
Afuera ha llovido. Toda la tarde. Ahora está frío. Seco. Sin niebla.
Adentro no hay cortinas. Es un ventanal mediano, con vista a los edificios que tapan la falda de los cerros. Luces titilan. Son las antenas repetidoras. A veces el dron vuela entre los espacios vacíos que dejan los edificios. Nunca ha chocado con las torres… Por lo menos, hasta ahora.
La noche se muestra sin nubes. Importa que así sea: las luces de las torres repiten un ritmo sobre el que pueden superponerse conversaciones. La mirada recorre de occidente a oriente. En ese lapso suceden muchas cosas. La gran mayoría de ocasiones, las luces de acá están apagadas para apreciar mejor las de afuera, las que titilan.
Una vez, el dron se detuvo a unos metros del ventanal. Fue en septiembre. Recorría los tejados de las casas que habitan gatos abandonados. Se acercó con ese manejo que la robótica tiene de las distancias: tan palpable como puede ser, siempre y cuando no lo toques.
Sus luces titilaban. Inquirían en respaldo de la cámara que escudriñaba la oscuridad al anverso del ventanal. Boards of Canada vieron drones.
Nuestras charlas sexuales iniciaban a las once. El cencerro del Messenger era la señal. Wall-e y Eve. Todo era inestable. Podían ser largas jornadas acaballadas entre la noche y la madrugada, o tan solo dos líneas de texto. Para desaparecer hasta la próxima conexión.
El dron giró. Al recrear la anécdota, los que escuchan no se maravillan. Levantan los hombros para lanzar el tema a sus espaldas. Otras cosas llaman la atención: facturas y fracasos.
De oriente a occidente las palabras son de amor. Cada luz se hermana con el coito de las parejas en sus cuartos, los abrazos que protegen, los besos, enlazados para preservar el calor. El viento acecha. Baja la temperatura, pero las luces mantienen su pulsar.
Cuando se alejó, volvió la oscuridad. Detrás del cristal solo había fantasmas. Ambos, ineludibles. El dron y el holograma.

