Memorabilia desordenada

Doce cosas que aprendí el año pasado, casi sin querer

Me ocurre cada primer día del año: mi primer pensamiento al despertar está impregnado de cierto asombro inquieto acerca lo que puede ocurrir —o no— en los meses siguientes. Por supuesto, resulta inevitable, sobre todo en un país como Venezuela, en el que el desconcierto y la incertidumbre forman parte del paisaje cotidiano. Con todo, se trata de un hábito tan viejo que pocas veces lo analizo a profundidad. Lo cierto es que mientras el resto de quienes conozco aún continúan celebrando el final de un año y regocijándose por el que comienza, la mayoría de las veces tengo que luchar contra una extraña sensación de incertidumbre que nunca he sabido muy bien a qué atribuir. Mi amigo P. suele insistir en que se trata de mi inevitable —y en ocasiones tedioso— pesimismo.

—Tienes miedo, eso es todo —me dijo hace casi un año, sentados juntos en la terraza de mi casa, mirando el amanecer del primerísimo día del año. —Tienes la sensación de que te esperan trescientos sesenta y cinco días en los cuales podría suceder cualquier cosa.

—No se trata de miedo —le contradije, aunque no muy segura— sino que… es como recorrer de nuevo un trecho interminable que no sé muy bien a dónde me conducirá. Sí, es probable se trate de un poco de desconfianza hacia el futuro.

—Miedo, pues —insistió. Sonreí. La ciudad al pie de la montaña tenía un aspecto inocente, dorado y brillante al amanecer. —No es algo tan incomprensible sabes.

Suspiré. Pensé en todas las cosas que había vivido el año que recién terminaba, en los dolores, las alegrías y las lágrimas que habían construido un año especialmente duro pero que recordaría para siempre. Pensé en todas las veces que me había sentido abrumada, enfurecida o, simplemente, cansada. ¿Tendría la energía para atravesar de nuevo todo el camino? ¿Por qué negar la extraña sensación que me abrumaba? Me encogí de hombros.

—Miedo, sí.

—Pero podría ser bueno lo que te espera.

—¿Y si no lo es? ¿Y sí…?

—¿Y si intentas entender lo que sea que te ocurra desde la óptica de que algo te va a enseñar? —me interrumpió— Hablo de que, dejes de temer a lo que te pueda hacer sufrir y comiences a pensar en que algo pueda mostrarte cómo miras el mundo.

—Qué poético —con mucha prudencia, intenté evitar decir la palabra cursi en voz alta—, no creo que sea tan sencillo.

—No dije que fuera —sonrió con cierta malicia. —Inténtalo y en un año, me dirás qué recibiste a cambio.

No respondí. Continué mirando la ciudad amarilla y dorada, un poco aturdida por el pensamiento de que la cronología y esa noción sobre el tiempo que todos aceptamos por buena, pudiera provocarme una sensación tan ambigua como la que me atormentaba en ese momento. Y me pregunté si el concepto del tiempo, en cierta forma pesimista y basado en nuestra fugaz existencia, era, de hecho, una percepción nostálgica sobre nuestra mortalidad. Contamos el tiempo que nos resta por vivir, no el que vivimos. Contamos las horas que avanzamos, no las que disfrutamos. Se trata de una idea que puede resultar tan desconcertante como hermosa en su melancolía.

—Aprender, entonces —dije por último. Mi amigo se encogió de hombros.

—Doce lecciones.

—Qué optimista.

—Desde luego.

Levantamos las tazas de café que sosteníamos. El sol, ya muy alto, brilló como reflejo de una galaxia imposible en la porcelana. Y la mera visión de ese destello de luz me hizo sonreír. Al menos, el camino a recorrer tendría sabor a cafeína, pensé. Y un poco del color de mi salvaje imaginación.


Ha transcurrido casi un año desde ese día. Un trayecto durísimo, extraño y casi siempre imprevisible. Tal y como prometí a mi amigo, decidí que cada mes podría darme una lección o, al menos, que cada vivencia tendría aparejado una cierto aprendizaje que me permitiría comprender el paso del tiempo no como una derrota sino como algo más cercano a la esperanza. Un año donde encontré que la sabiduría es tan sencilla y cotidiana como un pensamiento consolador. Y más allá de eso, una forma de crear, de asumir que somos falibles en nuestra vulnerabilidad y, sobre todo, tan simples como nuestra capacidad de asombro.

