La Negra II

Norber Sarmiento
Aug 22, 2017 · 6 min read

Hace tres años y un día, la Negra me besaba por última vez en las puertas del hotel de Mendoza al 1246. (Después hubo otro beso en la estación de colectivos pero ese beso lo inicié yo, pero como a todo lo que inicio yo, le pierdo el rastro a los dos segundos) Yo no tenía manera de saber que era la última vez, cómo saberlo, si yo no sé leer las señales de tránsito, yo vengo del hoy y del antes de ayer y me llevo puesto lo que sea que venga. Sin casco. La Negra me besaba y se sonreía mordiéndose el labio inferior. Qué iba a saber yo, aún humeando, con trazas de saliva, que se estaba despidiendo, que todo ese cúmulo de músculos dorados que ella no gobierna de sí misma me estaba diciendo que ya está, pibe, te prendí fuego, si no leés este lenguaje, ya fue. Me faltaba el aire a mí, pero igual me prendí un cigarrillo, para que me siga faltando, recordé a Michael Hutchence, muerto de asfixia. Yo no me quería morir, al menos cuando no estaba bajo sus piernas furibundas, acunantes. Ay. Todo en ella me acuciaba. En esos momentos, yo miraba a la ventana, al afuera, esperando ver cruzar alguna ráfaga, un fuego, un meteorito, algo que me dijera que el mundo también se quemaba conmigo. Y nada. Yo me quemaba en mi forma de mirar el mundo, o la ventana. Fue por esos días, no, mejor dicho, fue por esas inmolaciones que yo aprendí a quererme a mí mismo en la valentía de mirarla a ella mientras yo me quemaba. Había una selva quemándose ahí abajo, desde mi estómago, desde mis testículos. Mis gemidos venían desde ahí, anunciándose, golpeándose contra los otros gemidos, los que no se anunciaban, y que me abrían el pecho en paisajes y espasmos, que dividían y recontra-dividían gentilmente el Yo, abonado por una sangre igualmente inmolable, mientras la percusión dérmica, una polirritmia que musicaba un sinsentido al que me aferraba como un intento de eternizar su marca, sus labios semiabiertos, su mirada entreabierta desafiante, buscándome la rabia o el goce, buscando el dibujo de la rabia o el goce en mi cara o en mi boca, creo que ella me miraba la boca «ay, tu boca», me decía, ay, todo desde allá arriba ella, allá arriba en el plano tangible, pero asimismo no sabiendo ella que acá adentro también estaba como en un pedestal, cosa que nunca le dije para no envanecer sus virtudes, las más vistosas como las más perversas como las más encarnables como las más venganzas contra el mundo, contra su marido y yo contra mi voluntad sometida voluntariamente, contra mi soledad y mis desaveniencias y mis circuitos un poco enlutados a propósito mientras se es tan feliz y tan poderoso viendo en su vientre y en su espalda chorrear los hijos que no parirá de mí, saberlo y celebrarlo y que ese ímpetu salpique el mundo próximo, en el que también, por supuesto está ella y sus clarividencias y toscas maneras de pensar que la felicidad puede ser un polvo en un hotel de Mendoza al 1246, y que se muerda el labio inferior. Ay. Tan pobre fui, soy para verla así, haberla visto así, desencajada. Claro que sucedía eso de ella arremetiendo y yo que me hacía chiquito, incluso inflando el pecho canoso. Por eso mismo, digo, cómo iba a saber yo que su ofrecimiento sin culpa era la antesala de un nunca más. Había dejado de hablar de su marido como quien se cansa de contar que siempre está igual, que no hay novedad, que por otra parte es lo que realmente pasa, que es lo que realmente se esconde, se tapia para justamente vestir de novedad una rutina intransigente que no se contenta con sobornos ni padrenuestros ni esos ángeles en los que ella se empecinaba en creer o en asimilar. Quién sabe si su marido, la figura de su marido, se me ocurre ahora, abonaba los pormenores del movimiento de su desvestirse, esos ínfimos chispazos que un poco revelaban una supremacía, una ternura ejercida sobre mí, pero siempre un poco yo obedeciendo la escena, el ovillo yendo hacia atrás, sal, choque, astucia y caos. Madre y padre de los Ay. Y es como que