Mirar por la ventana: el mundo de afuera

Me asomo por la ventana y veo a Alicia barrer y menear el culo para Jorge. Le gusta calentarlo, me lo confesó borracha con un vaso de Vodka Seven en la mano. Jorge vive en el edificio de enfrente y se despierta todas las mañanas a mirar a Alicia. Marta saca a cagar a sus dos perros salchicha que olfatean mierda mal recogida y orines de otros canes. Una pareja de pepenadores urga en la fétida basura y aplasta a las cucarachas que huyen de la muerte. Una hilera de automóviles se amontona. Defensa contra defensa. Los conductores desesperados hacen sonar sus cláxones. Una mujer sudada, en licra, corre sobre la acera. Una hora más tarde pasará caminando con medio litro de jugo de naranja. Relajada. Respirando el aire contaminado de la ciudad. En la esquina, la vecina del siete vende tortas de milanesa. Un joven en traje y corbata revisa su celular mientras espera su torta grasosa. Se ve sin prisa. Una maestra de Kinder Garden esquiva un charco de agua podrida.
Me alejo de la ventana y me sirvo un vaso de agua. En este barrio de clase media pasan pocas cosas interesantes. Nadie pelea y nadie se queja. Todos fingen tener una vida perfecta y vivir en el lugar más cool de la ciudad a pesar de que todo se esté pudriendo a su alrededor. La contaminación, el olor a mierda, las cucarachas, los limosneros, pepenadores e indígenas en la miseria, no tienen lugar en su mundo de felicidad. Existen, pero deciden ponerlos tras bambalinas. Mostrar solo la fachada, lo bonito de la colonia, su vida y del mundo. Viven de las imágenes que hacen correr en sus redes sociales.
A veces, cuando olvido los problemas que implicaba vivir en una zona marginada de la ciudad, extraño mi antiguo barrio. Sus historias y sus personajes. La vecina con la música a todo volumen. Cantando alegre de borracha y al otro día sus lamentos. O aquel vecino que vende droga y siempre te dice «quieres algo carnalito, tengo de todo, para todos los gustos: tacha, línea, piedra, chiva, resistol, lo que quieras». Y qué decir de doña Magos que vende ropa vieja, siempre quejándose de que el vecindario está lleno de mal educados y timadores.
Todo eso ha quedado atrás. Ahora vivo aquí. En el sur de la ciudad. Entre licenciados, arquitectos y comerciantes bilingües. Esperando a que algo suceda. Debería estar feliz, no lo sé. Quizá deba fingir que todo está bien porque hay árboles, mascotas, carros de lujo y gente «bonita». Quizá deba seguir contribuyendo a esta farsa de actores de segunda que pretenden ser de primera. Pero la primera no existe. Solo los bobos se creen «diferentes» e importantes. Y yo, yo no soy ningún engañabobos.

