Sentimientos de mosca

Había hasta tres moscas hoy en mi casa, volando con displicencia en el centro del comedor. Señal inequívoca de que se avecina el calor, las moscas volando en la semipenumbra de casa son la representación figurativa de la paz del hogar, de la tranquilidad de estar en casa. No entiendo por qué uno tiene que aventarlas con esa misma determinación irracional con la que los perros persiguen a los gatos. Vaya este texto que sigue en su desagravio, de alguna manera.

¿Cuánto tiempo necesita la mosca, que apareció de improviso en tu casa, para acomodarse y dejar de sentirse como el extranjero que visita una tierra desconocida?

¿Cuánto tiempo ha de pasar para que cree sus propios mitos, la historia que se sumerge en el seno de los tiempos, para ordenar en su mente una mitología, un hogar, una cultura?

¿Y hasta qué punto esa mosca, volando tranquila en el centro del comedor de tu casa, una vez adquirida conciencia de pertenencia, siente que la expulsan de su hogar, de su mundo, cuando la tratas de abatir con una toalla, o la asustas braceando, haciendo que salga huyendo por la ventana?

Sí, piénsalo.

Porque la mosca se resistió a ser expulsada. Consciente de la idoneidad del lugar, esquivó tus acometidas, apenas acelerando el vuelo y moviéndose en línea quebrada. Sólo cuando la vigorosa sucesión de mandobles la acorraló se vio en la necesidad de huir por la ventana.

¿Por qué nunca te preguntas cuánto tiempo necesitó esa mosca para hacer de ese espacio su hogar, el lugar donde pasar el resto de su vida? ¿Ni cuánta injusticia y terror tiene que sentir cuando fuerzas superiores a todo lo inteligible, un verdadero hado destructor, se vuelcan sobre ella, haciendo inútiles sus quiebros, sin que medie otro agravio imaginable que el de su sola existencia?

Aventada como hoja seca, mosca sin patria, se abandona aturdida al abismo de aire entre dos bloques de hormigón de quince plantas. Un universo frío e inhóspito, con rachas de brisa que la traen y llevan y la convencen de que ya no es dueña de su destino. Dejándose llevar, aterida, acaba abalanzada contra el follaje, lejos de aquel soñado paraíso de luz artificial y temperatura controlada.

Posada sobre el envés de una hoja, me pregunto si tratará en su fuero interno de encontrar sentido a su desventura, si sentirá angustia de expatriada, o simplemente se dejará ir, ignorando los ominosos sucesos acaecidos, imposibles de concebir o aprehender para nadie que no los haya sufrido. ¿Se preguntará si no habrá sido todo un sueño? ¿Sí existió aquel lugar maravilloso?

Unos centímetros más allá, la pequeña lagartija poiquiloterma la ve posarse de pronto. Inmóvil pero alerta, el reptil se acomoda y acelera los últimos pulsos de su metabolismo, antes de que el frío del anochecer le vuelva a reducir a naturaleza inerte.

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