¿Qué es un México?

Imagen realizada en Photoshop por Vicente Fernández.

Una amiga francesa me dijo una vez que en Francia nadie discute sobre lo que significa «ser francés»; que Francia no es como México, donde todos discuten sobre la identidad del mexicano, donde el libro más famoso de nuestro único Premio Nobel de literatura es sobre la identidad del mexicano, donde la frase más dicha por mexicanos en el extranjero es «como México, no hay dos».


Ibargüengoitia dice que en el extranjero puedes reconocer a los mexicanos de varias maneras, además de las obvias, claro. Por ejemplo, viendo como toman rebanadas de pan como si fueran tortillas para comer la sopa o descubriéndolos con cinco bolsas de supermercado en la playa, porque siempre son los que llevan más cosas inútiles a la playa. Sin embargo, he encontrado una forma infalible para descubrir a auténticos mexicanos no solo fuera, sino dentro de México: la manera en la que enrollan una tortilla, desde la punta inferior, con las palmas rectas. Solo los mexicanos hacemos eso.


Mi amiga Maiko ha vivido en Tokio buena parte de su vida. Ella ama México, ha vivido también aquí, por años, de hecho.

En Tokio hay un restaurante mexicano que se llama Tepito. Hacen comida mexicana «auténtica». Claro, así dicen todos los restaurantes extranjeros, pero tal parece que Tepito sí cumple, porque Maiko nos contó que muchos mexicanos han llorado ahí. Sin embargo, dice Maiko, cuando ella fue, lloró, y el gerente se acercó para preguntarle si estaba bien. «Habíamos visto llorar a mexicanos, pero nunca a un japonés».


Una vez tomé con Silvana un tour que iba de Budapest a Bucarest. Costaba algo así como veinte euros, es decir, un precio inverosímil por un viaje de más de doce horas. El descuento del boleto se debía a que el tour estaba lleno, salvo por dos asientos que decidieron rematar de última hora. El resto de los turistas eran rumanos volviendo a Bucarest y a las demás ciudades donde vivían. Además todos eran viejos, salvo por un trío de niños.

Cuando abordamos el camión fue entre aplausos: nos habían estado buscando en la terminal durante horas, y nosotros a ellos, porque resulta que el camión no tenía permiso para estacionarse en la estación, así que se quedó en la calle contigua. Pero no solo les daba gusto habernos encontrado, sino que sentían un genuino placer de conocer extranjeros tan lejanos, mexicanos, que llegaran a conocer su país. «Hello, amigo», nos dijo un señor. Nos regalaron galletas. Nos presentaron. En un restaurante a la mitad de la carretera nos invitaron una bebida tradicional que sabía a alcohol etílico con aceite de motor, como todas las bebidas tradicionales para sorprender extranjeros.

El guía del tour era increíble. Tenía una banderita de Rumania que ondeaba para reunir al grupo. Era el señor más rumano que jamás conoceré. En un momento de inspiración, tomó el micrófono del camión y cantó tres canciones tradicionales, a capela. Cada que alguien bajaba del camión en un pueblo, el señor lo voceaba para que todos aplaudiéramos.

Me sorprendió tanta generosidad, pero al otro día, cuando salimos a recorrer Bucarest y luego las playas rumanas, las cosas se comenzaron a explicar por si solas. En la noche siguiente terminamos en una feria de pueblo que no podía ser más mexicana: sonaba reguetón en todas las máquinas, había carritos chocones, cinema 7D (luego Silvana encontró un cinema 8D), canicas, y por supuestos el juego mecánico que en la Ciudad de México se conoce como la Nao de China, que es un vagón que da vueltas veinte metros en el aire. Los juegos tenían, claro, murales en aerógrafo: John Travolta, Los Muppets, Godzilla, Power Rangers, Gokú.

Estuvimos un rato en la feria y luego fuimos a los puestos de comida. Compramos un kebab. Mientras lo comíamos, llegamos a la conclusión de que si estuviéramos en México, no tendríamos un kebab en las manos sino un elote asado. Todo lo demás hubiera sido idéntico.