Un día en Mazunte, Oaxaca

Estaba esperando que algo sucediera para poder empezar a escribir. Sabía que algo sucedería. O ¿acaso puede pasar un día sin que algo suceda? No lo creo. Siempre hay un evento mínimo que podemos narrar. No todo está dicho, menos aún, escrito.

Pensé en escribir antes de ir por la cerveza. Escribir sobre los moscos. Sobre lo poco que sabía sobre ellos y lo nefasto que me parecían. Esperé, esperé y no escribí. Sabía que la cerveza siempre trae historias, o mejor dicho, acelera y hace más nítidas las historias. Puedes ver el esqueleto sin piel, sin ornamenta.

Nos despertamos a las seis a. m. y tuvimos un poco de mal sexo. No pude hacerlo; mi piel estaba tan quemada que no pude continuar. Me dolía y seguía. Pero simplemente la excitación se desvanecía cada que mi piel ardía con algún roce leve. Paramos y volvimos a dormir. Despertamos, mejor dicho, desperté a las ocho y treinta. Ella dormía, hecha bolita, con sus piernas rojas por el sol. Tan breve, tan pequeña. Y me dije: «Tengo que escribir sobre el tiempo en Mazunte. Sobre cómo todo sucede y el tiempo no pasa».

Me pongo repelente y salgo del mosquitero que cubre la cama. Abro la puerta del cuarto y me recuesto sobre la hamaca. Vislumbro el mar desde este rincón de la montaña. La vista es perfecta, se tiene dominio del horizonte y de la gente caminando en la playa. La escena completa.

Son las ocho treinta y cinco y quiero tomar una cerveza. Me columpio en la hamaca. Las olas van y vienen. Todo es tan calmo que pienso en dormir; cierro los ojos. Todos los problemas han quedado tan lejos. Las protestas en Hamburgo contra el G20. Trump, el cambio climático, mi compromiso político. Mazunte es tierra hippie, relax total. Descansar y olvidarse de todo.

Despierto, son las nueve y treinta. Busco el porro.

Momento de escribir. Espero. Algo sucederá aunque ya hayan sucedido varias cosas. Supongo que las cosas que suceden aquí tienen que ver con el mar, los moscos, el sol. Aquí nadie muere, nadie es explotado —o nadie lo parece — . Todos felices y contentos. Un paraíso. El resto del mundo que se pudra por ambicioso. Aquí se viene a ver el mar, fumar un porro, tomarse una cerveza y comprar productos orgánicos que no dañen tu salud ni la del planeta.

Ella se despierta. Le pregunto si quiere algo de la tienda —que está a quince minutos caminado — . Quiere un pan.

Bajo, compro la cerveza y el pan. Comenzamos a tomar dentro de la cama cubiertos por el mosquitero blanco. No nos besamos pero comenzamos a hablar en tono de confesión. «Sabes…», y me cuenta sus miedos y yo le cuento los míos. Y sigo sin poder fumar marihuana, no la encuentro. No la quiero encontrar. Sucedió algo que está lejos de aquí. Algo que está allá en la ciudad y sus problemas. Lejos de nosotros. Pero que de alguna u otra manera hemos conseguido traerlo. Lloramos y nos abrazamos. Son las once a. m. y tenemos tiempo suficiente para escribir, para esperar que suceda algo. Me he terminado dos litros de cerveza y ella lo sabe, es astuta. Me comienza a besar el cuello, el alma. Me prepara. Me voy de aquí.