La mujer sin rostro

El dolor y la obsesión de la presión estética

Lily Collins en un fotograma de ‘To the Bones’.

Hace unos días veía la película To the Bone (Marti Noxon, 2017) de la cadena Netflix y me preocupó el hecho que aún los trastornos alimenticios sean tan poco comprendidos y, sobre todo, mal interpretados por la cultura popular. Para el film, el lento declive mental y físico de la protagonista —interpretada por una intuitiva Lily Collins— tiene algo de cosmético y, sobre todo, de un insólito camino a la redención, sostenido por hilos argumentales que parecen más interesados mostrar la idea de la enfermedad como una presunción intelectual que un verdadero padecimiento físico. Como si se tratara de una decisión del personaje central, el trastorno alimenticio se presenta desde una cierta perspectiva abierta a interpretación, lo que convierte a la historia en una mirada efectista y vacía sobre lo que un tipo de trastorno como la anorexia y otros padecimientos semejantes pueden significar, más allá de nuestra opinión sobre ellos.

Eso, a pesar que el film tiene sin duda una respetuosa visión del tema. Su sobrio guión analiza el tránsito de la enfermedad con una mirada conclusiva y hace hincapié en la naturaleza impositiva de cualquier padecimiento semejante. No obstante y a pesar de su sentido del contexto y del peso de la enfermedad como noción física, el guión no termina de resolver la idea sobre lo que implica la anorexia como enfermedad real. La percepción sobre los estragos biológicos que causa —y sobre todo psicológicos— se desdibuja en una reflexión más o menos básica sobre la presión externa y el contexto que rodea a la protagonista, lo cual es válido pero no suficiente para mostrar el peso real de la enfermedad.

No obstante, la película acierta de lleno en el lento proceso de curación de la protagonista y lo hace, al mantener un tono severo y sobre todo, sin respuestas sencillas que beneficia la percepción del trastorno alimenticio como algo más que una curiosidad médica. No hay avances milagrosos ni tampoco al tratamientos al uso sino una reflexión sobre los dolores mentales e intelectuales de Collins, convertida en símbolo de la silenciosa agonía de millones de mujeres alrededor del mundo. La vulnerabilidad, incertidumbre, angustia existencial pero sobre todo, el aislamiento y dolor del paciente, se trasluce en un ritmo contenido y duro que refleja la batalla silenciosa que lleva a cuestas. Además de eso, el guión evita el juicio moral o de cualquier otra naturaleza, sobre las decisiones de la protagonista y quienes le rodean. Para Noxon, la percepción de la anorexia tiene una definitiva relación con los impulsos y pulsiones de cualquier adicción. Analiza el trastorno además desde el punto de la vista que todo padecimiento relacionado con el peso y la figura —desde la connotación estética— tiene una relación directa con todo tipo de problemas psiquiátricos de percepción. Aun así, no profundiza lo suficiente: mantiene una distancia emocionalmente en la forma como comprende al paciente y evita emitir cualquier noción moral al respecto.

Sin embargo, To the Bone no avanza más allá: su reflexión sobre las implicaciones de la anorexia y trastornos semejantes, no termina de alcanzar un punto álgido que permita comprender los mecanismos y dolores que lo provocan como todo argumentativo. Por supuesto, el film no tiene una intención moralizante ni tampoco de reflexión psiquiátrica, pero su inevitable superficialidad, termina por convertir el mensaje general en una idea fragmentada sobre una mezcla de dolor emocional y descontrol psicológico. No obstante, un trastorno de pánico es mucho más que eso y sobre todo, una percepción mucho más peligrosa de la identidad, la salud mental y física de quien lo parece.

Viaje hacia el silencio: todos los rostros del dolor

Cuando tenía veintiún años, sufrí un trastorno alimenticio muy grave asociado a la ansiedad. Me encontraba muy deprimida por la muerte de mi abuela —con quien me había educado y era, por mucho, la persona más importante de mi vida— y dejé de comer. Así de simple. No hubo una determinación progresiva de perder peso ni tampoco todos los ritos y pequeños manías que se atribuyen a lo que padecen un problema de esa naturaleza. Solo comencé a comer cada vez menos, hasta que en los momentos más graves, llegué a pasar días enteros sin probar alimentos. No fue exactamente una decisión consciente, mucho menos estética: de alguna manera sentí que lo único que controlaba en mi vida era mi apetito, y esa certeza —borrosa y sin sentido— me hizo obsesionarme a niveles que me resultan impensables ahora mismo, con lo que comía o no.

