Tres fragmentos apócrifos

Si algo faltaba era un paisaje para sumar a aquel desierto donde nada podía surgir salvo el monoteísmo.
Abelardo Castillo.
La petición de Salomé
El perfume embriagador que nubla los sentidos. Un hombre es hipnotizado por el vientre de una mujer. El baile, el desenfreno y la agonía.
Otro hombre espera en su celda, ya cumplió con su cometido. Su virtud era el anuncio y la unción. Solo en su celda comienza a menguar mientras en Cafarnaún el Ungido crece.
— Pídeme lo que quieras y lo que quieras te daré. —La lujuria de Herodes era manifiesta. Era un animal en busca de su presa.
— La cabeza del Bautista en un plato —fue el capricho de Salomé.
Un sol tibio fue borrando la noche. Un instante imperceptible en donde fueron uno. El cielo celeste con nubes anaranjadas se pobló de lamento y dolor. Uno cumplía su destino. El otro crecía aguardando el suyo.
Protomártir
Alza los ojos escondiéndose en una sonrisa. El día había amanecido entre risas y camaradería. Tan distinta era esa tarde de dolor, polvo y sangre. Cuando lo llevaron al Sanedrín supo su destino. Creía más en sí mismo y en su afilada verba que en el Mesías.
Esteban recordaba un sueño lejano, quizás el mismo que tuve yo intentando descubrir su martirio en un aula del sur del mundo. Su sonrisa exasperaba a los soldados y llenaba de pánico a Saulo.
El sueño de la niñez era felicidad, su madre pasando su mano por su cabello y el perfume resignado de los olivos. El cielo de su sueño era el mismo en ese instante, las magulladuras en su cuerpo aumentaban el recuerdo.
Sintió sangre en su lengua. Tanto miedo. El deseo de ser otro, pero la convicción de una doctrina de amor que anula el pasado, lo convencía. Sintió la mirada del joven Saulo, percibió el hedor de su deseo.
El dolor de saber que su sueño se pudría. El cielo se cerraba.
Damasco
Pudo ver el sol directo en su centro, observó toda su composición, todo era tan nítido. Un escozor recorrió su cuerpo alojándose en la espalda. El deseo se agolpó en el pecho. La respiración comenzó a volverse intensa, jadeaba tanto que padecía. Un zumbido en los oídos penetraba su corteza sacudiéndola, todos los músculos temblaban. Intentó pedir ayuda pero las cuerdas vocales estaban atadas, imposibilitadas. Las palmas de las manos se agrietaron, no dejaba de brotar sangre, tanta como la de Esteban. Las llagas quemaban, ardían.
Lo único que podía hacer era observar el sol.
Sabía que no terminaría, Dios sí lo sabe, aún lo padece y así por la eternidad.
El sol mutó en cruz, la escupió, aborrecía el pacto que le ofrecía. En ese instante el dolor recrudeció. Su cuerpo rememoraba el tremendo placer de las lapidaciones.
Todo se oscureció, la tortura cedió parcialmente convirtiéndose en ceguera. Sintió asco y resentimiento, no tenía escapatoria, ya era Pablo.

