Poesía: mi dulce pero implacable rival
Por qué la frase «Es que no le llego» para con este género es para mí algo tan personal… a nivel casi preocupante

Después de la vida, lo que yo más agradezco que mi madre me haya contagiado es el gusto por la lectura. La lectura ha sido una constante para mí desde que tengo uso de razón, empezando por libros, siguiendo con periódicos y revistas, terminando en artículos en Medium. Ensayos, crónicas, libros otra vez, artículos, tuits, hilos de tuits, afiches, murales. Si se lee y me engancha, si pasa frente a mí lo atajaré y leeré.
Excepto la poesía.
Es el único género literario con el que tengo una extraña no-relación. Es como cuando llegas a un trabajo nuevo y te presentan a alguien que no va a trabajar contigo pero está en el mismo piso, sabiendo que lo vas a ver todos los días. Muchos de los compañeros tuyos han hablado con él y te dicen que es buena persona, que te puede hasta ayudar con tus cosas. Así que vas y te le presentas, y no te cae mal. Al contrario, pero… nunca le invitas a un café. Jamás comen juntos. Cuando han interactuado es porque el último asiento disponible en el comedor es el que estaba enfrente de ti. En efecto, reconoces que tiene algo que ofrecer, pero no te mueve nada. Y entonces tus amigos siguen hablando maravillas de él, y tú te sientes como un paria, a pesar de que siempre logras encontrar puntos en común con todo ellos. Pero, ¿por qué con este señor no?
Una amiga una vez me dijo: «Lee un poema, es bueno para tu alma». Y no es como si fuera un ignorante al respecto. Sé que La Ilíada es en realidad un poema épico, al igual que la historia de Beowulf. Conozco la importancia de la generación beat, en especial gracias al poema «Aullido» de Allen Ginsberg. Como buen católico, sé que los Salmos son en realidad poesías de alabanza a Dios. Sé del trabajo de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Emily Dickinson, Keats. Sé por supuesto que Sean Penn hizo famoso a un compatriota (Eugenio Montejo) al recitarle sus versos a Naomi Watts en 21 Gramos. Sé que Leonard Cohen y Bob Dylan son a veces considerados poetas que cantan, en vez de músicos (por Dios, ¿no le acaban de dar el Nobel de Literatura a Dylan?). Y estoy muy pendiente de ver la última película de Jim Jarmusch, Patterson, sobre un conductor de autobús que escribe poesía inspirado por su día a día (algo digno de otro escrito), que tiene poesía original del estadounidense Ron Padgett y está inspirada en los trabajos de William Carlos Williams. La poesía no me es ajena, no es un mundo desconocido al que rechazo como el del reguetón (asco), ni que me parece demasiado complicado para conocer más de él, como la física cuántica. Muy al contrario, he intentado varias veces acercarme a él… y fallo.
Nunca he podido leer «Aullido» por completo, ni en físico ni en digital. Por supuesto, jamás he leído La Ilíada en su forma original. Sé que «Me gusta cuando callas porque estás como ausente» es original de Neruda, y sé bien que cuando alguien «no se irá dócilmente a la buena noche» está citando a Dylan Thomas, pero nunca me he aprendido ningún poema más allá de eso. Y cada vez que me siento a leer un libro de poesía, invariablemente divago. Ni siquiera un haiku es capaz de enamorarme por mucho tiempo, así como para memorizarlo. Es la más banal de las frustraciones, lo sé. Pero es frustración igual.
Muchos de mis amigos, los más duchos en el mundo de la poesía, me dicen que me lo estoy tomando demasiado a pecho. La poesía, como toda expresión artística, no es algo que deba tomarse por obligatoriedad. Tú te acercas a él porque te llama, no porque quieres pertenecer a un grupo (aunque, bueno, ya llegaremos a eso). No entienden por qué tengo tal pleito con algo que debería ser un placer. Es igual que cuando estás leyendo un libro que no estás disfrutando; con tantos otros esperando a descubrir, ¿para qué quedarse enganchado en uno que te cuesta tanto?
Tengo tres razones. Dos de ellas son ellos.

Pablo Rojas Guardia y su hijo Armando son quizá los dos poetas más importantes de mi vida. El uno, parte de la generación del 28, ellos que se opusieron a Gómez, que fue secretario de cultura de Medina Angarita, fundador del grupo literario Viernes. Él, uno de esos poetas que siempre está en la conversación, así no llegue un verso suyo salir de la boca de un actor hollywoodense, pero muy merecido miembro actual de la Academia Nacional de la Lengua.
Pero yo los llamo «abuelo» y «tío». Son el padre y el hermano menor de mi mamá.
Y no puedo nombrar sino uno solo de sus libros (Trópico Lacerado de mi abuelo, El Dios de la Intemperie de mi tío). Siento la responsabilidad de esos genes. Creo que por eso me dedico a escribir. Por eso amo leer. Y por eso me intriga saber de poesía así me cueste tanto. ¿Por qué la poesía en particular se me hace tan difícil?
Creo que la otra razón que tengo tiene más peso. Mi tío mismo me diría que no tengo por qué tomármelo tan a pecho (la verdad nunca he hablado con él de esto; tarea pendiente). Como ya dije, la poesía se hizo para disfrutarse, para sentirla, no para tenerla como tarea. Pero si fuera un rechazo lo que siento, lo dejaría así, avergonzado de que no puedo compartir eso con mi tío y mi abuelo (QEPD). Es que la poesía me sigue llamando. Sigo intrigado por ella, sigo queriendo sentir esa paz espiritual que tanto me prometen al leer un poema.
Esta es mi pequeña petición de ayuda a la comunidad de escritores que hay aquí. Quiero sus poemas o versos favoritos en sus respuestas. Originales suyos, o de alguien más. Me comprometo a leerlos todos. Quiero recomendaciones de libros, poetas poco conocidos, famosos imprescindibles. Quiero beber poesía en mi camino hacia mi primer libro. Y mientras, les obsequio dos poemas de mi abuelo y mi tío, y les pido que busquen su obra.
Ahora
Las palabras que no se han dicho
se estuvieron haciendo verso.
Verso de ayer, y de hoy, y de siempre.
Sonidos equidistantes del cerebro y del corazón:
Pajarera americana de sangre y de sueño,
la garganta,
doblada de español y de indio,
o de negro y alemán.
Y así es la voz sonámbula:
Agazapada en los espejos
que tienen el eco de los gestos incumplidos;
rebelde — a la inversa —
va del grito a la pupila caída
que ya todo lo aprueba;
estirada, incógnita, encinta de albas,
— otra vez — sobre los campos yermos;
tierna,
en el desfiladero de las voces fraternas.
(Voces Sonámbulas, Pablo Rojas Guardia, 1932)
Salir (extracto)
Salir, siempre salir. El éxodo es mi patria.
Encontrarse saliendo una y otra vez
del hogar esclavizante. Afrontar
la libertad de partir continuamente
al retomar la llave que impedía
el paso decisivo: despedirse.
Que la casa se transforme en campamento
a desmantelar cada mañana. Que la marcha
se inicie, puntual, en la precisa hora,
la que obliga a encarar el adelante
y no mirar hacia atrás, no prolongar
el adiós junto a la inminencia del trayecto.
— (Mapa del Desalojo: Poemas Escogidos. Armando Rojas Guardia. 2014)
Pueden leer una entrevista con mi tío Armando respecto a El Deseo y el Infinito, su más reciente libro, el diario que decidió llevar desde 2015.
El blog Digopalabratxt tiene tres poemas más de mi abuelo Pablo.

