Todas las mujeres están locas

Alejandro es arquitecto, tiene cincuenta años y vive con su mamá. Por las noches intercambia fotos en la red, en chats tipo: «Cuarentonas ardientes» o «Nunca es tarde para enamorarse». Alejandro tiene dos hijos, Alejandro Jr. de treinta años y Alejandra de dieciséis.

Alejandro nunca se pregunta si es un buen padre, si fue un buen esposo, o si es un buen hijo. Lo único que le interesa es el sexo casual. Conocer a alguna mujer en internet, mandarle un par de mensajes, ir a beber, bailar un poco y terminar en un hotel. Y si la mujer está de acuerdo, tomar unas cuantas fotos para su colección «Las mujeres de mi vida».

Celia, la madre de Alejandro, es una fanática religiosa (cristiana). Su mayor miedo es morir y caer en el infierno. La última vez que tembló en la ciudad se arrodilló y confesó al cielo — y a los vecinos que la escucharon — su desprecio por los negros y la gente de la iglesia: «Los odio a todos. Todos son pobres y feos. Arrimados muertos de hambre, ensucian la imagen de los verdaderos cristianos que somos blancos y guapos como tú, mi señor».

Celia se encarga de tener limpia la casa, hacer la comida y lavarles la ropa a Alejandro y Alejandra. Y ellos muy tranquilos sin hacer mucho. Celia piensa que nunca lavarán un plato, ni tenderán su cama. «Ellos no lo van a hacer, les gusta vivir entre la mugre. Si no lo hago yo, ¿quién?».

A Alejandro no le interesa ir a la iglesia con Celia. Su vida son las mujeres y trabajar de vez en cuando. Alejandra se la pasa bobeando todo el día en el celular y de vez en cuando pide dinero para salir con sus amigas. No le interesa ni su papá, ni su abuela, ni su hermano. Su mamá vive en Irapuato y la visita cada tres meses. Salen a comer y van de compras.

Alejandro Jr. vive en las afueras de la ciudad. En un cerro por donde no pasó la mano de Dios. La casa se la regaló su bisabuela. Y prefirió vivir en ese lugar mísero, a soportar la histeria de su abuela y el cinismo de su papá. Alejandro Jr. desprecia a su papá. No tiene ningún recuerdo de su infancia a su lado. Sólo recuerda a su mamá gritando y arrojando objetos contra la pared.

Cuando Alejandro Jr. cumplió 26 años — aún vivía en la casa de su abuela Celia — , Alejandro decidió que era momento de enseñarle a su hijo a andar en bicicleta. Compró una licra de ciclista y la dejó sobre la cama de su hijo. Alejandro Jr. ni siquiera se la probó, sentía que esa ropa ajustada era otra forma de humillarlo sutilmente. Tomó la licra y la arrojó desde la azotea a la casa de los vecinos. Al día siguiente los dos estaban en la calle sobre las bicicletas. Alejandro ajustó el asiento y comenzó a hablar sobre equilibrio y mantener la vista al frente. Alejandro Jr. subió a su bicicleta y se fue, ignorando a su papá. «Después de 26 años quiere venir a enseñarme como andar en bici, ¡qué se joda!», pensó.

Esa tarde desayunaron juntos por primera vez en su vida y Alejandro creyó que era la situación perfecta para hablarle sobre las mujeres. «Mira hijo, últimamente te he notado muy triste. Y te digo que si el problema es una mujer, no debes preocuparte. Escúchame bien. Todas las mujeres están locas. Tu abuela, tu mamá, tu hermana y tus hijas van a estar locas». Alejandro Jr. estaba ocupado mirando lo estúpido que se veía su padre con un trozo de huevo en el colmillo superior derecho. Las palabras de su progenitor nunca habían representado nada para él.