La mujer que me habla al otro lado del espejo

Chist, chist, eh, tú. Sí, tú. Mírame. Mírate. Soy la imagen que te devuelve el espejo. Lo sé, esto es un poco raro, pero necesitaba llamar tu atención y que hicieras un esfuerzo para que te dieses cuenta de que existo.

Por favor, aprovecha ahora que tienes un momento y desnúdate. Pero desnúdate de verdad y no te quites solamente la ropa. Sé que te va a costar mucho trabajo, porque no es algo que suelas hacer, ni siquiera a veces. Más bien nunca o casi nunca.

Lo siento, tengo que ser sincera contigo y esa es la verdad. No te sueles mirar en el espejo, más bien te ves. Y hay una gran diferencia. Cuando te ves sólo percibes algo con los ojos. En cambio, cuando te miras fijas la vista en un acto deliberado y consciente. Así que tengo que decirte que casi siempre te ves, y las pocas veces que te miras lo haces mal, porque miras todo lo «negativo» que hay en ti, todos — lo que tú consideras — defectos. Lo que crees que te falta y lo que te gustaría tener.

No te preocupes, quizás pienses que estoy — o que más bien estás — loca, o que es complicado, pero yo te ayudaré a eliminar cada capa de esa coraza que te has puesto hasta que llegues a donde quiero llevarte. Y al final lo entenderás todo.

Empieza por una zona de tu cuerpo y una vez la mires — acuérdate, mirarla, no verla — , vete haciendo un barrido por el resto. Tranquila, no tengas prisa. Tómate tu tiempo. Al principio no tendrás paciencia y te parecerá una tontería, pero creo que este ejercicio te va a venir genial.

Empezaremos por la cabeza, ¿te parece bien? Vale, mira tu cabello. Sé que estás pensando que está seco y que no tiene la apariencia de los pelos pantene que se ven en los anuncios, tan sedosos y brillantes. Tan perfectamente lisos. Tan perfectamente rizados. Y que, a pesar de que te compres toda la gama de Pro-Vs, con vitaminas, minerales, sudor de unicornio y lágrimas de cíclope, sigue estando igual. Sabes que son modelos, ¿verdad? Que es su trabajo y que para que el pelo les luzca así tienen a uno o más peluqueros exclusivos que les aplican mil y un productos durante horas y que hacen que tenga ese aspecto. Fotos e imágenes que editan para hacerlo más perfecto, y así cumplir con su objetivo, vender más productos. Cuando llegan a sus casas y se lo lavan ellas mismas, está igual de seco o más que el tuyo, con tanto producto químico, secador y plancha.

Deja de darle tanta importancia a que tengas las puntas abiertas y a que te estén saliendo algunas — bueno, vale — , muchas canas. Las primeras se cortan y volverán a lucir sanas. Y las segundas, puedes aceptar que están ahí, darte unas mechas o teñirte. Fácil, ¿eh?

Ahora sigue por tu cara. Mira la forma, las líneas perfectas. Cada una de las arrugas en las que te estás centrando — que yo lo sé todo — es una emoción que has vivido: alegría, tristeza, enfado, frustración o felicidad. ¿No es maravilloso que puedan decir tantas cosas sobre ti? ¿Sobre cada una de las experiencias, situaciones y emociones que has vivido en tu vida?

Y, ¿qué me dices de tus ojos? Da igual que no tengan un color que tú consideres exótico, no es más que un color. Pero te permiten observar el mundo que te rodea, ver las sonrisas de los demás o los diferentes colores que se reflejan en el cielo cuando hay calima, y que tanto te gustan. Tus maravillosas pestañas, que aunque hagas crecer con rímel, porque no consideras que sean lo suficientemente largas, cumplen su perfecta función. Proteger a tus ojos para evitar que le entren cuerpos extraños.

¿Y tu nariz? Esa que te permite que entre el oxígeno que te mantiene con vida, filtrado por los pequeños pelitos que a veces te parecen feos. Con la que puedes oler la deliciosa comida que te hace tu marido, o el olor a mar que como isleña llevas pegado a tu piel.

Esas orejas perfectas que te permiten escuchar las maravillosas carcajadas de tu madre, y la música tan esencial en tu vida. Esa boca que te permite alimentarte para sobrevivir, por la que salen los sonidos que se transforman en palabras, con la que besas a las personas a las que quieres.

