho menos una vida independiente. Desde hace quince años dos millones de venezolanos han buscado instalarse en el mundo buscando un mínimo de vida que les permita surgir. Lo bueno y malo es que se traen el bagaje cultural y social, y eso deja huella.
Una revista local publicó un reportaje sobre extranjeros que se han enamorado de Venezuela que leí con ternura. El argentino que la recorrió en bicicleta, el estadounidense que se declaró fan de Nacho (el de Chino & Nacho). Una amiga cuenta sobre el chileno que vino a conocer estos lados y le quedó muy buena impresión de nosotros. Y aunque me conmovían, y siempre es bueno ver algo así, no tenía que ver estas historias, porque igual uno las conoce. Cuántas colonias de italianos hay aquí. De españoles. De chinos. Árabes. Portugueses. Palestinos. Gente que llegó aquí y se consiguió una tierra amable que hicieron suya. Lo que sorprendía del reportaje era que lo estuvieran diciendo en la época actual, en la que ni nosotros mismos nos soportamos. Supongo que lo que me sorprendió es que ahí, oculto detrás de todas las tragedias en las que nos vemos envueltos, aún hay espacio para mostrar lo bueno.
Y luego leo las historias de terror de los venezolanos que están afuera y…
He citado antes la historia de la periodista Adriana Villanueva, ahora resienciada en Panamá, donde escuchó tres veces, mientras hacía diligencias, a los dependientes de distintas tiendas afirmar, «No parece venezolana». Pareciera que Panamá ahora es el sitio donde a los venezolanos no los quieren. Tan así que despertó hasta fuertes reacciones en contra de la migración hacia allá. Incluso esta semana, una amiga panameña compartió una noticia donde afirmaban que se esperaban más venezolanos por llegar, y los comentarios se puede resumir en dos palabras: «¡Ay, no!». Sentí que leía los comentarios de romanos esperando la llegada de la horda mongol.
Igual en Miami, donde mientras algunos venezolanos están en la indigencia, algunos de los más pudientes insisten en rayarnos ante el mundo. Un columnista del Nuevo Herald relató cómo una comunidad acudió a la casa de unos venezolanos a pedirles que controlaran sus fiestas, puesto que había un reglamento dentro de la urbanización que debían seguirse. ¿La respuesta? «Ay yo soy venezolano, no pretenderás que siga las reglas». O la señora dominicana que termina su día de limpieza en casa de una venezolana, también en Miami, y cuando se despide la dueña de la casa dice que falta la parte de afuera. Cuando la señora le dice que eso sería otro día y por más dinero, la dueña reposta: «Ay en Venezuela lo hacen más rápido y por menos plata». O el comentario que se hizo viral sobre cómo se ha transformado Weston desde la llegada de la diáspora venezolana: es básicamente Caracas, pero donde funcionan los servicios.
Por si fuera poco, me entero de los que dicen que se van, pero evitan a los venezolanos que ya están allá. Y aquí voy a cometer un pecado que suelo criticar. ¿Saben esas frases que empiezan con «mira, no es que sea racista» que casi siempre terminan teniendo algo de racismo? Bueno, mira, no es que les dé la razón, porque hay algo increíblemente arrogante en el tono en el que lo he leído o escuchado decir («yo soy mejor que ellos, para qué voy a estar con ellos»), pero no debe ser fácil reunirse en grupos donde sabes que eventualmente la ira antichavista se desbordará y te arropará. Basta con revisar cualquier grupo de WhatsApp para saber a qué me refiero. Y la verdad, cómo culparlos: esta es gente que ha sido botada de su casa cuando aún tenían proyectos y asumido una vida que no esperaban, o lidiar con realidades con lo que no están preparados. Es necesario desahogarse, y hay quienes no saben no quieren lidiar con ello.
Y en algunos casos, el énfasis está en no estar preparados. En Venezuela durante varios años ha dominado la informalidad: tratamos a todos de «mi amor», «panita», «viejito» y etcétera. Está la creencia generalizada que todo se resuelve con «un señor que conoce un pana» o por gestores o por la usual «engrasadita de palma» (en un país que tiene los más altos niveles de corrupción del mundo). Y eso trae consecuencias. Una amiga muy querida (también escritora por aquí) compartió en Facebook una vez una conversación con alguien que salió hacia España, y lo que le contó me dejó tan marcado que me tomé la libertad de guardar una parte. «Venezuela nos hizo creer que el bochinche era cosa normal. Que te podías ir a otro país esperando “ver quien te ayuda”, que solo hace falta el “deseo” de irte para hacerlo. Pero nadie sabe la bola que se pela, el trabajo que requiere, lo mucho que arriesgas sin garantía de nada. En Venezuela todos somos adolescentes y nadie lo sabe. Lo comprendes cuando pones un pie fuera del país y te das cuenta que no puedes afrontar un país normal».
