‘Imperiofobia y leyenda negra’, de María Elvira Roca Barea

Gran libro de síntesis histórica de los que ayudan mucho a repensar las cosas que, supuestamente, sabemos. Sin duda, su gran éxito se debe, también, a lo que tiene de «chute de autoestima» para muchos. Pero, sea como sea, en él se da mucha información de un modo ameno, accesible, polémico y convincente.

En la primera parte, titulada «Imperios y leyendas negras: la inseparable pareja», se comentan similitudes y paralelismos entre los imperios de Roma, España, Estados Unidos y Rusia, y entre sus respectivas leyendas negras. La autora explica y ejemplifica que «no suele haber causas objetivas en el nacimiento de las leyendas negras imperiales. Estas buscan sus motivos o los generan, y es imposible que no encuentren algo a lo que agarrarse»; que «todas las leyendas negras nacen en el subsuelo de la frustración» y «brotan entre los pueblos que han de vivir en la órbita de otro pueblo más poderoso […] hacia el que proyectan complejos y resentimientos». 
 
En la segunda, «La hispanofobia en la época imperial: orígenes y fisonomía», habla de sus comienzos en Italia, de su continuación en los Países Bajos, Inglaterra, y Alemania. Explica la importancia de la propaganda organizada contra el Imperio español en los Países Bajos, del nacimiento del mito de la Inquisición, y de los rasgos propios del estilo español de imperio en América. Dice la autora que «la soberbia intelectual del Humanismo fue un fenómeno sin precedentes en la Europa cristiana y no tendrá parangón hasta la Ilustración»; y habla de que resulta ridícula la idea que impusieron los humanistas de que «el Renacimiento se produjo a pesar de que España estaba al mando en la Europa Occidental, y no porque España mandaba. Esta aberrante idea ha vivido y vive con holgura en la historiografía y el ensayo, como si una revolución en las costumbres, en la cultura, en la manera de ver del mundo de tal envergadura como el Renacimiento, pudiera producirse no ya contra el grupo dirigente, sino al margen de este». Pero si los italianos buscaban rebajar la eminencia, oscurecer el brillo del imperio para poner de manifiesto su superioridad (o al menos su no inferioridad), los protestantes colocaron a los españoles al nivel del Demonio y del Anticristo: la identidad colectiva de los pueblos protestantes se levantó sobre la denigración de los católicos y, entre ellos, España ocupaba el lugar de honor. 
 
La tercera parte, sobre «La leyenda negra desde la Ilustración a nuestros días», explica el nacimiento de la hispanofobia particular que difunden los ilustrados franceses: los españoles son ignorantes, atrasados, decadentes, intolerantes… Pero es que las tres grandes imperiofobias del Occidente moderno —la rusofobia, la hispanofobia y el antiamericanismo— se unen en la Francia del siglo XVIII. Conforme las ilusiones imperiales francesas se van desvaneciendo, los intelectuales franceses buscan la forma de reducir cualquier forma de eminencia histórica: «todos los imperios, viejos o en ciernes, que conviven con Francia son una desgracia. Son bárbaros, atrasados o degenerados. Rusia, España y Estados Unidos ofrecen un lamentable espectáculo». Explica también cómo la palabra Latinoamérica se impone frente a Hispanoamérica e Iberoamérica en la Francia del XIX pues cualquiera de las dos últimas «dejaba fuera la importantísima labor de Francia en aquellos lares: Haití, Guadalupe, La Martinica, La Guyana… Tráfico de esclavos a gran escala y penales básicamente. […] Lo latino es una unidad superior de pueblos a cuya cabeza está Francia». 
 