Perdí aproximadamente treinta y cinco en cinco meses. Para entonces vivía sola, acababa de terminar la universidad y tenía un buen empleo. Nadie pareció notar los drásticos cambios de mi rutina alimenticia. O mejor dicho, si lo notaron pero asumieron que era parte de esa obsesión universal por la buena figura. De hecho, no provocó mayor extrañeza el hecho que solo comiera vegetales y tomara agua, que me sometiera a extenuantes rutinas de ejercicios por horas, mi constante malestar físico. Parecía que esa exagerado y extravagante comportamiento mío era parte de lo que asume como «salud» en un país donde todos están obsesionados por la belleza, por la delgadez y la estética del estereotipo. Y eso que, hace dieciséis años, la presión estética era considerablemente menor a la actual. No obstante, mucha gente aplaudió mi nueva «toma de consciencia» sobre mi aspecto físico: durante toda mi vida había luchado contra unos cuantos kilos de más y supongo que asumieron que todo este nuevo esfuerzo mío por lograr la esbeltez soñada era una especie de «madurez» estética. Yo misma lo llegué a creer, en mis momentos más festivos, cuando comencé a perder peso aceleradamente y de pronto, tuve la sensación que mi cuerpo me pertenecía de nuevo. Había una sensación de triunfo, de un logro difuso y concreto, en esta delgadez súbita, en tener el aspecto que creí siempre había deseado. Fue una sensación agridulce: porque a pesar de todo, de los halagos ajenos y mi propia indulgencia, sabía que algo estaba terriblemente mal. Que había un elemento anómalo en esos continuos pensamientos de control y desasosiego que me provocaba la comida. Una rarísima sensación de angustia que no tenía relación alguna con el placer del cuidado físico. Se trataba en realidad, de algo mucho más turbio, incluso doloroso. Una lucha a ciegas contra mi misma.

Porque todo se resumía al apetito y como controlarlo. Cuanta agua tomar para distraer la pulsión natural del hambre, cuando comer alguna que otra cosa para poder resistir lo suficiente. Una rutina absurda de pequeños patrones de alimentación. Y es que todo parecía tener relación con lo que me llevaba a la boca, con lo que comía y cuantas veces lo hacía al día. Desde la satisfacción de no comer —porque el mero hecho de encontrarme en ayunas lo consideraba un triunfo— hasta cuando hacerlo, para evitar debilitarme —aún más—, el continuo dolor estomacal, incluso la sensación de agotamiento que me aplastaba a todas horas. Una batalla privada que llevaba a cabo en silencio, aislada y sometida a esa ruda disciplina personal. Porque para el resto del mundo, me encontraba «bien», al menos lo suficiente para celebrar mi delgadez, para insistir en que lo mejor que podría haberme ocurrido era la decisión de «cuidarme» con tanta disciplina. Pero puertas adentro, estaba aterrorizada. El ciclo se había hecho duro, inflexible. Tenía la sensación crítica de no poder escapar, que comer o no comer era lo único realmente importante con respecto a quien era y lo que deseaba. Es difícil explicar a la distancia, un pensamiento tan desconcertante, tan ajeno, tan hiriente. Me miraba en el espejo con la piel del rostro seca y escamada, el cuerpo convertido en una colección de ángulos anormales y me preguntaba si eso era todo. Si había llegado a un punto de silencio en mi interior donde no podía retroceder y avanzar.

Una idea angustiosa de la que sentía no podía escapar. Porque además, todo a mi alrededor parecía insistir en que mi obsesión, esa enfermedad silente, era «beneficiosa». Todos celebraban siempre que podían mi delgadez, esa recién descubierto «estética ideal» que exhibía. Incluso en el momento en que llegué a pesar cuarenta y dos kilos y enfermé —una especie de postración crónica sin ninguna explicación que no fuera que estaba muriendo de inanición— tuve comentarios sobre lo «estupenda que me veía». Recuerdo especialmente una conversación con una conocida de la época con quien me reunía tomar café y celebró que solo tomara botella tras botella de agua mientras conversábamos.

