La vida con un gato

Historia de dos solitarios

Michín de perfil. Crédito Héctor Delgado.

Está sobre mi regazo mientras escribo esta nota en el iPhone. A veces apoyo mis brazos sobre su lomo, mientras él descansa sobre mis rodillas, para no cansarme y concluir esta entrada. A veces, agita la cola frente a mi nariz, con lo que obstaculiza la visual del teclado, para llamar mi atención en demanda de una caricia. Sin embargo, pese a utilizar una sola mano mientras la otra sostiene el dispositivo, la escritura fluye sin errores ortográficos ni mediación del autocorrector.


Se llama Michín, como el personaje de fábula de Pombo, tiene un año, no está castrado y convive conmigo hace dos meses.

Al fondo, Various Forms Of Scape, Nine Inch Nails, tema al que Michi aporta maullidos ocasionales al coro de la canción.

Sus garras son largas. Tiene las garras largas y es costumbre que arañe mi piel. Cicatrices tengo de sobra y unas cuantas del gato no son molestias. Hace unos días me clavó sus garras en el hombro así como dejo rasguños en brazos y pectorales. Hacía ejercicio y el gato se entrometió en cada movimiento, sea una flexión o una sentadilla. Luego salió de casa, subió unos pisos y no quiso volver. A lo que respondí subiendo al piso en donde estaba y del que no quería bajar. El resultado fueron los arañazos que mencioné arriba y esa sensación, tan cercana al infarto, que es el pánico de sentir sus garras clavadas muy cerca a la laringe.

Aún así, seguimos juntos.

Y no…no se ha movido de mi regazo.

Michín en el momento de escribir esta entrada. Crédito Héctor Delgado.

Comprender a un gato es un enigma. Rara vez lo castigo con periódico, como D. recomendó; limpio a diario tanto su plato de comida como su arenero, lo mismo hago con los charcos de orines que deja en las cuatro esquinas de este apartamento. Salta sobre mi pecho para subir a la cabecera del sofá y actúa como una esfinge mientras contempla los cerros; demanda porción cuando cocino carne y bebe de la leche que traigo al volver a casa. Duerme durante el día, a las cuatro de la tarde despierta, se despereza y comienza a habitar mi regazo, mi espalda, mi cabeza… hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Amo y señor, irrumpe en la habitación donde intimo con la novia del momento, le gusta entrometerse en nuestros movimientos. Nos contempla y maúlla.

Dicen que son un amuleto en cuatro patas que protege de males invisibles al acecho. Me sorprende verlo duplicado, patrullando a altas horas de la noche mientras intento conciliar el sueño. Lo escucho maullar en distintos rangos de sonido mientras sostiene conversaciones, al parecer muy animadas, con las sombras de las lámparas, las grietas de la pared y los quicios de las puertas. También me interpela en varios momentos del día, prefiriendo los momentos en que leo o converso por celular.

No lo personalizo, ya que implica humanizarlo. Michín, como cualquier otro ser vivo, no responde con obligación a los dictados del humano. Sin embargo, cuando inicia su retahíla, a la que respondo con las gastadas palabras del hombre, siento que establece un diálogo en lenguas de solitarios. Él y yo.

Se encuentra conmigo porque sus dueños no tienen el espacio y el tiempo para acompañarlo, así que lo traje un día y acá continúa.

Una amiga dejó de visitarme, entre otros motivos, por su aversión a los gatos. Sin embargo, apenas supo del nuevo inquilino dijo esta frase que nunca se me olvidará:

«Pero si Héctor, tú adoras a los gatos».

Lo que es cierto. Y voy a contarles por qué.


En donde vivo, dos bandas de gatos se reparten los tejados de las casas del barrio.

En frente mío veo sus luchas y cómo se alebrestan a través de maullidos agudos que son gritos felinescos de batalla. De un lado, Manchitas (esbelto, pelaje blanco y gris); del otro, Thundercat (negro y robusto); cada uno con su séquito: A Manchitas lo acompaña un gato gris y gordo, con cola de tejón; A Thundercat lo sigue otro negro, menos robusto, y otro parecido a Manchas, pero moteado con negro y amarillo.

Todas las mañanas los veo pasar por los tejados, maullar al contrario y, en ocasiones, atrapar a una peregrina desprevenida que se pone en mira de los hambrientos de alguna de las bandas. Llegué hasta el punto de hablar con los vecinos para organizarles un comedero, por supuesto antes que llegara Michín, que demanda toda la atención y los recursos.

Otra amiga afirmó que estaba viendo a una sola banda que se alternaba los tejados. Esto porque en cada conversación de celular le narraba las obras y gracias de los felinos.

«¿Y cómo está Manchitas? ¿Qué tal le ha ido a Thundercat?», fueron las preguntas recurrentes cuando dejamos a un lado nuestro mutuo interés sexual. Tampoco ella mostró sorpresa que Michín llegara a esta casa. Asumió un rol de mentora muy necesario en mitad de mi soledad, con indicaciones para domesticarlo, respetar sus espacios, darle cariño y, también, reprenderlo con el periódico.

