Fantasmas en la niebla

Empezamos nuestra ascensión con buen tiempo, pero a media mañana se nubló el día, y poco antes de la puesta de sol la nube descendió y se convirtió en una espesa niebla.

Nos encontrábamos sumergidos en una atmósfera lechosa, justo en una pendiente convexa y ancha acotada por dos precipicios. En medio quedaban varias decenas de metros de terreno moderadamente llano, y la prudencia nos inclinó a acampar en una calva terrosa, un poco al margen del sendero principal. Aún quedaban varios kilómetros hasta la cima, pero no queríamos arriesgarnos a una caída a ciegas.

Anocheció pronto. La niebla pegada a nuestras narices era muy poco hospitalaria, así que entramos en la tienda y, tras cenar unas barritas de cereales, nos acostamos. La noche era serena, no soplaba ni una brizna de aire —por eso la niebla estaba ahí, estática, inmóvil, al parecer dispuesta a pasar la noche con nosotros—. El silencio era muy agradable.

Apenas media hora después empezamos a escuchar unos chasquidos. Eran pasos, quizá. Alguien caminaba en plena noche, en la niebla, con una cadencia irregular, dudando a cada pisada. Los chasquidos eran matorrales aplastados torpemente. Nos inquietamos, pero al mismo tiempo nos conjuramos para mantenernos en silencio. Abrimos ligeramente la cremallera de la tienda, que estaba orientada al sendero, para tratar, infructuosamente, de ver alguna cosa.

En dirección al camino se empezaron a adivinar unas luces lechosas y difusas. Iban y venían, en una inquietante coreografía sincronizada con los pasos titubeantes. Fuera quien fuera, venía hacia nosotros. Nos asustamos un poco, pero callamos. Posiblemente doblaría antes de tropezar con nuestra tienda, si es que, de alguna manera, andaba siguiendo el sendero.
 
Cuando estuvo cerca, pudimos distinguir una silueta humana. Su linterna frontal iluminaba cada vez un lienzo mayor de niebla. Sin duda, debía ser un excursionista, pero ¿qué hacía caminando en esas condiciones? Según se acercaba podíamos discernir un extraño resplandor azul que iluminaba a intervalos el rostro de aquel hombre inquietante. Aguzando la vista, vimos que sujetaba con sus manos un pequeño dispositivo frente a su cara. Ésa era la fuente del resplandor. Que estuviera consultando su móvil en unas condiciones de visibilidad tan precarias resultaba todavía más difícil de entender. Debía de estar completamente loco.

De pronto, el individuo se detuvo. Nos dio un vuelco el corazón; no sabíamos quién era ni qué hacía allí en mitad de una sierra solitaria. Pensamos que nos habría descubierto, y una catarata de pensamientos irracionales hizo hervir nuestras sienes. Moriríamos asesinados. Nadie nos encontraría. Durante una eternidad, contuvimos la respiración.

Tras una pausa interminable, la figura giró mecánicamente noventa grados, dejándonos, para nuestro alivio, a su espalda. Dio cinco pasos lentamente, como si estuviera buscando la ubicación de un tesoro, y volvió a girar noventa grados, esta vez en sentido contrario. El haz de su frontal se movió varias veces a derecha e izquierda, y por último se concentró en el suelo, delante de sus pies. Entonces echó a andar de nuevo, y pronto su silueta se difuminó y quedó solo el sonido de sus pasos irregulares, antes de que el silencio volviera a adueñarse de la noche.


A la mañana siguiente el sol brillaba y la niebla se había convertido en un mar de nubes en las cotas más bajas. Desde nuestra tienda en adelante la montaña estaba radiante y el cielo era azul. Era un día estupendo. Descubrimos con inquietud que habíamos acampado prácticamente al borde del precipicio: había sido una buena idea detenerse y, pensando en esto, volvimos a acordarnos del fantasma que nos había visitado por la noche.

Al cabo de un rato alguien encontró una probable explicación para el extraño comportamiento del excursionista. La niebla le había debido sorprender en la cima; posiblemente había disfrutado de la vista del mar de nubes mientras se ponía el sol, igual que nosotros lo veíamos ahora más abajo, en el valle. Cuando inició el descenso, se dio cuenta de que tenía que sumergirse en la nube y comprendió que la visibilidad iba a ser nula. En ese momento tuvo que decidir si detenerse a hacer noche, como habíamos hecho nosotros, o seguir adelante encomendándose a la tecnología. Evidentemente, había elegido la segunda opción.

Por eso nuestro fantasma llevaba su GPS iluminado sujeto con ambas manos, cerca de la cara, con la actitud devota y concentrada del que consulta un oráculo o se encomienda a un sagrado escapulario. Su destino dependía de interpretar correctamente las indicaciones; de ahí sus caprichosos giros y sus pasos inestables.

Nos reímos entonces, aliviados de aquel terror irracional que habíamos sentido por un momento cuando el extraño se detuvo junto a nosotros. Desmontamos la tienda y seguimos hacia la cima, haciendo bromas. Ninguno quiso mirar atrás, ya que el collado entre precipicios por el que habíamos pasado la tarde anterior era quizás, si lo pensábamos un poco, demasiado estrecho.

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