¿Y qué aprendí durante un año entero de comprender que cada día hay una lección que aprender? Quizás, lo siguiente:

Lo necesario de la transformación, la evolución, el cambio

Enero de este año me encontró arrojando a la basura todo objeto y recuerdo personal que no sobreviviera a una primera purga exhaustiva. Comencé a hacerlo por puro aburrimiento y, al final, terminé rompiendo con el viejísimo hábito personal de conservar objetos por el mero hecho de evitarme el dolor de renunciar al recuerdo que simbolizan. Sin esperarlo —y, quizás, sin saber que podría hacerlo alguna vez— me encontré desechando ropa, viejos cuadernos, objetos de colección que, de pronto, encontré habían perdido significado en mi vida. El furor catártico tuvo un rarísimo y violento efecto: me encontré con la clarísima sensación de que por mucho tiempo había necesitado hacer aquello sin atreverme y que, la sensación era definitivamente catártica. Para cuando terminé, no solo el apartamento donde vivo se veía mucho más despejado y limpio, sino que tuve la sensación de un inequívoco alivio personal. Como si luego de la exhaustiva limpieza, hubiese encontrado cierta forma de paz.

Los celtas solían comenzar el año solar —que, por cierto, no coincidía con nuestro actual calendario gregoriano— quemando todo lo antiguo. Lo hacían en una hoguera familiar, reunidos todos los miembros de la aldea alrededor de un enorme fuego purificador. Tal vez haya algo de eso en esa sensación de asombro y de felicidad atolondrada que suele brindar limpiar y ordenar lo que forma parte de nuestra vida. Ya sea de la manera más literal a la más metafórica.

No olvidé la sencillísima lección. A lo largo del año comprobé que el cambio y la transformación —cualquiera sea su dimensión— es saludable; aunque te parezca doloroso e incómodo; a pesar de la sensación de incertidumbre que te provoca esa necesidad de construir sobre lo viejo, de destruir para avanzar, de abandonar para encontrar un nuevo trayecto que recorrer. Lo aprendí a pesar que soy una persona obsesionada con mi espacio personal, con mis pequeñas rutinas y manías, con el falso control que creemos ejercer con lo que nos rodea. Una forma de asumir que todos somos migrantes en nuestro pequeño espacio vital.

El valor de cerrar ciclos

Hace siete años, decidí comenzar una serie fotográfica sobre madres e hijas. Lo hice casi por accidente, obsesionada como lo estoy por las relaciones maternales, siendo la mía tan atípica y, la mayoría de las veces, dolorosa. De manera que comencé a fotografiar a hijas y madres, tías y sobrinos, abuelas y nietos, tratando de encontrar ese vínculo invisible y poderoso que sostiene el sentimiento maternal, sea quien lo profese y lo reciba. No sabía muy bien a dónde me llevaba el proyecto pero continúe por un tipo de curiosidad brumosa que no podía explicar muy bien.

Pasé un buen tiempo obsesionada con la idea hasta que comenzó a irritarme. Quién sabe por qué, esa insistencia mía en encontrar —a través de la fotografía— lo esencial de la maternidad terminó pareciéndome absurda, sin base y sin mayor sustancia, de manera que en un impulso, muy inusual en alguien tan obsesivo como yo, lo abandoné después de cinco años de haberlo comenzado. Aún recuerdo la sensación de incomodidad que me invadió cuando guardé la última fotografía impresa y pensé en que, quizás, el proyecto nunca había tenido real sentido; como si se tratara de una pieza en un gran rompecabezas mental que no encajaba en ninguna parte.

Recordé esa sensación este año, cuando en febrero, volví a retomar el proyecto. Luego de casi dos años de silencio, volver a investigar sobre las relaciones maternales y su complejidad, me produjo una profunda incomodidad. Pero volví a hacerlo y encontré que había intentando enfocar el asunto desde una perspectiva profundamente pragmática, como si fuera posible fotografiar un vínculo emocional por el mero deseo de hacerlo. Así que comencé a hacerlo desde cierta respetuosa distancia, comprendiendo la sutileza. Y de pronto, la serie —la idea— cobró vida de nuevo. Y con ella una singular sensación de triunfo que me llevó algunos días digerir. Porque no solo se trató de retomar un tipo de visión fotográfica a la que había renunciado, sino de admitir que mi percepción sobre el tema había crecido y madurado para permitirlo. Y comprendí lo necesario que había sido el tiempo en silencio que había transcurrido.

