Teatro

El Chester tiene buen ambiente esta tarde, es viernes y se nota que muchos han salido ya de sus trabajos y empiezan el fin de semana. En una mesita dentro del bar, hay sentada una mujer joven con una margarita; es morena, de pelo corto y lleva una falda de tubo con americana, ambas prendas de color gris claro.

A sus pies, reposa un maletín que ha visto días mejores. De vez en cuando deja las conversaciones del móvil y levanta su mirada hacia la puerta de entrada del local. En una de sus inspecciones hacia esta, coincide con la entrada de otra mujer joven, morena también. Su pelo rizado le llega hasta los hombros y su ropa es más casual: unos vaqueros y una camisa blanca que lleva por fuera del pantalón. Lleva una mochila bandolera de cuero y un teléfono en la mano al que deja de mirar, al cruzar el umbral de la puerta, para mirar el interior del local. La mujer de la mesa sonríe y levanta una mano.

—Roxy, aquí —dice, intentando no llamar mucho la atención.

La chica ve a su amiga y la saluda con la mano con timidez. Se acerca a la barra, habla con el camarero y señala a la mesa. Luego se acerca hacia ella.

— Bueno ¿qué tal fue? —pregunta la mujer de la mesa con tal impaciencia que a su amiga aún no le ha dado tiempo a sentarse.

— Mal, muy mal. Creo que me ha dejado —dice Roxy con gesto serio, mientras arrima su silla a la mesa.

— ¿Crees? —dice su amiga contrariada— ¿Cómo que crees?

— Sí, yo tampoco lo entiendo del todo, aún lo estoy asimilando.

— Pero tienes que saberlo, ¿te ha dicho algo o ha hecho alguna cosa para que estés tan segura?—. La amiga de Roxy está extrañada.

— La verdad es que no me ha dicho nada, bueno, no he vuelto a hablar con él desde la última vez que salimos. Y eso que lo pasamos muy bien —Roxy se muestra algo triste.

— Aquí tiene lo que ha pedido, señorita.

El camarero trae un martini seco a Roxy.

— Gracias —. Roxy coge la bebida y le da un buen trago.

— Ya me comentaste que al final de la velada todo se torció, pero no me has dicho nada más —dice en tono descontento.

— Estaba muy cabreada. Y descolocada también; Marian, no te lo conté porque todavía no me creía lo que me había pasado —explica Roxy — . Ahora, que está medio asimilado, te lo puedo explicar.

— Estoy impaciente—. Marian sonríe.

— Verás, como te comenté, el domingo quedamos para cenar, como solíamos hacer otras veces. Todo muy bien: comimos en el Dimo’s, luego vinimos aquí a tomar un par de copas y luego fuimos a su apartamento, que queda cerca. Hasta entonces todo fue perfecto. Reímos y hablamos de nuestras cosas. Pero, al llegar a su casa, todo cambió de forma radical —la voz de Roxy se torna seria.

— ¿Qué os pasó? —pregunta Marian.

— Cuando abrió la puerta para dejarme pasar, vimos a un hombre sentado en un sillón, justo frente a la puerta, el sillón no estaba ahí la última vez que estuve en el apartamento, así que puede que el hombre lo cambiara para darle un toque de teatralidad al momento. Porque el momento se volvió bastante teatral—. Roxy suspira.

— Je, je, sigue —comenta Marian.

— Bueno, el hombre saludó a Michael y él le devolvió el saludo con total naturalidad. Como viejos amigos, pensé, pero al verles las caras noté que estaban demasiado serios, como concentrados. Durante unos segundos ambos se miraron sin mediar palabra, todo muy enigmático. Entonces, el hombre del sillón, le dijo a Michael que necesitaba hablar con él a solas e hizo un gesto con la cabeza hacia mí. Acto seguido, Michael me dijo que debía irme y que me llamaría por la mañana para explicarme qué había pasado —Roxy se nota enojada — . Y me echó de la casa, ni me escuchaba mientras le preguntaba qué pasaba, quién era su amigo; fue empujándome poco a poco hasta sacarme al pasillo y me cerró la puerta en las narices. No entendía nada.

— Joder, qué mamón —dice Marian.

— Ya te digo, todo fue tan extraño, los dos mirándose serios, él sacándome de la casa… no sabía qué estaba pasando. Estuve mirando la puerta cerrada sin decir nada durante unos minutos hasta que me recompuse y me fui. Estaba cabreada pero también sorprendida, no podía creer que Michael, Michael «el buenazo», fuera capaz de hacer algo así, con tan mala educación.

— No sé, Roxy, hombres. Al final todos terminan comportándose como gilipollas—. Marian intenta reconfortar a Roxy, cuyo enfado va en aumento.

— Si es que eso no es lo peor, no señora —interrumpe Roxy.

— Seguro que ni te llamó al día siguiente —Marian lanza un bufido.

— Exacto, pero tampoco el martes ni el miércoles. No me ha vuelto a llamar. De hecho, cuando llamo a su teléfono, aparece el mensaje de desconectado o fuera de cobertura —continúa Roxy.

— Qué hijo de puta —Marian se ha unido al enfado de Roxy.

— Oh, y no se vayan todavía, que aún hay más —el tono de voz de Roxy aumenta lo suficiente como para que las personas de la mesa de al lado se giren hacia ella.

— No me jodas—. Marian está sorprendida y muy enfadada.

— Fui a buscarlo ayer al trabajo.

— No jodas, Roxy, ese no es tu estilo—. Marian intenta clamarla un poco.

— Estaba muy enfadada, no podía más, así que fui a montarle un numerito —toma aire — . Me acerqué al trabajo y pregunté por él, pero nadie sabía quién era. Nadie. Hasta saqué una foto y no sabían quién era.

— Bueno, a lo mejor había avisado a los de recepción —comenta Marian.

— Eso pensé, así que me quedé fuera todo el día hasta la hora de salir de Michael. No dio señales de vida. Y hoy he llegado antes al sitio para ver si entraba. He estado allí hasta hace un rato. Michael no da señales de vida—. Roxy se va calmando un poco.

— Me parece muy fuerte lo que me estás contando —Marian no da crédito.

— Hoy me he atrevido a preguntar a la gente que iba entrando en las oficinas a ver si alguien lo conocía. Nadie. Marian, creo que me mintió cuando me dijo dónde trabajaba, no hay otra explicación—. Los ojos de Roxy se ponen vidriosos.

— Es que hay que ser cabrón, el puto numerito que te ha montado para dejarte, ¿no podía mandarte un mensajito de mierda al móvil como hacen todos los hombres cobardes?—. Marian coge la mano de Roxy.

— De verdad que no lo entiendo: tanto teatro, el tipo del sillón. Joder, hasta había puesto la lámpara del salón a su espalda para hacer un efecto de contraluz—. Las lagrimas recorren las mejillas de Roxy —Hijo de puta.