Y al ser unos adolescentes, pues necesitamos un adulto que nos haga ver la realidad. Nunca olvidaré el cuento que me echó un conocido comediante sobre un viaje que hizo a Argentina, donde obviamente salió el tema de los argentinos arrogantes (algo que jamás he comprobado como cierto; no tengo sino cosas buenas que decir sobre cada argentino que he conocido). Un amigo local se le plantó y le dijo abiertamente: «Che, ¿vos querer saber quiénes tienen fama de arrogantes? ¡Ustedes! Salen al mundo jurándose los más capaces, que tienen a las minas más divinas, las mejores playas, que son los más divertidos de las fiestas, ¿y qué? Decime, ¿cuántos Nobel de Literatura tienen? ¿Cuántos Oscar han ganado sus películas? ¿Cuántos ingenieros han contribuido al mundo? ¿Cómo les va en deporte? ¿Por qué se les conoce mejor?». No pudo contestar nada.
Esto doblemente mejor lo recuerdo cuando se me presenta un video del site argentino El Presto OK rechazando las recientes declaraciones de Diego Armando Maradona a favor de Nicolás Maduro. «Maradona representa lo peor de Argentina, y más bien deberíamos pedir disculpas a los venezolanos», dice el locutor, y yo lloro de agradecimiento. Se mofa de los que aseguran que «gracias a Maradona nos conocen en el mundo», como si eso fuera algo de lo que enorgullecerse, en especial por representar algo con el que los venezolanos estamos demasiado familiarizados, como es la «viveza criolla». Me hace preguntarme: ¿estamos exportando a los venezolanos mala fama, a los que son los «poster boys» de la viveza criolla al exterior, y eso es lo que por siempre definirá a los que viajemos por el mundo?
Esto necesito averiguarlo por mi cuenta, así sea a pequeña escala. Y pregunto en Quora qué opinión tienen de los venezolanos en sus países. Hasta ahora solo cinco respuestas, pero son positivas sin ser conmovedoras. Personas «simpáticas», «emprendedoras», «amables», son los calificativos. La última respuesta me hace reír: «Que son tan humanos e inteligente como cualquier otra persona que vive en este planeta». Supongo que al final es lo que más hay que recordar: lo que hace a alguien especial no es su gentilicio, es cómo decidió presentarse ante el mundo. He conocido estadounidenses muy simpáticos y otros cuyo rostro clama porque le presente el lado correcto de un bate. Hay españoles increíblemente mala sangre y otros a quienes les confiaría la vida de mi hijo. Inclusive he conocido japoneses que son más rápidos para contar un chiste de doble sentido que yo. Y ni les cuento la retahíla de venezolanos que oh, sorpresa, no se colean, no le pagan a gestores, llegan a tiempo y a pesar de ello no quieren irse del país. Son pocos, lo admito, pero no tanto. Sí existen.
En algún momento, cuando este drama por el que estamos pasando finalmente concluya, yo espero que los venezolanos asumamos que ya, que ahora sí, es hora de madurar. Que ya estamos grandecitos para poder resolver en serio nuestros propios problemas, que no podemos seguir siendo los niños malcriados del mundo ni solo ser famosos por bellas mujeres, bellas playas y una cuerda de patanes en el Gobierno y algunos en algunas ciudades del mundo. Y eso empieza por cada individuo dentro y fuera del territorio, asumir que nuestra identidad no la define el mundo, silo la podemos definir nosotros mismos. Podemos ser mejores que las generaciones que nos precedieron, y necesitamos animar a la que viene a ayudarnos a enmendar la torta que estamos poniendo hoy.
Porque, al final, ¿cómo somos los venezolanos? Somos buena gente, lo juro. Solo hace falta que lo empecemos a creer y a demostrárnoslo a nosotros mismos.