Así que aprendí que todo ciclo debe cerrarse. De manera simbólica o, incluso, directa. La idea es cerrar un espacio de tu mente y comenzar a construir una nueva. Y quizás madurar en el trayecto.

Conservar la capacidad de asombro

A pesar del cinismo, de la inevitable amargura y de esa sensación de cierto tedio que puede provocar un mundo sobrecargado de estímulos, imágenes y experiencias, el asombro es la capacidad de mirar el mundo como si fuera algo nuevo, como si cada cosa fuera recién hecha y construida. No resulta fácil, seguramente, lleva un poco de esfuerzo. Pero es, quizás, parte de las mejores cosas que aprendí —redescubrí— este año.

Esto gracias a que me empeñé en mirarlo todo como si lo hiciera por primera vez. Tengo la ventaja de que la cámara —y lo que construyo a través de ella— me lo permite, pero, aún así, me llevó cierto esfuerzo volver a mirar el mundo como si acabara de descubrirlo. Y me ayudó, justamente, liberarme un poco de mis prejuicios, de mis dolores y de mis temores, para atreverme a avanzar en una dirección distinta a la que suelo recorrer. Y el resultado fue tan oxigenante, como profundamente emocionante. Una renovación espiritual pequeña y trascendental.

De manera que, intenta mirar lo que te rodea con atención. La suficiente para encontrar un ángulo nuevo de lo que te parece conocido, una idea novedosa en ese lugar mental que te pareció ya no tenía nada nuevo que decir. Un eterno renacimiento de cada elemento que forma tu mundo interior.

Aprender a decir adiós

No es sencillo despedir a alguien que amas. Si extrapolamos la idea, tampoco lo es despedirte de viejos hábitos, ideas y costumbres. No obstante, hacerlo es, quizás, la manera más sana de culminar una etapa y de comenzar una nueva sin deudas morales o espirituales qué lamentar. ¿Llamas constantemente a tu ex? ¿Continúas sosteniendo una amistad que sabes que es profundamente tóxica? ¿Conservas hábitos poco saludables y autodestructivos? Aprendí, este año, que decir adiós —con franqueza, sin remordimientos, ni arrepentimientos— te permitirá, no solo crecer sino cerrar puertas personales. Aprende a responsabilizarte por lo que haces, antes de culparte por tu afición a hacerlo. Culminar historias que quizás necesitaban una conclusión para tener un verdadero sentido que pudieras comprender a cabalidad.

Asumir nuestros errores sin justificarnos

Cuando era más joven, me preocupaba muchísimo cometer un error. Me hacía sentir torpe y, sobre todo, incapaz de asumir mis responsabilidades, cualesquiera que fueran. A medida que fui creciendo, me obsesioné con la idea de cierto perfeccionismo absurdo, como si el mero hecho de admitir que podía equivocarme, era ya una fuente de preocupación continúa. Crecí con la idea que errar era de torpes, no de humanos.

Suena tópico y melodramático pero, en realidad, aceptar que cometiste un error es el primer paso para una solución concreta y saludable. Y eso lo descubrí este año, cuando finalmente me permití admitir que me equivocaba en muchas ocasiones y que ese errar y avanzar era una fuente de aprendizaje en sí mismo. Buscar justificaciones, culpables y excusas no tiene demasiado sentido: al final, el resultado es el mismo. Así que, intenta encontrar la forma de enmendar lo que sea que hiciste —o dejaste de hacer— de la forma más rápida y eficaz posible. ¿Suena muy sencillo? En realidad, lo es. Pasamos buena parte del tiempo intentando no admitir que podemos equivocarnos y lo que es aún más ambiguo, que cualquier equivocación tiene una excusa. Pero, al final de casi cualquier situación, nuestra responsabilidad en cualquier error —ya sea profesional o de índole privado—, casi siempre, es por completo nuestra. Así que encauzar nuestras energías en buscar una respuesta concreta —sin atajos ni dilemas morales— es, sin duda, la forma más directa de enmendar cualquier equivocación.

