En uno de los textos incluido en Un juego de paradojas digo que si pensamos en que los libros infantiles y juveniles han de ser un escalón hacia la mejor literatura, cuyo listón lo fijan obras como El Quijote o La divina comedia y autores como Shakespeare y Dostoievski, ya se ve que no estamos hablando solo de recursos lectores y literarios sino de contenidos humanísticos y de comportamiento ético.

Este aspecto, tan importante a la hora de juzgar el interés de un libro, se ilumina con una jugosa digresión chestertoniana que comienza con una presentación de la humanidad dividida en Pueblo, Poetas y Profesores o Intelectuales. Para nuestro tema donde dice Pueblo podríamos decir Niños y Jóvenes, y donde dice Poetas podríamos poner Autores de Literatura infantil y juvenil (LIJ).

El Pueblo tiene presunciones, designadas «lugares comunes», tales como la de que la infancia es encantadora o que un hombre luchando contra tres es un hermoso espectáculo. Estas ideas sutiles que el Pueblo experimenta pero no sabe expresar, son las que los Poetas pueden formular de tal manera que parecen ser las cosas profundas que realmente son: donde un hombre común oculta la emoción más original diciendo «excelente abuelo», Víctor Hugo habría escrito «l´art d´être grand-père».

Pero si los Poetas elevan los sentimientos populares al grado más alto, debemos recordar siempre que solo son sus guardianes. Ningún hombre pudo jamás escribir una buena poesía para demostrar que la infancia es repulsiva o para señalar que resulta despreciable que un hombre cruce su espada contra otros tres. Los individuos que pueden sostener este tipo de cosas son los Profesores o Intelectuales majaderos.

Son Poetas quienes se alzan sobre el Pueblo entendiéndolo, como hizo Dickens por ejemplo. Son Intelectuales majaderos quienes se alzan sobre el Pueblo rehusando comprenderlo, diciendo que sus turbias y extrañas preferencias son prejuicios y supersticiones. Los majaderos hacen que el Pueblo se sienta estúpido, los Poetas hacen que el Pueblo se sienta sabio.

Los niños como lectores no son natural o necesariamente sabios pero sí tienen la ventaja de que son siempre sinceros: si un libro les gusta lo leen y si no lo dejan. La historia de la LIJ va dejando un rastro de libros que superan los límites del tiempo y que los niños han leído y siguen leyendo siempre. En ellos se ve claramente cómo los buenos autores conectan con los niños y, al hacer que se sientan sabios y tratarlos como a sabios, los hacen sabios de verdad.

Los malos autores, aunque no dejan sus obras en la historia, sí actúan en el presente haciendo que sus lectores se sientan estúpidos y convenciendo a no pocos adultos de que a los niños en realidad les gustan otras cosas de las que dicen que les gustan. Dicho de otro modo: desconfíen de un cuento para niños que no diga claramente que un pirata es siempre un pirata, por más que tenga su corazoncito y pueda ser un extraordinario navegante.

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Luis Daniel González

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Escribo sobre libros, y especialmente sobre libros infantiles y juveniles, en www.bienvenidosalafiesta.com y en http://librosparajovenes.aceprensa.com.

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