La reina malvada

La reina malvada no da la cara. No se atreve a hacerlo. Se oculta tras sus soldados, su ejército, el muro de su castillo y las paredes de su alcoba. La reina malvada no ama, por eso es malvada. La reina malvada solo sonríe a una persona: a su reflejo en el espejo. Pero la reina malvada sabe lo que ocurre fuera de las paredes que la rodean, lo sabe muy bien, y lo envidia con toda su alma, porque fuera de los oscuros pasillos de palacio hay felicidad y alegría.

¿Cuándo fue la última vez que sonrió Su majestad?

—Sonrío a diario —responde con voz chillona—. Soy muy feliz, lo tengo todo. Soy hermosa, rica y poderosa. Soy la reina de todo hasta donde alcanza la vista y vosotros, aburridos plebeyos, sois mis súbditos, así que dejad de hacer preguntas y admiradme por mi belleza.

La belleza es subjetiva, la hermosura un mero concepto intangible. Si no quiere que le pregunten, querida reina, no haga preguntas a su espejo.

—¿Quién es la más hermosa de este reino?

—Blancanieves.

Otro concepto, una idea, un rol en el juego de la vida, un arquetipo repetido y un personaje sin rostro a quien nadie quiere escuchar, pues tan solo es hermosa, más que la reina. Ese es su pecado, provocar la envidia de Su majestad y sonreír de forma sincera, mostrar su amor al mundo y tener un corazón puro. Porque el espejo mágico no mide la hermosura solo por lo que refleja el aspecto físico y el rostro, sino por el alma que se encuentra en su interior y que ilumina sus días. Y de todas las mujeres del reino, ninguna estaba a la altura de Blancanieves, pues en lugar de apostar por el amor y dejarse llevar, lo hicieron por la envidia, el resentimiento y el odio.

Solo una tenía el poder suficiente como para enfrentarse a la inocente Blancanieves, solo una llegaría hasta el punto de intentar acabar con ella.

—¿Quién osa robar la atención que merezco? Esa niña se cree más que ninguna, se cree más que yo. Debe morir, porque cuando le arrebate su felicidad y acabe con ella, yo seré la más hermosa de todo el reino y me querrán por ello.

En otras palabras: para que la reina malvada encuentre su final feliz, Blancanieves debe encontrar su final, a secas.

Un cazador, un puñal, una bandada de cuervos y una manzana roja, como la sangre de un cordero.

Con la última, la suerte de Blancanieves se ha acabado y su cuerpo choca con la hierva del jardín de la casa del bosque.

Muerto el perro, se acabó la rabia. Ahora sí, la reina malvada está tranquila. Regresa a su castillo, vuelve a su aspecto normal y reposa sobre su cabeza la corona de oro.

—¿Qué es esa música que suena en mi interior? Es triste y deprimente, no la quiero. Estoy de celebración, porque me arrebataron lo que es mío y ahora lo he recuperado. Soy la más hermosa, soy la más poderosa, soy la ganadora de esta historia. Y las historias las cuentan los ganadores, no las niñas envenenadas.

Y sonrió. Se rió. Se carcajeó durante horas y lloró de lo que pensaba que era alegría, sin serlo.

El veneno de la manzana recorrió todo el cuerpo de Blancanieves y detuvo su corazón, pero no pudo penetrar en su alma ni dañarla. El amor la protegía. En cambio, a quien sí alcanzó la corrupción del veneno fue a la reina malvada, cuyo cuerpo permanecía intacto, pero su alma quedaba destrozada.

¿Qué veneno es más poderoso, el que desgasta tu cuerpo o consume tu alma? Ambos tienen cura, sin embargo no todos alcanzan a encontrarla.

Su majestad, ruego que me disculpe, pero es mi deber informarle de que no existe médico ni curandero capaz de ayudarla, pues solo hubo una persona capaz de sanar su alma y le cerró la puerta en las narices. Quizás algún día vuelva a abrirla y se sorprenda, hasta entonces tendrá que reírse de su propia desgracia y llorar la soledad, pues esa corona compuesta de envidia, odio y egocentrismo jamás le llevará a alcanzar la felicidad, si no acepta el amor en su vida.

Todos tienen esperanza, incluida Su majestad, pero no mientras siga siendo la reina malvada.

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