No reaccionar al comportamiento ajeno

Por años, conocí a una fotógrafa con graves problemas de inseguridad que entablaba competencia con cualquier mujer a su alrededor. No solo se sentía menospreciada e, incluso, atacada por cualquier comentario crítico, sino que su inmediata reacción era refugiarse en complicados dramas emocionales para asegurarse el centro de atención. Su conducta siempre me pareció errática y sofocante, pero nunca creí que pudiera afectarme… hasta que empezó a involucrarme en lo que parecía una especie de ciclo de confrontación incesante. Comenzó a dejar correr rumores sobre mis «ataques» personales hacia su trabajo, hasta que, por último, tuvo un vergonzoso estallido público donde me acusó de «envidiarla». La situación se hizo progresivamente más tensa e irrespirable hasta que, finalmente, se convirtió en un conflicto errático que no comprendí bien, pero en el que parecía estar involucrada sin querer.

No supe como reaccionar. Hasta que comprendí que no debía reaccionar de ninguna forma. Que hacerlo era una manera de continuar un ciclo interminable de dimes y diretes en el que no me interesaba participar. Dejé de preocuparme de lo que podía ocurrir o decir, de hacer o, incluso, de lo que podía acusarme. Finalmente, el conflicto se diluyó y perdió sentido. O al menos, así ocurrió en mi caso. Dejé de interesarme en la confrontación y, simplemente, desapareció. O quizás no lo hizo, pero al menos dejó de afectarme.

Se suele decir que no puedes controlar lo que hacen los demás, sino como reaccionas a lo que haces. Y justamente eso fue lo que aprendí este año.

A no disculparme ni justificarme

¿No deseas acudir a esa reunión de amigos a la que te invitaron? ¿No deseas hacer esa llamada telefónica que tanto te molesta? No lo hagas. ¿Suena desconsiderado? Piénsalo de nuevo. ¿Cuántas veces has hecho alguna cosa por complacer expectativas ajenas? ¿En cuántas ocasiones te agobia la necesidad de asumir una responsabilidad solo porque alguien más te obliga a hacerlo? Con frecuencia, nuestra necesidad de empatizar y de agradar nos presiona tanto como para tomar decisiones agobiantes. Y no es suficiente decir que «no» de vez en cuando —cosa que a la mayoría nos lleva un enorme esfuerzo— sino, también, comprender que no debemos dar explicaciones sobre nuestro comportamiento. Como buenos hijos de una sociedad obsesionada por el optimismo y la bondad artificial, el comportamiento social suele asimilarse bajo ciertas ideas bastante obvias. Abandonar el hábito de la disculpa gratuita, la justificación es, quizás, una de las lecciones más importantes que aprendí este año.

A tener mucho miedo

Se habla mucho sobre la valentía y el arrojo, pero muy poco sobre el valor del miedo. Puede parecer extraño, pero tener miedo te permite avanzar hacia regiones de tu mente a la que no te hubieses atrevido a avanzar de no tenerlo. El miedo este año me permitió enfrentarme a mi trastorno de pánico a través de mis fotografías. Mi miedo a hablar en público me hizo buscar soluciones prácticas e imaginativas para expresarme en voz alta. Mi miedo a la muerte me hizo comenzar a vivir a plenitud. Y es que hay una cierta furia cuando descubre que el miedo te invalida, te detiene, te paraliza. Aprendes a lidiar con la cuestión del miedo como parte de lo que debes vencer a diario y al hecho de que existe. Que no se trata de un sobresalto o una idea brumosa, sino que, el miedo es parte de tu mente y aprender a manejarlo —comprenderlo, atenuarlo— es un triunfo que te permite madurar y avanzar hacia una visión más poderosa del mundo. ¿Parece un pensamiento extraño? Desde luego que lo es. Pero el miedo es parte del mundo, de la vida y de quién somos. Y asumirlo es una forma de crear un camino claro para enfrentarse a esa idea.

A disfrutar de mis rarezas

Todas las mañanas desayuno un café negro con un trozo de pan con mantequilla. Todos los días ordeno mi escritorio de manera simétrica y enfermiza. Todos los días leo las mismas páginas de noticias en exacto orden. Lo que quiero decir es que tengo una serie de numerosas manías adquiridas que, de alguna forma, construyen mi cotidianidad y que más de una vez me he preocupado por ocultar por parecerme insólitas, necias e, incluso, verdaderas locuras. Este año aprendí a disfrutarlas. Y, más allá de eso, a celebrarlas.

