‘Imperios del mundo atlántico’, de John H. Elliott

Sigo con comentarios de libros de los que ayudan mucho (o de los que a mí me han ayudado mucho) a repensar cosas que, supuestamente, sabemos. En su momento leí, y me pareció un gran libro, Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492–1830, de John H. Elliott. Más adelante, la lectura de Imperiofobia y leyenda negra, me sirvió para entender mejor algunas cosas.

El libro de Elliott es una larga y documentada narración en la que se comparan los imperios coloniales español e inglés en América hasta 1830. Está dividido en tres partes tituladas «La ocupación», «La consolidación» y «La emancipación», que a su vez tienen cuatro capítulos cada una. En la primera parte hay un desfase temporal en la comparación pues el autor contrasta lo que ocurrió después de las llegadas de Cortés a México en 1519 y de Christopher Newport en 1606 a lo que sería Jamestown, la que sería la Veracruz inglesa, una especie de base de reconocimiento y aprovisionamiento. Ya en las otras dos partes el contraste se da entre situaciones que se dieron a la vez en el tiempo.

El autor va señalando similitudes y diferencias entre los dos procesos, tan deudores ambos de muchos factores: motivos y métodos de unos y otros, relaciones entre los recién llegados y las distintas poblaciones, las ambiciones humanas y espirituales en juego, las instituciones económicas que se pusieron en marcha, el peso y las decisiones de los sucesivos gobiernos en España y en Inglaterra, los diferentes orígenes y rasgos de las comunidades locales que se crearon, las razones por las que fueron estallando los conflictos, etc. Es un gran intento de comprender las cosas mejor pues el autor se fija en el momento en el que se produjeron los acontecimientos y huye de los prejuicios o estereotipos falsos asentados con el tiempo.

Los párrafos finales del epílogo dicen lo siguiente:

La historia podría haber sido muy distinta. Es posible imaginar un guión alternativo, en modo alguno inverosímil, si Enrique VII hubiera estado dispuesto a financiar el primer viaje de Colón y una fuerza expedicionaria de hombres del suroeste de Inglaterra hubiera conquistado México para Enrique VIII: un enorme aumento en la riqueza de la corona inglesa al llenarse las arcas reales de cantidades crecientes de plata americana, el desarrollo de una estrategia imperial coherente para explotar los recursos del Nuevo Mundo, la creación de una burocracia imperial para gobernar las sociedades colonizadoras y sus poblaciones subyugadas, una menguante influencia del parlamento en la vida nacional y el establecimiento de una monarquía inglesa absolutista financiada con la plata de América.
La historia no siguió tal curso. El conquistador de México resultó ser un fiel vasallo del rey de Castilla, no del rey de Inglaterra, y fue una compañía mercantil inglesa, no una española, la que encargó a un antiguo corsario que fundara la primera colonia de su país en el continente americano. Detrás de los valores culturales y los imperativos económicos y sociales que configuraron los imperios español y británico del mundo atlántico se halla una multitud de elecciones personales y las consecuencias imprevisibles de acontecimientos inesperados.

La autora de Imperiofobia y leyenda negra, cuando comenta algunas afirmaciones desacertadas en libros de respetados historiadores y escritores que asumen acríticamente, por inconsciencia o pereza intelectual, buena parte de los relatos difundidos por la leyenda negra , se refiere al libro de Elliot y lo presenta como un ejemplo de «la opinión común hoy en la historiografía académica». Sin negar ni el relato ni las afirmaciones del libro, sí cuestiona la validez de su enfoque. Dice:

El esquema mental de Elliot es el universalmente aceptado y quizá el que el lector tiene en la cabeza, sea consciente de ello o no:
Imperio inglés en América > Estados Unidos, gran éxito. 
Imperio español en América > Repúblicas sudamericanas, gran fracaso.
Esta interpretación procede de la historiografía del siglo XIX […]. Lo que subyace es la idea de que hubo una continuidad del poder anglosajón en el mundo que comenzó en el siglo XVII y duró ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Implica dos evoluciones paralelas para Inglaterra y España, pasando por alto diferencias insalvables, y equipara los territorios de ultramar de una y otra sin atender a lo básico. Para Elliot los españoles llegaron antes a América por azar, y construyeron allí un imperio medieval (¿cómo no?). En cambio, los ingleses, como llegaron más tarde, estaban en un estadio de evolución más avanzado, y por esto pudieron fundar colonias más prósperas. Pasa por alto Elliot que esta prosperidad se alcanzó en el Norte después de la independencia, no antes, y que en el momento de producirse esta, los territorios hispanos eran mucho más prósperos que los del Norte.

Sigue más adelante María Elvira Roca: «Se pueden comparar las etapas iniciales de los imperios, o sus periodos centrales de plenitud, o su decadencia y acabamiento. Lo que no se puede es comparar un imperio con lo que no lo es. En la historia de América ha habido dos imperios sucesivos, no simultáneos. Y si los hubo coetáneos, serían el portugués y el español, no el inglés. Pero no es difícil suponer la razón de este paralelismo forzado. En este magno drama cósmico que enfrenta al anglosajón, cabeza del mundo protestante, con el español, cabeza del mundo católico, los holandeses y los portugueses son actores secundarios. La derrota del portugués o del holandés no excita la autoestima de nadie; en cambio, la (supuesta) derrota del español es capaz de generar endorfinas generación tras generación». 
 
El trabajo de Elliot, como el de otros, «pasa por alto un hecho evidente que debería ser un punto de partida a la hora de estudiar el éxito económico del Norte y el fracaso del Sur, a saber, que el imperio del Norte se construyó después de la independencia y es el fruto de los emigrantes venidos luego. En cambio, en el Sur, el imperio se alzó “antes” de aquella, y la prosperidad fue resultado de la Administración imperial y del mestizaje. El declive económico del Sur se produjo después de la década de 1830, no antes. En el momento de la independencia, América del Sur cuenta con las ciudades más pobladas y con las mejores infrastructuras del continente. México tiene, alrededor de 1800, unos 137.000 habitantes, y Lima, Bogotá y La Habana superan los 100.000. En este momento Boston, que es una de las ciudades más pobladas del Norte, cuenta sólo con 34.000 habitantes».


John H. Elliott. Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492–1830 (Empires of the Atlantic world, Britain and Spain in America 1492–1830, 2006). Madrid: Taurus, 2006; 830 pp.; trad. de Marta Balcells revisada por el autor; ISBN: 978–8430606177.

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978–84–16854–23–3.