La estética del pensamiento

Ideas dentro de ideas. Todo se ramifica. El pensamiento corre. La analítica no sabe a qué atender; atiende a todo superficialmente, y genera en esa superficialidad más y más profundidad. No hay muros ni personas invitando a cesar. El hambre es siempre frontal, o transversal, o incluso trasera a razón de bifurcarse en otro tramo. Solo queda moverse, fluir, recorrer un brote, un tallo, una rama…

Todo es tan veloz que nadie es capaz de eternizar y retratar en papel todos esos tornados que van y vienen. Aún con tiempo, sería como darle forma al humo; se escapa. Anotemos, como arma de recolecta. Anotemos, para mermar la pérdida, para auxiliar y secundar la memoria. ¿Qué es lo que queda? Puede que lo más nítido, o conmovedor, tal vez lo más brillante o lo más intelectual. Al final se encuentran razones para dejar muy poco atrás. Tampoco se puede ser esclavo de una libreta cual bolsa de goteo. Así que no hay forma de archivar, ni tan siquiera filtrando. Al final la mayoría de ideas se quedan en un pensamiento huérfano y efímero. No obstante, en ocasiones, toman la cortesía de restituirse. A veces de unos y otras de otros caminos.

Nace en el ocaso, en la tenue luz antes de la profunda noche, libre de la molestia de la vida, brillante como ninguna. A la espera de ser transformada en palabra, se pierde sin despedirse, sin aviso, sin haber llegado al alba. Es reincidente. Pero aún así, siempre existe la presunción de su vuelta debido a su esplendor. Ya se fue, como la noche, pero no volverá con ella.

Con la rabia entre los labios uno se pregunta cuántas revoluciones fueron, y son, víctimas pasivas del olvido, cuánta genialidad soterrada en áticos bajo polvo compactado, cuántas verdades encarceladas en el tiempo, cuántos conocimientos desplazados por otros más urgentes… Siempre rezuma esa esperanza bajo la piel, del recuerdo, de soplar el polvo, de derretir barrotes y mecer el apremio.

En algún momento reflexionamos si es que no hemos hallado un terreno inexplorado. Los grandes filósofos tuvieron la ventaja de poder escribir en un mundo donde la base del pensamiento reposaba en templos y donde anotar los desvaríos era ponerse en peligro gratuitamente. Así que nadie vociferaba lo que pensaba, mucho menos escribirlo. Pero los pensamientos siempre son puros, siempre vírgenes. Y así los tomamos. Es como un libro, que puede ser leído una y otra vez; las letras y su naturalidad persisten a las lecturas de cuantas miradas en ellas se arrastren.

¿Dónde quedó el mundo? Ojos abiertos que no ven nada. No hay ruidos para estos oídos. Las cosas quedan sin textura, sin olor… El escenario perfecto. Abona los lazos. Cuando la maquinaria se engrasa sola, abstrayéndose del mundo, la fluidez y la verbosidad del pensar emergen con soberbia en un baile colosal que cualquier melómano gustaría escuchar. Un telefonazo. Gritos en la calle, claxon. Viento y contraventanas. Impertinente realidad. Ella tiene carta blanca para acabar con todo. Y la vida, siempre molestando o haciendo que todo tome más tiempo. ¿No podría todo ser sino un continuo baile?

¿Cómo negarse a este mal? Solo siendo bestias de angosto pensar, que adoran, sin acto de conciencia, lo sencillo.

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