Parte I

6 de julio de 2012


El día empezó nublado, pero eso no impidió que él saliera tras su papá diciendo adiós, miraba como se alejaba hacia la playa para empezar su día de trabajo. Juan López es un pequeño balneario turístico en verano, a unos 30 km al norte de Antofagasta, pero en invierno está casi desierta, habitada solo por las pocas familias que viven de la pesca. Aun así es común ver en el atardecer alguna que otra familia que va desde la ciudad a pasar la tarde y toman té acompañado del sonido de las olas y la brisa marina.

Como todo los días de ese invierno, el pequeño Arturo junto a su perro Nieve —un siberiano blanco de ojos azules como el cielo—, solían jugar atrás de su casa —esta era la última de la cuadra y el terreno desierto que la seguía, era prácticamente su patio—. Siempre se quedaba mirando atónito al horizonte, conocía muy bien el lugar a sus cortos ocho años pero cada vez que estaba allí sentía la sensación que había sitios y cuevas sin explorar y ese día no fue la excepción. A campo abierto, salió a recorrer la zona con su perro, podía pasar horas caminando, examinando las piedras y conchas que iba encontrando en el camino. Se detuvo un instante y miró con veneración el acantilado que daba a una pequeña playa con arenas blancas y aguas cristalinas. El acceso a esa playa era por mar, partiendo desde el lugar en donde su padre se embarcaba por una bajada rocosa.

Rodeó el acantilado y recordó que siempre le decían que no debía caminar cerca de ese lugar, era peligroso, prohibido y eso no le restaba atractivo para seguir.

No dudo un segundo, se arrastró por aquel sendero junto a Nieve y pudieron llegar a la playa. Al otro extremo divisó una cueva, lugar perfecto para investigar. No entraba mucho la luz del sol pero si podía distinguir esas conchas que tanto le gustaba coleccionar, mientras más se adentraba iba encontrando más y más.

Se sentó para admirar todo su tesoro y de reojo captó una mancha roja que cubría una roca unos pasos más allá de donde estaba él. Pensó que podía ser una especia de alga o algún animal muerto. Su curiosidad pudo más y fue a mirar que podía ser eso. A sus ocho años, nunca había presenciado tal cosa y nunca había sentido tanto miedo. El sudor helado que se empezó a deslizar por su espalda le dio un escalofrío que nunca olvidaría y, como no, lo que estaba viendo era un cuerpo de un hombre con la piel azulada y los ojos fijos en los de Arturo. Fue preso del pánico y no pudo moverse al ver tal cosa —sí, cosa, no había otro adjetivo para definirlo—. Las moscas revoloteaban encima del cuerpo desnudo saciando su hambre, especialmente desde la herida que tenía en la pierna, una pierna casi arrancada completamente del cuerpo. Cuando pudo reaccionar lo único que atinó hacer fue salir corriendo de ahí con su perro que lo seguía aún con el miedo en el corazón de ver tal asquerosidad.

Corrió como nunca, ya no importaba si lo castigaban por haber ido a aquel acantilado.

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