La autora concluye haciendo notar lo curioso de que tantos intelectuales del XIX y del XX miren hacia el pasado para echar la culpa del hundimiento del imperio precisamente a quienes lo levantaron y no se miren a sí mismos como los responsables de haberlo llevado a la decadencia: «es un argumento disparatado». «Lo que hay que preguntarse no es por qué el Imperio español se vino abajo en la primera mitad del siglo XIX, sino cómo consiguió mantenerse en pie tres siglos, porque ningún fenómeno de expansión nacido desde la Europa Occidental (y nunca dentro de ella) ha conseguido producir un periodo más largo de expansión con estabilidad y prosperidad». Es necesario levantar todo el trampantojo de la leyenda negra y de tantas verdades a medias y estudiar en serio el Imperio español porque hay en él muchísimo que aprender.

Varias ideas-guía que se repiten, y que se contrastan con los hechos, una y otra vez, son las siguientes.
 
Una, la de que «es importante, cuando se trata de opiniones y prejuicios, deslindar con el mayor cuidado causas y consecuencias. El prejuicio precede a las causas, las busca y las fabrica. No al revés. De otro modo dejaría de ser un prejuicio. No quiere decirse que invente sus justificaciones. Procede desenfocando los contextos, y mezclando verdad y mentira». 
 
Otra, la necesidad de usar el lenguaje con precisión y saber de qué estamos hablando. Por ejemplo, la autora explica que la historiografía académica no distingue mucho entre colonialismo e imperio cuando son movimientos de expansión totalmente distintos. Aclara que no se puede hablar de América como una colonia española puesto que nunca lo fue: sus habitantes indígenas fueron tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares; el estilo imperial español fue completamente distinto al de los países europeos durante su etapa colonial, como se prueba en la construcción de hospitales en Hispanoamérica o en que hubo veinte centros de educación superior en América de los que, hasta la independencia, salieron 150.000 licenciados. «Ni portugueses ni holandeses abrieron una sola universidad en sus imperios. Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial». 
 
Una tercera, que «la imperiofobia es una forma de racismo» pues «el racismo tiene siempre una connotación de inferioridad moral e intelectual. Los griegos ya encontraban a los romanos poco dotados intelectualmente, y la misma opinión tuvieron los italianos de los españoles, y los polacos y checos de los rusos. Ahora mismo, una parte grande de la humanidad, sobre todo europea, está convencida de que los estadounidenses, además de medio tontos, son unos ignorantes». Además, que la imperiofobia nace de un complejo de inferioridad y es administrada por una élite intelectual que «es la que le da forma y prestigio». Lo curioso es que la imperiofobia es un «prejuicio de buen tono» y da una especie de «inmunidad intelectual» a quien lo posee y lo manifiesta. 
 
Una cuarta, que durante siglos, e incluso actualmente, ha imperado la «ley del silencio». En el relato de los hechos históricos es patente: por ejemplo, «la versión canónica de la rebelión del pueblo holandés contra la tiranía española es una narración nacionalista inspirada en la propaganda más que en los hechos»; las guerras protestantes fueron verdaderas guerras civiles que no se presentan así «según esa ley del silencio que tapa aquello que no conviene a la versión triunfadora». Esa ley del silencio se nota, en especial, en el intento de «hacer invisible cualquier logro cultural, científico y social que se produce en el mundo católico al mismo tiempo que se resaltan y se destacan continuamente los que se producen en el mundo protestante, de tal manera que los primeros parecen un hecho excepcional y los segundos una constante. Esta operación de borrado y subrayado va acompañada de su contraria: todo problema o dificultad sucedida en el mundo católico es repetida y destacada hasta la saciedad, de tal forma que parece que las sociedades católicas siempre funcionan mal. Al mismo tiempo los problemas o hechos poco edificantes que tienen lugar en el mundo protestante son presentados como excepción en una trayectoria perfecta, y rápidamente olvidados». Lo asombroso es que «el católico ha asumido ese paisaje social y habita mentalmente en la cosmovisión que el protestante ha dibujado». El ninguneo sistemático de los mejores logros intelectuales españoles ha sido ignorado también en España: el mismo Ortega y Gasset «asumió la historiografía europea triunfante desde el siglo XIX sin poner en duda sus presupuestos».



María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978–84–16854–23–3.