«Ser delgado es un lujo. No sé cómo lograste el autocontrol pero ya quisiera yo poder sentirme flaca y verme tan bella», me comentó. Lo hizo de buena voluntad, aclaro. Porque para ella, mi aspecto esquelético tenía mucho ver con esa visión de la belleza que se insiste, que se da por cierta. Incluso en un país tropical como el nuestro donde se celebra con tanta frecuencia «las curvas». Mareada, hambrienta, adolorida, de pronto tuve una especie de sensación irreal, como si esa conversación no estuviera ocurriendo. O no pudiera entenderla.

«No me siento bella», le contesté. Ella rió.

«Todo el que es flaco, es bello. ¡Estás preciosa!»

La escuché sin saber que decir. Sentí miedo, aunque no supe exactamente por qué. Lo sentí cuando finalmente me senté a solas en mi casa y respondí a las decenas de llamada de mi mamá, preocupada y confusa por lo que me estaba ocurriendo. Por meses, habíamos discutido sobre mi estado de salud, sobre lo que llamaba «mi locura» sin que ninguna de las dos se atreviera a admitir que algo realmente grave sucedía. Y aunque nunca llamé a mi trastorno «anorexia» ni tampoco admití que había perdido el control hasta que sentí ese miedo, supe que había llegado a un límite invisible de mi resistencia física y mental. Asumí, ofuscada y exhausta, que en algún punto de aquellos largos meses de dolor, angustia y hambre, me había transformado en una especie de cautiva de mi mente. Recuerdo que cuando tomé la decisión consciente de comer, de evitar mis manías y rutinas, vomité. Me había comido con esfuerzo un trozo de pan y me provocó unas nauseas insoportables, una angustia insoportable. Y me sentí aún más enferma que cuando simplemente lo evitaba. Pero sentí que debía comenzar, por algún lado, esa gradual aceptación que me estaba haciendo un daño inimaginable. Una herida física y mental que me llevaría años curar.

La belleza, la salud, el temor y la identidad: La distorsionada visión del yo

Según recientes estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, 3 por cada 100.000 habitantes en el mundo sufre de un gravísimo cuadro de anorexia nerviosa como el que sufrí durante mi primera juventud. Por supuesto, a decir de muchos médicos y especialistas en el tema, la cifra es muchísimo más abultada, pero como en mi caso, pocas veces quien lo padece lo admite, lo que hace más complicado un calculo real sobre su incidencia. Y es que la anorexia es un padecimiento silencioso, abrasivo y destructor. Es una compulsión que te somete a una especie de privada —y casi invisible— lucha contra tu propio organismo. Pero también te transforma en un rehén de tus prejuicios, de lo que consideras normal y de esa obsesión por la visión estética que todos padecemos alguna vez en una sociedad tan mediatizada como la nuestra. Durante esos extraños y durísimos meses, me construí una línea de conducta a mi medida, elaboré todo tipo de trampas y trucos para sabotear mi expresión más intima de individualidad. Porque a pesar que mi trastorno no lo género un ideal estético, sí encontré que esa exaltación de la belleza ideal de alguna forma confirmó —y valoró— esa nueva visión mía del cuerpo como accesorio y sobre todo, como enemigo al cual enfrentarse. El nutricionista que me ayudó en recuperación, siempre insistía que el peor elemento del cuadro clínico de la anorexia, era sin duda social.

«Hay un ingrediente cultural muy peligroso que celebra la delgadez extrema siempre que puede», me comentó en una de nuestras consultas. Para entonces, había recuperado algo de peso y había aprendido lo suficiente sobre el trastorno como para comprender hasta que punto me había hecho daño. Seguía teniendo miedo, pero ahora también, deseaba avanzar hacia algún punto de la recuperación, encontrar una tranquilidad muy simple que había perdido sin saber cómo —para muchísima gente, la delgadez es parte de lo socialmente aceptable y deseable. La manera como obtengas ese aspecto físico necesario, insistente, es lo de menos.

Era verdad. Durante los meses más críticos de mi enfermedad, nadie había jamás cuestionado mi ayuno voluntario ni muchos menos los notorios hábitos nocivos que había desarrollado. En la oficina donde trabajaba, todos «admiraban» mi fuerza de voluntad al limitar a mi dieta a solo un montón de vegetales crudos y más de una vez, amigas me felicitaron por mi nueva apariencia. Una de ellas llegó a insistir que «no importa como llegues a estar flaca, mientras sigas estándolo». Un pensamiento doloroso que me hizo sentir profundamente aislada y angustiada. Porque para mí, las rutinas y controles con respecto a lo que comía, me aterrorizaban. Era un límite entre un dolor enorme y sin rostro y esa otra visión de mi misma, la de la mujer que estaba disfrutando por el «logro» de perder peso. Cuando se lo comenté, mi médico movió la cabeza, entristecido.

