Cornell en los 00. Fuente.

La generación X ha comenzado a morir

Algunas palabras sobre el cambio generacional por venir

Haciendo a un lado la desaparición anticipada de figuras populares del grunge que fueron portavoces de su «inconformismo» adolescente (Kurt Cobain, Layne Stanley), la desaparición de Chris Cornell marca el inicio del final para la denominada generación X.


Es la estela de individuos que surgió en la década de los noventa como una explosión de color, música y derroche económico no visto por sus predecesores, los denominados baby boomers, que afronta hoy el tránsito de la adultez a la senectud en territorios inimaginables hace tan solo veinte años.

Caracterizada por Douglas Coupland en su artículo para Wired, fue la primera que vivió el tránsito de una sociedad analógica a digital, globalizada en lo económico; así como la última, junto con sus padres y abuelos, que vivió la Guerra Fría.

La desaparición de Chris Cornell marca el inicio del final para la denominada generación X.

Como un parangón de esta generación, destacamos el temor a la confrontación atómica entre las dos superpotencias (EUA y URSS) pese a que el libro que pudo haber condensado sus miedos, 1984, de George Orwell, solo hasta hace pocos pasó del campo de la Ciencia Ficción (y de la especulación, con lo que perdió su etiqueta de «culto») al del Realismo (o la aceptación mainstream).

Ha conocido y vivido el mundo en escalas de grises en aspectos políticos, económicos y sexuales; contempló, o tiene memoria, de la llegada del hombre a la Luna así como fue testigo de las expediciones teledirigidas por el sistema solar en los últimos treinta años.

Fue la primera que vivió el tránsito de una sociedad analógica a digital, globalizada en lo económico; así como la última, junto con sus padres y abuelos, que vivió la Guerra Fría.

Asistió al desmantelamiento de la URSS y a la caída del Muro de Berlín, sin comprender con claridad qué era lo que estaba sucediendo; la invasión de Kuwait, así como la Guerra del Golfo, le permitió acceder al simulacro de un conflicto que, con posterioridad, desarrollaría en videojuegos de inmersión. Interiorizó Internet con facilidad mas las revoluciones comunicativas del medio le impactaron poco. Habita en déjà vu, lo que restringe el impacto de la sorpresa. Además de lo anterior, vive en constantes regresiones, disfrazadas de nostalgia, bajo el influjo del marketing de la industria del entretenimiento.

Los adultos de la generación X oscilan entre cierto progresismo artificial y posiciones de derecha en cuanto a sus convicciones políticas. Omiten su participación en las jornadas democráticas, a menos que sea estrictamente urgente y necesario. Es por su descreimiento que pueden sostener contradicciones sin una mínima muestra de sonrojo.

Cuentan con un elevado sentido del ridículo debido al FOMO, un trastorno heredado de periodos pretecnológicos que ha adquirido enorme relevancia en el entorno mediático presente.

Conocen y utilizan con frecuencia antidepresivos (causa importante de sus muertes en los próximos años, con lo que marcarán diferencias con los boomers, quienes murieron de infarto, cáncer o de la cada vez más esquiva muerte natural). Olvidaron el sida y gozarán de un nivel económico fluctuante por la pérdida constante de sus ingresos debido a la economía especulativa y neoliberal propia de la globalización que los vio crecer. Nunca alcanzarán la jubilación, o si la logran, tal vez no la disfruten por su elevado sentido de la productividad.

Los adultos de la generación X oscilan entre cierto progresismo artificial y posiciones de derecha en cuanto a sus convicciones políticas.

La generación X no es líquida a pesar de ella misma. Es leve. Sufre de una oscilante autoestima generacional que la obliga a establecer comparaciones entre sus predecesores y sucesores. A ella se debe la gentrificación del espacio público, la adopción de una noción vintage para sus nostalgias y la hipsterización de su vida cotidiana al querer plantar cara al FOMO.

En los siguientes años contemporizará con los mileniales, o generación Y, pero no dejará de percibirlos como sus hermanos menores. Por demografía, además de una naciente (y titubeante) educación sexual, muchos de éstos son sus hijos y están a la espera de nietos.

Si ha superado, o soterrado, su temor al invierno nuclear, poco o nada les afecta los avances de una sociedad de la que cada día —paradoja— se encuentran más desconectados en cuanto a sus cambios estructurales, añorando el tiempo de su juventud pero haciendo evidente su conexión con el zeitgeist adoptando la última moda tecnológica.

Vive en constantes regresiones, disfrazadas de nostalgia, bajo el influjo del ‘marketing’ de la industria del entretenimiento

A pesar de ser la que «ha vuelto de todo» esta generación es consciente de sus fallos. Ha hecho del fracaso su virtud y, a diferencia de los boomers, ha acuñado la palabra «autosabotaje» en la jerga de sus acciones.

La generación X no es líquida a pesar de ella misma.

Los y las X han implantado las secuelas y las precuelas en sus relaciones amorosas. Como si fuera una perversión de los universos cinematográficos, si no han alcanzado la estabilidad de sus padres, sus historias constan de muchas piezas que arman y desarman en su rompecabezas afectivo.

Al habitar en un bucle, cuentan desde temprano con un sentido del desengaño que los impulsa a reescribir su pasado y su presente. Retroceso y avance, rara vez en pausa.


Al desaparecer Cornell, muchos manifestaron un siniestro apoyo al último tótem del grunge, Eddie Vedder. Las redes sociales se llenaron de frases como «Sol negro», «La última pose de Jesucristo», etc., mientras rezaban por la salud del ícono y repasaban su discografía, no la de Soundgarden, Audioslave o sus incursiones en solitario.

Cornell, vocalista y émulo de Robert Plant, desaparece bajo el signo de los tiempos, achacados en esta entrada a las causas que barrerán, uno a uno, a todos los que nacimos entre 1960 y 1976.

Incomprendido en su momento, rozó el cielo de la popularidad con un video que daba un carpetazo a unos temas descafeinados que, bajo la etiqueta del género, se escuchaban en las radios generalistas del planeta; luego conformó, o los ejecutivos le hicieron conformar, un grupo que era un auténtico tour de force creativo y personal.

Y al final, salió cuatro veces más al escenario en medio de la indiferencia de la misma generación que hoy escribe profusos obituarios de figuras que olvidan por conveniencia. Tal y como pasó con Bowie o Prince. El oportunismo proverbial de la generación X es el núcleo de la cultura pop, siempre alerta a reciclar lo que ha dejado a un lado.

Sin embargo, el impacto es contundente. En la lista de voces que conservamos como memoria generacional, Cornell está a la altura de AXL Rose y Mike Patton. Es decir, la de aquellos que iluminaron las nacientes angustias que hoy contenemos con medicación y superhéroes.

Las mismas que hemos descrito a trazos generales en esta entrada. Las mismas que afrontaremos, tarde o temprano.


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