Las mujeres que fueron olvidadas

No podemos ser lo que no podemos ver

En Silicon Valley es tan común borrar de las historias oficiales corporativas el trabajo de las personas, que se conoce al fenómeno como el «mito de la creación». Esto es aún más acuciante en el caso de las mujeres.

Ada Lovelace es una de las tantas mujeres en la historia de la computación que ha sido invisibilizada. Entre otras cosas, a Lovelace se le adjudica haber sido de las primeras personas que propuso que las humanidades y la tecnología podían coexistir (incluso proponiendo una «ciencia poética»), ser responsable de la escritura del primer algoritmo y haber soñado con el concepto de inteligencia artificial (IA) poco menos de un siglo antes de que fuera propuesta formalmente. Se puede decir que Lovelace definió a la era digital. Sin embargo, junto con tantas otras mujeres, fue ignorada u olvidada. Cabe recordar que en su época las mujeres no firmaban sus propios trabajos, y por ello cuando en 1843 quiso presentar un artículo en una revista científica, los editores le sugirieron a Charles Babbage, su mentor, que firmara junto a ella.

Pero Lovelace no es la única mujer borrada de la historia de la tecnología. En 1944 se construyó la Mark I, una de las primeras computadoras modernas. Una de las programadoras, Grace Hopper, fue quien popularizó el término «bug» para referirse a un error en un programa. El término surgió de las polillas que se quedaban atrapadas entre los enormes transistores de la Mark II. Hopper también fue quien escribió en 1952 el primer compilador de código, refutando a quienes sostenían que las computadoras solo podían hacer aritmética. Este trabajo derivó en la creación de COBOL, un lenguaje que se usa hasta el día de hoy. Hay un documental dirigido por Gillian Jacobs que cuenta su historia.

ENIAC, otra de las primeras computadoras, fue finalizada con mucha expectativa en 1946. Tal era el entusiasmo que se organizó una cena de gala para celebrar su primera demostración en público. Sin embargo, las mujeres que habían trabajado en su programación no fueron invitadas. Iluminados por velas y celebrados con una banda militar, los hombres que trabajaron en ENIAC brindaron, mientras dos de las programadoras, Jean Jennings y Betty Snyder, volvían a su casa en tren durante una helada noche de febrero. Buscando reivindicarlas, en 2015 el departamento de computación de Carnegie Mellon estrenó un documental, «The Computers», acerca de las «seis mujeres de ENIAC».

I don’t know if you can picture how exciting the ENIAC was to all of us. And we didn’t talk socially or any other time about anything else. It was —we discussed it almost all the time. — Jean Jennings, ENIAC programmer

La exclusión de estas mujeres no sólo ha reforzado estereotipos sobre las mujeres y la tecnología, sino que ha generado una suerte de profecía autocumplida. En 1985, el 37 % de los egresados en ciencias de la computación en EE. UU. eran mujeres. En 2010 ese número bajó a 18 %. En la actualidad, solo 0,4 % de las mujeres que terminan la secundaria piensan en hacer una carrera vinculada a la computación. Como argumenta Reshma Saujani, fundadora de Girls Who Code, una de las organizaciones que promueve la participación de mujeres en la industria de la tecnología, «si se hablara más de las mujeres en la historia de la computación, seguramente no tendríamos la falta de mujeres programadoras que tenemos hoy. Se trata de ejemplos a seguir. No podemos ser lo que no podemos ver.»

La industria de la tecnología está formada tanto por la propia teconología como por narraciones. Claro que va a costarnos que más mujeres pueblen la industria cuando apenas tenemos historias de mujeres en tecnología. En última instancia cuando el crédito es otorgado a individuos y no a los grupos que hacen posibles las innovaciones, suelen ser los varones quienes se llevan los laureles. En The Innovators (2015), Walter Isaacson toma varias de estas historias para contrastar cómo fueron representadas las historias femeninas en oposición a las protagonizadas por varones.

Algo interesante es que incluso cuando encontramos historias de mujeres exitosas, estas mismas mujeres menosprecian sus logros al compararse con sus parejas. Lo que Kieran Snyder —CEO de su propia empresa tecnológica y poseedora de un PhD en lingüística— se pregunta en el Washington Post es cómo vamos a hacer para que el mundo reconozca a las mujeres en tecnología, si muchas veces ellas mismas no lo hacen. Fue en la búsqueda de esta visibilidad que el jueves 23 de febrero de 2017 se realizó una marcha en todo el mundo para protestar por las barreras que impiden a las mujeres acceder a cargos jerárquicos, la desigualdad y el abuso al que muchas veces son sometidas. Curiosamente, la iniciativa también procuró hacer sentir la ausencia: contempló llevar adelante un día de silencio en redes sociales.

Este artículo fue redactado originalmente para Economía Femini(s)ta. Agradezco las correcciones y edición de Laura Belli y Danila Suárez Tomé.

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