Manchitas, que pasa todas las mañanas, ya ha entablado contacto visual con Michín. Asisto al cruce de miradas del héroe callejero y el gato hipster del edificio con alegría, pero no intervengo. He sorprendido al Michín en intentos de huída. Pero no cierro las ventanas porque no soy de la idea de retener a alguien o algo. En un paseo dominical, Thundercat le maulló en la esquina mientras buscaba las llaves para abrir la puerta. Por un momento imaginé la convivencia entre los dos. La idea no trascendió. Michín y Thundercat serían la pareja dispareja, no me cabe duda.

De estas formas tejí mi relación con los felinos, asistiendo a sus rutinas, escuchándolos y brindando un espacio a Michín.


En algún punto de una relación anterior planteé adoptar gatos, lo que no cristalizó. Sin embargo, cuando estábamos separados, apareció una gata negra con la que hice migas de inmediato. Lo curioso fue que después del trato cordial, la gata nunca más volvió a cruzar el umbral de mi habitación.

Traigo la historia a colación porque en esos días jugaba con otro gato, el Flow, buen amigo mío y del pequeño Michín.

Flow después de un manjar de chocolate.

Flow era un bacán angora. Tirado al abandono por su dueña, una chica que trabajaba en la tele, pasaba horas con él mientras visitaba a mi hermana que vivía con ella en un apartamento con bellas vistas al cerro.

Por esos días apareció Michín, traído de una finca en los bordes de Bogotá. Dice mi hermana que hubo conexión en ronroneos y caricias mutuas. Los humanos vemos una historia y su respectiva justificación en cualquier movimiento. Para egoísmos, los gatos. Pero yo no altero una línea de su versión porque cuando me enteré que pasaba las jornadas sin nadie a su lado, tomé la iniciativa y lo traje a compartir conmigo, bajo la promesa de que se lo llevarían pronto, lo que aún no ha sucedido y de solo pensarlo me arruga el corazón. Además, recién había muerto mamá y de una manera u otra necesitaba algo más que buenas palabras y consuelos.

Así que me sorprendía que la gata no intimara conmigo mientras que el Flow era una seda. Mi hermana tenía ganas de adoptarlo, pero el Michín se llevó la atención. Mientras tanto llegaba a casa y la gata no saludaba. Era otro motivo más para el desastre que fue la convivencia entre dos personas que no se querían. Pese a todo, la gata sí tuvo un detalle que me dejó patidifuso. Un día, antes de desaparecer, entró en mi habitación, se tendió de lado en un puf. No perdí la oportunidad y este es un testimonio de tiempos idos.

La gata en un puf. Crédito Héctor Delgado.

EL 2016 fue un año de felinos. M. tenía uno, superviviente de mil batallas; C. escribió un libro en honor a su gata, cuyo comportamiento era una réplica de la histeria de su dueña; la gata negra, el Flow, Manchitas y Thundercat y Michín.

Un gato superviviente. Crédito Héctor Delgado.

Tener gatos es una moda más en una ciudad en la que prima ser bienpensante y asumir el último grito desde alguna posición vergonzante. Es una de esas modas raras a las que uno asiste en el día a día, pero no conecta con ella hasta que un acontecimiento te introduce a pensar en ella. Y un buen día asomo con un gato que aparece en medio de mis lecturas y me alegra el día; o se interpone entre la chica de turno y yo para marcar su territorio; o cuando me ausento y regreso, percibo que resiente la ausencia y demora un tiempo, su tiempo, en establecer un acercamiento.

Pienso en ellas, las mujeres que he encontrado en mi soltería. Son gatas de una manera singular: demoras en captar la señal; sin embargo, cuando comprendes, asientes en muestra de complicidad. Por ejemplo, el ascenso social de D. es un ejercicio felinesco; la histeria de C.; la indiferencia calculada de M. No todas, algunas, tanto en su fisonomía como en su personalidad, se asemejan a otros animales. Un bestiario sentimental tendría en cuenta esos valores y, tal vez como una fábula, contaría una historia de afectos y desafectos basada en las relaciones entre semejanzas y diferencias de dos animales ayuntados.


Hace un rato, Michín dejó el regazo y fue a darse un banquete de zancudo con la misma trompa con la que me besará para buenas noches. Yo pasé de NIN a Led Zeppelin, el volumen III, y me quedó resonando este verso:

Had a friend, she once told me, “You got love, you ain’t lonely”, Now she’s gone and left me only looking for what I knew.

Me he divertido — ojalá tú también — . Le daré unas galletas antes de dormir. De una forma u otra, ambos nos cuidamos: él a mi soledad, yo a sus necesidades.


P.S.

Esta nota fue escrita en mayo. Hoy, finales de julio, no hay Michín en casa. Lo devolví a mi hermana antes de salir a un viaje de trabajo y no ha vuelto hasta ahora. Fue lo mejor para ambos que volviera a su hogar, no el gato, claro, sino a mi hermana. Me cuenta que la despierta, maúlla, rasga los edredones del tendido, juega con sus osos de felpa y come como nunca. A veces, cuando la visito, se sube en mi regazo y comienza a darme lengüetazos.


En 0hd (Instagram) hice un álbum para acompañar esta entrada. Si deseas verlo, tan solo sígueme y conoce un poco más ;).

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