Las delicias del cielo y el purgatorio

¿Por qué deberías ver la película ‘El cielo sobre Berlín’, de Wim Wenders, si aún no la has hecho?

Un hombre vestido de negro camina con lentitud entre una Berlín gris y sepia. Las nubes crean una especie de lento muro pesaroso que pende sobre la ciudad en silencio, una amenaza perenne y dolorosa. Una multitud camina por las calles con los hombros caídos, en medio de los grises movedizos, la oscuridad impregnada de una melancolía casi dolorosa y, sobre todo, un silencio plomizo que parece flotar en medio de las cúpulas doradas y de los grandes edificios. Como el hombre vestido de negro, que de pronto desaparece de entre la masa de transeúntes y aparece en lo más alto de la célebre columna de la Victoria. El rostro pálido, calmado, contemplando a la Berlín que fue, que soñó, que quizás nunca existirá de nuevo.

Esa fue la ciudad que el director Wim Wenders intentó retratar en su película Las alas del deseo, una de sus obras más reconocidas. Por un lado, la Berlín histórica, controvertida, desconcertante y sobre todo, multifacética y por el otro, el descampado triste y melancólico fruto de procesos históricos y culturales que la devastaron hasta los cimientos. Porque Berlín no es solo el rostro de una Europa que se desmoronó a pedazos a medida que la realidad política y social transformó el rostro del continente, sino también una historia. Cientos de historias entremezcladas entre sí. Para Wender, esta ciudad en penumbras, espectral y fantasmagórica es una especie de purgatorio venial, sobrecogido por sus dolores y sufrimientos, por las visiones de luchas y los horrores padecidos. De manera que el director imagino a Berlín —ilusoria y fragmentada— poblada de ángeles. De espléndidas criaturas silenciosas que pueden recorrerla a su antojo, con una visión distante, lejana y dura, ataviados con gabardinas muy gastadas y el rostro impasible. La cámara del director de fotografía Henri Alekan les sigue en todas partes: a través de las calles y venidas, por el aire y entre la oscuridad. De pronto los ángeles no son figuras que divagan, meditan y reflexionan sobre la humanidad y sus misterios, sino cronistas misteriosas. Hilos conductores de historias que se entrecruzan entre sí. Una mirada documental desde lo intangible, lo frágil, lo bello.

Wim Wender es un enigma. Tal vez se deba a que en su filmografía —o mejor dicho, en su lenguaje cinematográfico— coinciden dos visiones casi contrapuestas: como si el preciosismo de Goethe y la extraña visión del mundo de Heidegger coinciden en un paisaje impreciso y onírico. Lo cual puede ser la necesaria consecuencia de intentar reconstruir el cine alemán desde sus bases, comenzando por el replanteamiento moral y estilicidio hasta alcanzar un estilo visual que se decanta esa necesidad del orden y lo complejo de la cinematografía germana. Porque Wenders no se conforma: lucha y evade lo común en una búsqueda de significado que ha sido llamada insignificante —por repetitiva— y posteriormente elemental —por sutil— pero que conduce de manera irremediable y casi por una insatisfacción incesante, hacia otra manera de entender el cine y el lenguaje visual. Sin duda, Wender provoca del paradigma y quizás algo tan simple como alejarse de los lugares comunes a fuerza de pequeñas reflexiones estilísticas.

Desde su primer largometraje (la extraña Summer in the City, 1970) Wenders dejó claro su obsesión por los que serían temas recurrentes de su filmografía: la búsqueda de identidad mediante el viaje interior pero también ese otro viaje, el invisible y mucho más arduo, el personal e introspectivo. También ese rechazo ambiguo hacia la América urbana y sus símbolos inmediatos. No obstante, Wenders habla, ya desde ese primer experimento visual sobre la soledad y la necesidad de comprender las complejidades de las relaciones humanas. Esa travesía —tan trabajosa y larga como la del viaje real— que supone una reflexión sobre la identidad, el origen de la incomunicación y el hecho mismo de la esperanza. Una mirada meditada a la frágil naturaleza humana.

Wenders profundizaría en esa visión del otro como reflejo de nuestros propias imperfecciones, — y en la depuración de su lenguaje fílmico — gracias a los colectivos de artistas organizadas por jóvenes cineastas de Munich, a través de la Film Verlag Der Autoren. Tomando como referencia la obra de Peter Handke, filmaría la considera como una obra menor en su trayectoria: la confusa El miedo del portero al penalti (1971) donde utiliza la simbología de la muerte a través del aislamiento, el dolor y la culpa. Un relato desigual sobre la desintegración de la personalidad y el análisis de la consciencia más profunda que sin embargo, no logra estructurar el mensaje de manera clara. Otro tanto ocurre con la que quizás sea la película más impersonal del autor La letra Escarlata (Der Scharlachrote buchstabe, 1972) un producto cinematográfico manufacturado que obligó al director a elaborar un lenguaje genético y casi elemental. La experiencia en conjunto le resultó tan insoportable que Wenders se prometió «no volver a filmar nunca más una historia donde no aparezcan autopistas, gasolineras o cabinas telefónicas». Lo siguiente fue quizás el momento fílmico que definiría no solo su manera de comprender el cine como forma de arte sino quizás la completa depuración de su estilo: Alicia en las ciudades, Falso movimiento y En el curso del tiempo, todas ellas protagonizadas por el actor Rüdiger Vogler. Una trilogía donde Wenders brinda a sus temas recurrentes no solo una nueva interpretación sino un nuevo espacio en su planteamiento narrativo.