en este intervalo de pleamar uno prende cigarrillos, Michael Hutchence, mira los jardines de la ciudad, la mira a ella, agarrada de mi mano, Ay, uno flota y de una manera imbécil se corresponde con la inmateria del aire, más acá, más adentro, o como dice Seba, siente que le falta el alma y que el cuerpo anda solo, como vestido por el ring raje del cuore, también agarrado a las manos de la Negra como a las fotos que la retina le tira a uno mientras camina hacia la estación de coles Mariano Moreno, Hutchence sin parar, la foto de la Negra mirando de reojo desnuda contra la ventana cae y sucede incesantemente sobre el reloj de la estación, mientras uno llega a la estación y uno la ve tan linda que flota, y esa remera amarilla e incluso el color amarillo que siempre me pareció horrible, a ella le queda pintado, o marcado ay, o flotando, y en cada gesto de mirar el reloj en su muñeca, uno adivina al marido esperándola y uno siente un cacho de cosa, y luego miro esos labios mordidos y el marido desaparece, y es por eso que digo, que cómo no me avisaba que se iba. Claro que sí, también podría haberlo sospechado yo y que no hiciera falta decirlo, pasa que uno andaba reverberando sin querer, desparramando vidas, vides, remeras amarillas como si no hubiera habido otros cuerpos u otras explosiones, pasa que la Negra también…pucha… Que entonces nosotros ahí en el andén 45 del Güemes, flameábamos, apostados en un orgullo irreductible, que incluso en esas vaguedades de hablar sobre el clima y de cuántos kilómetros/horas tenés hasta tu casa (sobre todo porque ya sabíamos cada respuesta) y el te vas a cuidar cuasi-infantil, a esta edad y sobre todo después de haber manchado el mundo con los hijos que no serán, con todo eso, digo, también se estaba hablando de otra cosa. Pero claro, eso lo sé ahora. Como siempre. Uno sabe, bah, yo, particularmente yo, sé las cosas tiempo muy después de haberlas dejado ser en el tiempo. Ya sabía yo que la Negra reverbera los sábados a la noche cuando uno está contra uno, y estos tres pares de ojos que ella nunca conoció (conocerá) y la pizza casera mal hecha, sí, ya sé. Pero bueno, yo te entiendo, Sarmiento, que algunos muchos bastantes de esos sábados también andás flotando mientras la Negra pero ya no Hutchence, por ejemplo. Uno vuelve interminablemente a la estación Mariano Moreno y se pregunta qué boludo señor, qué cortita la percepción. Porque si bien luego existieron esos te amo, esos mi amor, la distancia tan sarasa, las ganas tan posta, por los mensajes de texto, no y un millón de veces no, no fue ahí. No fue luego, en ese luego donde me decía un poco sobrándome que su embarazo no era mío, que su marido no era el mismo marido que la empujaba contra mi cuerpo, o que por lo menos no lo era todo el tiempo, y que, en realidad, nunca se había separado. Del todo. No. La despedida estaba ahí, antes, en la Mariano Moreno, cuando paladeaba, quizá gracias a mí, es decir a mi cuerpo, que es lo único que a veces puede ser mío de verdad, una venganza o un hiato contra una vida aburrida y nefasta de lunes a lunes, cocinándole al mismo tipo que te jodió tanto que creíste en esa nobleza como se cree y se miente tu propio amor, ella negándolo con sus ángeles mediocres y hablar de la luz y la yuta que los parió a los Osho y la metafísica, metamentira. Claro que refugiarte en tus hijos te ayudaba a escapar de todos los escombros de tu vida que te dicen que algo ya no es. Y que son estos ojos los que te vuelven unívoca, quizá un poco menos cada vez, hay como un remolino del que siempre un poco retengo el labio mordido y esos rulos sobre los que me gustaba respirar y taparme de las noticias del mundo, egoísta e incansablemente. Pero ya que estamos…¿de qué hubiera servido saber que te estabas despidiendo? me pregunto mientras me muerdo el labio inferior. Por la casa crecen rulos, y piel de ébano y unas estrías que no se cansan de desafiar a la muerte, y bostezan venciéndola. Ay.

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