Las mujeres de mi casa

Para mi familia el lugar de reuniones siempre ha sido la casa de mis abuelos. Ahí se criaron los diez hijos y la retahíla de nietos. Creo que para todos, aunque tengamos hogares propios, esa siempre será nuestra casita. Me ha costado 22 años y la despedida de mi abuela para entender que no hacemos hogares de pedazos de madera y cemento, sino de personas. Mi abuela era el hogar de mi familia, era el techo en los días lluviosos y una taza de café por la tarde pa recuperar energías. Le encantaba tener a todos sus nietos juntos, dando vueltas por la casa; alcahueta hasta el fin. La casa de mi abuela fue actor principal en mi infancia. Allí aprendí el arte de hacer pasteles, pasta de mangó y dulce de coco. Así iniciaban a las Echevarrías: con manchas de plátanos. A mí me encantaban esos días. Todas mis tías y mis primas nos reuníamos en la cocina, mi abuela preparando la masa y la carne. Pequeña y añoñada por mi padre, muchas veces no entendía de qué hablaban, pero igual me reía, agradecida de pertenecer a aquella tribu de mujeres alborotadoras y risueñas. De las mujeres de mi familia aprendí cómo se amarra un pastel, cómo darme un trago de anís sin retorcer la cara y cómo caminar con la melena siempre en alto, porque carajo, tenemos que representar.

Siempre estuve acostumbrada a las mujeres que demandan atención, que explotan, por eso, cuando conocí a mi madrastra, no entendía por qué era tan callada. Estaba segura de que en algún momento iba a soltar un grito, lo que pasa es que se estaba poniendo cómoda. Si con mis tías y primas aprendí a gritar pa que me escucharan, con ella la lección fue otra: también se puede demandar atención sin subirle el volumen a lo que se dice, se puede paralizar a una persona con una mirada. Ella ha sido mi guía a través de esta extraña vida. Nunca he dado un paso sin sentirla a mi lado. También lo aprendí de ella: la familia, las conexiones de madre e hija son mágicas, aquí la sangre o cromosomas compartidos no tienen relevancia alguna.

Las mujeres de mi vida me vuelven loca. Entre gritos y risas a veces es difícil que te escuchen, pero nunca pierdo el calorcito de estar entre tantas mujeres fuertes y peleonas. Ahora la mesa está un poco vacía, pero el cuarto siempre se sintió demasiado pequeño cuando estábamos todas juntas. Mi abuela ya no está y siempre la extrañaremos, pero la verdad es que sigue aquí, la veo en el legado que dejó: mujeres guerreras.