¿Me vas a dejar hablar?

La escucha activa no es lo que estás pensando

Interrumpir a nuestros interlocutores es un mal universal del que no se libra nadie — «Menos yo que sé escuchar muy bien», me acabas de replicar desde el interior de tu mente respondona—. Lo normal es que tengamos ideas propias sobre lo que nos cuentan o vemos; querer meter baza en el discurso es un reflejo irreprimible muy humano.

No pretendo acabar con los frecuentes interruptores que aparecen inesperadamente en las conversaciones y tertulias. Me atrevo a identificar distintos tipos de interrupciones y animo a mis lectores a que enriquezcan la tipología que propongo con sus propias experiencias y puntos de vista.

Las circunstancias que considero son las que cada cual imagine: conversaciones entre dos, a tres bandas o más en las que se habla alternativamente, sin ponente preestablecido: diálogos y tertulias. También se trata de mesas redondas, conferencias, discursos… donde alguien coordina aparentemente la dinámica y da o no la palabra a unos y a otros. Las discusiones, el susurro de los enamorados o la charla con la operadora de atención al cliente… y tantas otras ocasiones de la vida, también encajan en la siguiente tipología de interrupciones. Cada uno sabrá dónde encasillar y encasillarse.

Interrupciones insoportables

La virulencia es el rasgo más genuino de esta modalidad. No porque eleve la voz fuera de lugar o por encima del resto… que podría suceder. No porque no respete los puntos y a parte, las comas y los cambios de párrafo de quien habla… que no los respeta. No porque nos pille de sorpresa y, por tanto, nos contraríe especialmente por inesperada… que también. Lo anterior, junto o por separado, puede llegar a ser una experiencia insoportable.

Lo que realmente —en mi opinión— alcanza el grado de insoportable en una interrupción es cuando realmente no viene a cuento. Ni el contexto, ni los protagonistas, ni el argumento justifican la cuña que supone irrumpir el discurso ajeno.

Las reacciones ante las interrupciones insoportables son tan variadas como los caracteres de cada cual. Echar a patadas verbales a uno de esos interruptores no me parecería mal, en la medida en que se diera cuenta de su impertinencia. El efecto disuasorio tampoco es despreciable: evitamos previsibles nuevas interrupciones insufribles y todos más tranquilos.

Interrupciones razonables

Al hablar respiramos y al respirar nos detenemos. El arte de respirar en medio de la frase es lo que reduce al mínimo las interrupciones. Pero ¡ay de los que se toman su tiempo tras los signos de puntuación! O los que hacen preguntas retóricas seguidas de un silencio interpelante. ¡Ay de esos oradores que sólo pretenden hacerte pensar con sus miradas profundas tras un párrafo! ¡Ay de ellos porque perderán la palabra a favor del primer entusiasta que interprete sus parones como invitaciones a participar!

Las interrupciones razonables no son tan agresivas como las insoportables pero sientan como un tiro. Te elevas en el discurso para crear un clímax y justo en ese momento aporrean a la puerta. No es un «con su permiso» precedido de un leve toque con los nudillos, sino un «aquí estoy porque he llegado…» logrado a base de mamporros en la puerta.

Dios nos libre de las «razones razonables» de tantos y tantos.

Interrupciones salvavidas

Esta versión de lo que puede ser una interrupción se da cuando logran salvar al grupo de un emisor que abandera la palabra posesiva y agotadoramente. Es como si los oyentes se dijeran a sí mismos: «Bueno, esto que está diciendo ya lo ha dicho…» y con la mejor intención del mundo —la de rescatar al ponente encampanado y liberar a la audiencia—, alguien levanta la mano a la vez (muy importante que sea a la vez) que toma la palabra y logra parar el carro de la verborrea que, en su opinión, ha entrado en bucle. El contenido de la interrupción, en estas ocasiones, es lo de menos.

El contador de historias, el conferenciante o tertuliano… se contraría evidentemente. Pero, en el fondo, reconoce que le libera de una noria de la que no sabía ni podía escapar.

Las no-interrupciones

Esta extraña modalidad de las no-interrupciones se da cuando no hay interrupciones. ¿Entonces? Entonces uno sospecha que no le escucha nadie. Quizá le oigan… pero escuchar, lo que se dice escuchar, como que no. Es desalentador llegar al final de la historia, enfatizar que esto se acaba, ofrecer la palabra para que alguien participe o haga de contrapunto, y que la respuesta sea el silencio.

Asombrosamente, en esta tesitura uno agradecería enormemente una interrupción incluso de las que no vienen al caso.

Interrupciones ‘time-lapse’

Llamo así a las interrupciones frecuentes, muy frecuentes, constantes, que a base de breves e insípidas frases, con apostillas simpáticas (o no), chistecillos venidos a la cabeza, ingeniosas comparaciones… que salpican como el chirimiri las historias de quien intenta contarlas. Muy propio de las situaciones familiares donde los presentes se conocen tan bien que da asco (parafraseando la famosa sentencia sobre la confianza). Nos queremos tanto que no hay manera de contar nada.

De aquí no nos escapamos casi ninguno. Seremos más o menos proclives, pero es muy complicado no dejar caer «el comentario» que consideramos único e imprescindible en algún momento de las miles de conversaciones en las que participamos a lo largo de nuestra vida.

Interrupciones anunciadas

Exponemos un tema, desarrollamos un argumento, elegimos un símil que ayuda a explicarnos, agitamos la mano e inclinamos la cabeza y entornamos los ojos para enfatizar lo que pensamos y decimos, sonreímos cuando parece que toca… pero también observamos un cierto y constante ademán de intervenir por parte de nuestro interlocutor que, por educación, se reprime una y otra vez. Interiormente, sin embargo, nos sentimos interrumpidos porque psicológicamente nos acosa con esos tics del tipo «pues a mí lo que me sucedió fue…».

Finalmente, cual murallas de Jericó, cedemos a los ademanes del contrincante. Si lo que dice aporta valor a nuestro mensaje o enriquece el diálogo, habrá merecido la pena la interrupción. Ahora bien, si lo que lleva minutos intentando colocar es algo sabido, obvio o tautológico… se puede verificar que de la conversación queda más bien poco.

Si percibimos frecuentes interrupciones anunciadas en nuestros coloquios, quizá el problema no sea de quien interrumpe. Con esto no quiero decir nada más que lo que digo: revisar la puesta en escena no sea que falle en algún aspecto.


¿Te animas a colaborar?

  1. ¿Puedes añadir más tipología sobre las interrupciones ajenas?
  2. ¿Has mandado a la m****a a alguien por interrumpir mas allá de lo soportable?
  3. ¿Eres tú más de los que interrumpes o de los que son interrumpidos?
  4. ¿Tienes alguna historia memorable, divertida, trágica… por interrumpir o ser interrumpido?

¡Mil disculpas: espero no haber interrumpido demasiado con este artículo!