Expansión

La sangre. Quizás la angustia. Una mezcla estúpida.

Más que una palabra, una sensación, un sentido.

¿Sentido? Sí, no te asustes.

Cerrá los ojos, pasá ese punto en el que arrugás la nariz, en el que hacés fuerza para entrar en ese lugar infinito donde el sonido no perturba, donde todo es luz o todo es oscuridad y eso no importa.

Seguí adelante, defendete de tus miedos, dejá los prejuicios. La sangre es algo que te invade, que te inunda, que te mueve. Abrazala con todas tus fuerzas, sentí como hierve entre tus brazos, como se quiere librar a toda costa.

Cuando la sangre se calma, llegaste a ese punto que estabas buscando, ese en que nada importa. Todavía no abras los ojos. Soltala de a poco, abrí los brazos y sentí cómo, en silencio, cada parte de vos se funde con el suelo.

Ahora tu existencia se reduce a un charco de una cierta sustancia viscosa y roja que inunda el piso de tu casa, finalmente te ves desde otro punto de vista. No, no, mantenelos cerrados, solo un poco más.

Ahora pensá que sos tu propio universo, un pequeño ecosistema de criaturas frágiles y hostiles que luchan todo el tiempo para que nada se rompa, para que nada se desarme. Pensá que sos un conjunto de estrellas que están constantemente a la deriva, un espacio en plena expansión y distendete a su ritmo. Quizás no necesitás algo más que sentirte en sintonía con vos mismo, darte cuenta de que, a veces, el daño más grande viene de adentro, de no dejarte ser, de no dejarte de abrazar hasta estrangularte, de no dejarte expandirte a vos mismo, desparramarte por el suelo hasta encontrar ese desorden y hacerlo tuyo.

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