Majo maja

¿Me vas a abrazar hasta que vuelva Radowitzky? Mirá si en esa ciénaga, en ese ratito de incertidumbre ocurre algún ánimo incendiario, una inmolación benigna o venturosa o algo. Se me plantean algunas cosas, por cierto, mientras se habitan, solos, los terrenos de no sé qué, por ejemplo, en el cómo será esperarte. Estoy bien, me digo, estoy tranquilo, mientras tanto, porque a ese esperarte aún hay que criarlo, defenderlo de las bocas espurias del mercantilismo, como un paisaje posible. ¿Pero acaso estas palabras no son una manera, digamos, de alumbramiento de esa espera? Es preciso escribir, Majo maja, el ademán de tirar el dado al aire, porque ya ahora me sé afectado por esa pendiente hasta tu presencia que nada podrá mentir.

Uno, a cierta edad, ya no sabe bien qué hacer con tantas estrellas de tarde, tan estrellas, salvo dejarlas ahí al abrigo de un nombramiento que de igual modo se sabe volátil, pensar en que quizá uno escribe aunque no quiera, aunque inútil, aunque ineficaz, para buscarse un vino propio, o la rabia de estar vivo y no ser más que estas manos temblorosas que malescriben lo que pasa, o no termina de pasar, allá lejos, sobre todo adentro, sobre todo ahora.
Escribir esto para vos es como un músculo un poco saliendo del sueño y enfrentando, cargado de la inocencia de no saber nada, la cara más visible de lo no descubierto, y también un cuerpo al que hay que ponerle nombres para moverse con una sana complacencia a la que le quepan virtudes y espasmos alegres. Y tener que pensar en un desgobierno de un influjo tuyo encima del ahora, encantadoramente, decirlo, escribirlo, fingir que no estoy pensando en vos durante mis paseos al borde de las simulaciones.

Verte, ¿cómo será verte? Me figuro arena, un montón de arena y el mar, como en esa foto en la que estás mirando hacia el costado izquierdo, izquierdo de mí mirándote, claro. No decís nada y yo comprendo que hay que callar, el sonido de la olas un poco cercanas completa un cuadro fantástico de serenidad y pasan aviones, y hay animales, muchos animales saliendo de tu cuerpo y cabalgan sobre mí, dulcemente, como ciñéndome, como acuñándome, pero yo no puedo con lo que soy, como casi siempre y de pronto pienso en un beso, te ofrezco mi cara dudando pero sonriendo por si vos dudás y te preguntas si querés salir de tu introspección de mar y sal, te beso y al hacerlo, comprendo que ese beso no es mío, que nunca lo fue y vos, maja, me besás y no entendés que ese beso no es mío tampoco y estamos en otra cosa, en otra canción que se inicia y al cabo vuelvo y estoy acá escribiendo esto, en la terrible marginación de urdir esa espera de la que hablaba y sé que no hay manera de salir de esta preparación que se disuelve fácil en un desfile de imágenes y es inútil escribir sobre el recuerdo de esa foto en la que estás mirando hacia el costado. Me voy a dormir y estás ahí todavía, en la misma pieza, ajena de mí.

Escribir esto para vos es como un músculo, sí, un poco saliendo del sueño y enfrentando, cargado de la conciencia de no saber nada, la cara más visible de mi sombra urgente, y también un cuerpo al que hay que ponerle nombres para moverse con una sana complacencia a la que le quepan espasmos como virtudes.

Escribir es esto que no sé qué es pero no puede ser tan alarmante sobre todo si tenemos en cuenta que es un ejercicio tan solitario y uno ni siquiera es entendido cuando es leído, y tal vez a uno le arrancan lo que escribe cuando es leído porque si a lo mejor sospecho Majo Maja que quiero arrancarme esto que escribo, esto que espera precedente a tu espera y porque escribir, finalmente, es estar solo conmigo pero también con todo lo que de vos no hay ahora.

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