Porque «rarezas» —esas peculiaridades que te hacen ser quien eres— es parte de tu historia. La manera en como comes, bebes, te vistes, te maquillas. Lo que lees, la música que escuchas. Es parte de ti mismo y aceptarlo te permitirá sentirte más cómodo en tu piel. Disfruta de lo que te hace distinto y sobre todo, único.

A comprender que necesitas dejar caer equipaje emocional

No, no se trata de un consejo de autoayuda. Se trata que abandones, por mera salud mental, el rencor y todo lo que te agobia. ¿Que no es tan fácil? Claro que no lo es, pero es necesario. El rencor es un sentimiento natural y que todos hemos sentido una que otra vez. Y, además, es hasta necesario; la furia y el rencor nos hace recordar que alguien atravesó y menospreció nuestros límites. Que nos provocó dolor. Pero llevarlo más allá de un reconocimiento de invasión de un espacio personal o intelectual, lo único que hace es crear nuevos límites a los que tendrás que obedecer. De manera que déjalo ir; deja la furia contra el que te insultó hace tres años, el ataque personal que recibiste hace una década. Plantéatelo de esta manera: ¿conservarías una prenda de ropa vieja por tanto tiempo? ¿Un objeto inservible? Pregúntate por qué continúas tan obsesionado con el rencor, tanto como para llevarlo a otros espacios de tu vida. Y procura asumir que con toda probabilidad solo a ti te afecta. No se trata de perdonar —que es otro tema y es, básicamente, una percepción moral y casi espiritual sobre el asunto— sino de asumir que la herida abierta es tuya y de nadie más. Después de todo, el odio y otros sentimientos semejantes son tan personales como el amor que, solo tú puedes comprender hasta qué punto te hieren o te abruman, así como el momento en que dejen de hacerlo.

Comer bien y sin culpabilidades

Aquí viene algo polémico: no me refiero a comer sano, que es otro tema, sino a dejar de sentirme culpable por disfrutar de comer. Sea sano o no. Este año, lejos de las dietas y las imposiciones estéticas, redescubrí el placer de paladear lo que me gusta y de comprender hasta qué punto comer a capricho, es una manera de disfrutar de un tipo de hedonismo muy primitivo. ¿Quiere decir eso que no cuido de mi salud? Lo admito, no siempre lo hago. Pero soy responsable por eso, así como por el hecho de admitir que comer es de mis principales placeres. Que paladear una buena repostería, alguna que otra fritura, que concederme caprichos no es un atentado contra otra cosa que cierta idea social que decidí no aceptar. O hacerlo a mi manera.

Ser feliz siempre que puedo

Pasé buena parte de mi vida sintiéndome culpable por ser feliz. Por disfrutar de películas infantiles, por reír a carcajadas por chistes malos, por paladear un buen café. Me parecía que la felicidad debía ser algo más complejo, más complicado, más extraño, más poderoso. La felicidad como una idea amplia. Una imagen fija de satisfacción. En un año tan difícil y complicado como este, decidí que la felicidad son pequeños grandes momentos. Los inolvidables, los que te arrebatan de una emoción asombrosa. Lo que no olvidas. La felicidad es satisfacción, es una risa. Una fabulosa capacidad de comprender que, de vez en cuando, te ocurrirá algo asombroso que valdrá la pena disfrutar. Así de sencillo. Así de infantil, quizás. Pero la vida a veces es un pequeño obsequio que hay que disfrutar.


Mi amigo P. sonríe cuando me escucha explicarle —a mi manera desordenada y pintoresca— todo lo anterior. Sentados de nuevo en la terraza de mi casa, a pocos días de fin de año, pareciera que somos un poco más niños y también un poco más viejos. Se inclina, choca su taza de café con la mía y ríe en voz baja.

—Y ahora eres una alma libre y candorosa —bromea. Me encojo de hombros.

—Sería tu culpa, de serlo.

—A veces olvidamos con tanta facilidad que la vida son piezas sueltas. Que encajarlas o no, no tiene la menor importancia. Que lo realmente bonito es…vivir.

No agrega nada más. Mira la ciudad azul y callada, a la distancia casi inocente. Pero entiendo su silencio, sé lo que vendrá después. Porque a veces, vivir es un negocio riesgoso, pero también una apuesta solemne por crear y crecer. E, incluso, simplemente aspirar a cierto tipo de paz.

C’est la vie.

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