Por lo menos un rayo de sol

‘Qué extraño llamarse Federico’ (2013)

El director italiano Ettore Scola había decidido retirarse del cine en el año 2011. Tenía 80 años y ya no se sentía poseedor de la energía necesaria para rodar una película. Sin embargo, dos años después de su anuncio volvió tras las cámaras para rendirle un homenaje a su queridísimo amigo Federico Fellini con una película que, además de ser un testimonio palpitante de la amistad entre los dos cineastas, retrata la omnipotencia creadora del autor de La dolce vita.

Qué extraño llamarse Federico se estrenó en Italia en septiembre de 2013, a pocas semanas de cumplirse 20 años del fallecimiento de Fellini. Entre los actos conmemorativos que se celebraron por todo el país, ninguno fue tan entrañable y sincero como esta película proyectada en la Muestra de Cine de Venecia de ese año.

Para Scola no fue difícil condensar la historia de Fellini en apenas 90 minutos. La película no tiene rigor biográfico ni está atada a un estricto orden cronológico. Quizás es por eso que escapa a cualquier definición, pues no podría catalogarse como documental o biopic. En las propias palabras de Scola, es «una especie de retrato cubista que incluye materiales inéditos, pedazos de filmes, recreaciones y entrevistas. Pero sobre todo recurrí a mis propios recuerdos. Para mí, Federico era como un pinocho que no se transformó en un niño de verdad, sino que vivió libre de toda atadura, venciendo incluso a la muerte».

Así, Scola comparte la imagen que tenía de su amigo mostrando la manera en que sus caminos se cruzaron cuando eran jóvenes: Fellini, con apenas 19 años, a finales de la década del treinta, llega de Rimini a la gran Roma para buscar trabajo en el diario satírico Marc’ Aurelio, armado con un catálogo de caricaturas e historias que pronto conquistaron a los lectores, entre quienes se encontraba el pequeño Ettore, encargado de leerle a su abuelo ciego. A la misma sala de redacción, con 16 años —idéntico arsenal de caricaturas e historias bajo el brazo— llegó Scola ocho años después que Fellini. No tardaron en conocerse a través de amistades comunes, especialmente la del jefe de redacción Ruggero Maccari, quien también se convertiría en un prolífico guionista.

El tono evocador con el que Scola recrea estos encuentros tiñen la película de una intimidad que nos hace partícipes de extraordinarios recorridos: a la vez que paseamos por las calles de Roma con Fellini al volante, explorando la fauna humana que le servía de inspiración al insomne director para sus historias, nos adentramos en el genio de un artista adicto a la vida, incansable, insaciable, dueño de una voz que resuena a través de los tiempos. Algo que Scola sabía como nadie, pues bajo el influjo de esa voz él mismo creció como cineasta.

Fotograma de ‘Che stano chiamarsi Federico’

Por lo tanto, es la memoria del director de 82 años la que sirve de hilo conductor: las escenas obedecen a un orden aleatorio que se cohesiona gracias al uso de un narrador cuya facultad de saltar en el tiempo para asomarse a la vida de los cineastas, lo convierte en una especie de Virgilio que nos guía a través de una complicidad sagrada dentro de la que se formulan poderosas ideas sobre el arte, la vida y el acto de crear.

Qué extraño llamarse Federico es el último título de la filmografía de Scola y este hecho no deja de parecer profético o por lo menos paradójico, pues el filme con el que se despide del cine y de la vida, no solo es un homenaje póstumo a Fellini sino que se lee entre líneas como el saludo vehemente que se dedican los amigos entre sí cuando, después de estar ausentes por años, se reencuentran. De esta manera, Scola cumple el deseo que a muchos de nosotros nos queda cuando le damos el último adiós a un ser amado: queremos creer que volveremos a verlos en algún lugar o que al marcharse se convierten en nuestros dioses personales, ángeles incondicionales que permanecen a buen resguardo en los confines de la memoria.

Y sin embargo, es escasa la dosis de melancolía de la película pues la vitalidad arrolladora de Fellini y las imágenes que dejó como legado electrizan de gozo y humor toda la obra.

Incluso al final, recordando cuando su productor le exigía que por lo menos un rayo de sol iluminara el epílogo de sus películas, Scola decidió convertir el escenario más lúgubre en el inicio de una nueva aventura: el funeral de Fellini se llevó a cabo en el mítico Teatro 5 de los estudios Cinecittà, donde el director había rodado la mayoría de sus películas. A lo largo de tres días, miles de personas desfilaron frente al ataúd custodiado por carabinieri vestidos de gala. Amigos, familiares y admiradores de rostro afligido pasaron uno a uno para despedirse. Y entre las imágenes reales de este cortejo fúnebre, Scola introduce su propia recreación, una en la que la muerte no es tal. El director de La Strada, furtivo, escapa de su propio entierro como un saltimbanqui apurado que solo tiene tiempo para jugar. Ese rayo de sol que Scola elige para concluir su película es sencillamente un fascinante montaje que reúne las escenas inmortales del cine con el que Federico Fellini celebró la vida y alumbró una buena parte de este mundo.

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