«En Venezuela el problema no es exactamente peor que en cualquier otro lugar del mundo, solo que en nuestro país, está bien visto y aceptado además, cualquier método radical para bajar de peso —me explicó. —Claro está, en muchísimos países hay un culto a la delgadez mucho más acentuado que en nuestro país, pero en Venezuela se insiste en ser bella. Y esa “belleza” es relativa y tiene una relación directa con una serie de atributos que dependen de factores sociales y culturales. Los más pudientes sueñan con una delgadez extrema, semejante al estereotipo comercial. Los más humildes, con esa belleza voluptuosa que los hará deseables y sobre todo, parte de cierto nivel de aceptación en su circulo social. Al final en Venezuela, la belleza es una cuestión de competencia, un eufemismo para un enfrentamiento entre valores culturales y salud. Lo cual, es sin duda, preocupante».

Lo pensé en todos los meses que siguieron, mientras recuperaba peso gradualmente y recuperaba el placer de comer. Fue un proceso extraño y difícil: La mayoría de los que habían celebrado mi «saludable» aspecto, se preocuparon cuando dejé atrás el aspecto famélico y enfermizo. En una oportunidad, mientras obsequiaba la ropa que me había quedado pequeña —comprada durante el furor de sentirme delgada y bella— una de mis amigas se lamentó en voz alta de mi «regreso a los viejos hábitos».

«No es fácil estar flaca, pero coño, si pudiste, ¿cómo te descuidas?», me dijo casi en tono de reproche. Continué doblando las faldas y pantalones de una talla como de niña sin responder. Todavía me asombraba el hecho que alguna vez toda esa ropa me había quedado grande y que de hecho, llegué a perder todo tipo de conexión con mi figura real, con la mujer que alguna vez había sido. Por último, miré a mi amiga con cierto cansancio.

«Creo que el descuido es lo mejor que pudo haberme pasado», comenté.

«Que perdida de esfuerzo y dinero —insistió. —¿No lo lamentas a veces?»

Pensé en las horas angustiosas en que intentaba controlar el hambre, sentada a solas en la oficina donde trabajé. En la sensación invalidante de perdida de control que me invadía al comer, incluso pequeños bocados de fruta o vegetales. Pensé en la debilidad, en la abrumadora sensación de soledad de intentar a toda hora, aplastar cualquier impulso natural de alimentarme. Esa visión extravagante de mi misma, el hecho de no reconocerme en el espejo. Como no me reconocía en esa ropa que jamás volvería usar y que simbolizaba esa identidad deforme, rota a pedazos que intenté comprender, que me obligué a aceptar incluso a pesar de mi salud. Ella se sorprendió cuando sonreí, cansada, aliviada y quizás al borde de las lágrimas de puro agradecimiento por haber escapado de ese horrible silencio del miedo.

«Nunca», dije. Y era verdad. Nunca podría lamentar esta vuelta a la cordura, al poder de reconocerte en tu forma de mirarte y asumirte como real. En el poder de mi propio espíritu, libre del miedo o al menos, en el proceso constante de sobrevivir a mi misma. Una nueva responsabilidad sobre mi identidad.

Han transcurrido casi dieciséis años desde que me recuperé por completo de mi trastorno alimenticio. O todo lo que puedo encontrarme recuperada de una experiencia tan íntima y devastadora. De nuevo, lucho con unos cuantos kilos de más y mi forma física. Pero lo hago siempre consciente que intento construir(me) a partir de una poderosa idea sobre mi personalidad y mi visión estética. ¿Qué tan válida es esa imagen? Me lo pregunto a veces, con una punzada de inquietud. No lo sé. Lo que sí está muy claro en mi mente es que vencí a al miedo, ese tan profundo que solo puede provocarte tu propia mano y que encontré a cambio la posibilidad de comprender mi cuerpo —y quien soy— de una forma mucho más saludable y real. Un lento aprendizaje que supongo me llevará muchos años más asimilar.

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