Ropa sucia

Dos monedas, una hora. Ella abre el diario y se sienta en un banco de la lavandería. Separa los recuerdos, los sueños y los deseos: a un lado, los grises; al otro, los de color. La colada de su vida centrifugada entre canciones amarillas, fotos escondidas y notas al margen.

Hace tanto tiempo que no escribe que ni tan siquiera comete faltas de ortografía. Lo dejó como quien deja de fumar, porque le dolía el corazón en cada letra. Y las musas la abandonaron como se abandona un amor, sin misericordia. Había escrito todas las canciones de amor del mundo y ahora la orquesta del Titanic tocaba la banda sonora de su vida.

Cierra el diario, se levanta, recoge la ropa y el olor a niñez le recuerda que lo malo de los sueños no es que no se cumplan, es que desaparecen cuando se hacen realidad.