No obstante, es quizás en El cielo sobre Berlín donde el director encuentra su punto más íntimo y elocuente. Consideradas una de las obras clave para comprender la evolución del cine europeo en la última mitad del siglo XX, es también una obra preciosista y depurada de símbolos, donde su autor no solo renueva su lenguaje sino que experimenta más allá de sus límites naturales con una variante a sus obsesiones sobre el tránsito continuo y lo impersonal. El film, inmediatamente posterior al éxito de crítica Paris, Texas, es una pequeña curiosidad fílmica que parece resumir ciertas inquietudes sutiles en la filmografía de Wenders, más cercanas a la poesía literaria que a sus excesos cinematográficos anteriores.

El film se realiza tras el éxito (de crítica básicamente) de la magnífica Paris, Texas, y mientras preparaba la compleja producción de Hasta el fin del mundo. Wenders se halla en un momento dulce, tras el mareo ocasionado por el fracaso comercial y artístico de El hombre de Chinatown y por las acusaciones de «vampirismo» y «necrofilia« que recaen sobre Relámpago sobre agua. Ese «estado de las cosas» le ofrece una seguridad a Wenders para hacer frente una producción cinematográfica muy cercana al acto de la creación poética literaria. En colaboración con su influencia inmediata Peter Handke e inspirado en las elegías de Rilke, Wenders retrata un Berlín onírico, inexistente, a mitad de camino entre lo sobrenatural y lo nostálgico. Con una sutileza que sorprende, el director analiza a sus personajes desde una óptica delicada y sutil. Y es que su aproximación al aislamiento, al dolor y la desesperanza, esta vez tiene un marcado matiz sentimental: Berlín se puebla de ángeles que contemplan la humanidad —con sus fallos y temores— desde un profundo amor y comprensión. La insistente reflexión de la naturaleza humana se manifiesta no solo a través de la constante voz en off —donde escuchamos las voces de los seres humanos que deambulan por el escenario desolado de una ciudad silenciosa— sino en esa exquisita ternura de sus eternos guardianes, que admiran y custodian ese silencio espiritual parcial desde la distancia. Y que bella alegoría resulta ser esa infinita paciencia, esa asombrosa compasión de los ángeles de pie junto al sufriente, al solitario, al dolorido. Una imagen perdurable que dota a la película de una inolvidable belleza.

Y no obstante, a pesar de las apariencias, Wender medita —de nuevo— sobre sus temas favoritos: porque El cielo sobre Berlín es un viaje en paralelo por tres perspectivas distintas, tres puntos de vista que construyen una visión última sobre el mundo, la perspectiva de la mirada humana sobre él y lo que es aún más doloroso, el espíritu humano en plena transformación. Con un pulso exquisito y un ritmo constante, Wenders nos muestra a los berlineses, severos y contritos, como reflejo de esa universalidad del hombre que apenas podemos entrever. Y más allá, esa atemporalidad de los ángeles, perdidos en el no-tiempo, donde el viaje interior transcurren entre las dudas, disyuntivas y cuestionamiento de naturaleza espiritual. Y más allá, también observamos el lento tránsito entre el desasosiego y la búsqueda de respuestas de Damiel, el ángel protagonista, que recorre sus propia disyuntiva entre la eternidad y lo finito, gracias al amor. Porque Wenders, armado con los diálogos de un Handke en estado de gracia, muestra un mundo herido pero aún así tan cautivador y hermoso, como para conmover el corazón de un ángel.

En más de una ocasión, se acusó al film de blando, con un guión disruptivo e incluso, por momentos superficial. Y no obstante, El cielo sobre Berlín es algo más que su búsqueda de significado, que la mirada atenta y poderosa de su director sobre la ciudad que renace y se desliza entre las sombras como un recuerdo a fragmentos. Hay un destello de inspirada belleza en el recorrido misterioso de los ángeles a través de la Berlín que se evoca, que se enreda entre las aspiraciones y los temores apenas entrevistos en medio de la reconstrucción de la historia diminuta que la rodea. Para Wenders, Berlín es una esperanza y así la refleja en meditados planos interminables. En un tipo de belleza delicada que asombra y conmueve por su poder alegórico.

El film comienza y termina con un poema de Handke: «Cuando el niño era niño». Una pequeña concesión a esa visión del film desde lo humilde y lo pequeño. Pero no hay nada pequeño, en las ideas que maneja y medita, en la espléndidas escenas que construyen una preciosa puesta en escena con el espíritu humano como telón de fondo. Y es que quizás, el mayor mérito de El cielo sobre Berlín sea mostrar el dolor como un atributo de pura sensibilidad, más allá de los límites humanos. Porque el cielo de los ángeles no parece ser un universo de paz y pureza perfecta, sino estas pequeñas escenas de ternura de un mundo a medio construir.

Una generosa concepción del mundo y quienes somos, que quizás Wenders mira casi con excesiva osadía y aún, así sinceridad. A la manera de los ángeles, quizás.

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