¿No te parece que eres perfecta? ¡No! Bueno, voy a seguir intentando convencerte, y sé que lo conseguiré.

Mira ahora ese cuello, largo como el de un cisne, que conecta tu cabeza con tu cuerpo y que contiene varios «tubos» necesarios para tu supervivencia. Ese cuello, que te permite ampliar la visión del maravilloso mundo que te rodea.

Tu cuerpo, con unos kilos más de los que te gustarían y de los que son saludables pero, ¿eres consciente de todo lo que has adelgazado estos últimos doce meses? ¿De cómo te has podido poner ropa que hacía miles de años que tenías guardada en el fondo del armario esperando por este momento? Y lo mejor de todo, cariño mío — hazme una concesión y déjame llamarte así — es que no lo has hecho por los motivos equivocados. No lo has hecho para adelgazar, quitarte esos kilos de más y tener un cuerpo «perfecto». No. Lo has hecho porque querías modificar tus hábitos de vida para ser una persona más saludable. Para traer más salud a tu vida y reducir las posibilidades de enfermar.

No tengas prisa en conseguirlo. Es un proceso que lleva su tiempo. Durante muchos años tu cuerpo fue sometido a un nivel de estrés alto, tienes que dejar que se recupere poco a poco, realizando pequeños pero duraderos cambios en el tiempo. Seguros y firmes. Esto es una de las mejores cosas que has podido hacer por ti misma. Así que date un beso, anda.

Tu piel, suave, blanquita y pecosa, que aísla a tu cuerpo del entorno que le rodea y lo protege de agresiones externas, que regula la temperatura corporal para que esté siempre perfecta, y cuya elasticidad permite el crecimiento y el movimiento. Que te permite tocar y ser tocada, recibir y dar caricias. Sentir todo lo que te rodea.

Tus pechos. Con la medida justa, la tuya, ni más ni menos. Con estrías y con el efecto de la gravedad, pero perfectamente preparados para cumplir su función, la de alimentar a un ser que salga de tus entrañas. La de proporcionarle anticuerpos que le protejan de los bichos externos.

Y, ¿qué pasa con tus caderas? Vale, sí, tienen estrías, de todo lo que engordaste en su momento y que ahora has ido adelgazando. Pero te propongo un trato, ¿por qué no piensas en ellas como marcas saludables? Como si fuese un recordatorio del esfuerzo que has estado realizando, de cómo te has convertido en una persona más sana.

Al igual que tus muslos, maravillosos, que te permiten moverte y caminar o hacer una de las cosas que más te gustan en este mundo, bailar. Aunque aún tengan celulitis y un poco más de grasa de la recomendada, intenta centrarte en lo que has perdido y no lo que te falta. Celebra esos pequeños logros importantes.

Tus manos y tus pies, íntimamente relacionados con el entorno que te rodea, que te permiten tocar a las personas que quieres o la arena de la playa.

Pero, todo esto no es lo más importante. ¿No me crees? Lo más importante es lo que está debajo de esos casi dos metros cuadrados de piel. La persona en la que te has convertido. Un ser humano perfectamente imperfecto.

Eres soñadora, con gran sentido del idealismo y la moralidad, empática, compasiva, resiliente, introvertida, cariñosa, tímida, sociable, con carácter, atenta, disciplinada, altruista, pasional, determinada, perspicaz, creativa, valiente, organizada, agradecida y que siempre necesita tener una causa.

Eres sensible y con baja tolerancia a la frustración. Perfeccionista y excesivamente exigente consigo misma. Tienes que trabajar esto último, no debes ser tan dura. Por eso he querido realizar este ejercicio contigo, porque supe que podía ayudarte.

¿No te parece que eres maravillosa? Ahora que has llegado hasta aquí, quiero pedirte un favor. Desnúdate y mírate más a menudo. Haz este ejercicio de vez en cuando y verás que llegará un momento en el que lo habrás interiorizado. Acéptate y quiérete tal y como eres. Busca los cambios que quieras hacer, no por los demás, ni porque sea lo que se supone que tienes que hacer, sino por querer sentirte mejor contigo misma. Por crecer. Por ser cada día una persona más saludable, con su cuerpo, con su mente y con su entorno.


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