Un perrito: la mejor terapia

En esos ojos está el secreto para la eterna felicidad.

Como uno no puede saber cuándo la vida está por darte un empujoncito para que el día se haga más leve, la semana más llevadera y el fin de semana más cercano, el secreto es tener la mente y el corazón abiertos para recibirlo y agradecerlo. En especial si viene en la forma de una peluda masita de alegría y juegos.

Hace algún tiempo, llegué a la torre adyacente a la que aloja mi oficina, camino a sacar plata, cuando noto algo que no es igual a todos los días. Al igual que ayer, hay un hermoso (aunque ahora sé que es hermosa) Beagle cerca de la entrada. Ya me había topado con Moca el día anterior, acompañada de su abuela, por esas coincidencias que uno agradece. Ayer la había saludado brevemente, pues considero de mala educación no saludar a un perrito que se te acerca moviendo la cola. Hoy está con su papá, un muchacho al que le estimo unos veinticinco años, fornido como un atleta pero con cara de niño. No puedo resistirme.

— Disculpa, ¿me permites? — , le pregunto.

— Claro, vale. —Sonríe.

Moca es alegre y juguetona además de hermosa; debe estar acostumbrada a la gente que se quiere acercar a ella. Me siento a su lado y dejo que me huela.

Me reconoce de inmediato, y busca enseguida cubrirme de entusiastas lamidas. Me alcanza mi oreja y empieza a olerla y a mordisquearla con suavidad. Yo estoy muerto de risa, y la depresión que me amenazaba se convierte en una lejana amenaza.

—Ayer la vi cuando hacíamos diligencias aquí — le digo entre risas—. ¿Estaba con tu mamá, no?

—Sí, estamos preparando su viaje.

—A Perú, ¿verdad?

—Eso es correcto. Ya mi novia está allá y la va a recibir. Yo apenas me puedo ir el martes que viene y eso me tiene medio mal.

Siento una ligera nube negra pasar por encima del encuentro. Estoy ante otro muchacho que el país espantó, que debe dejar atrás a su familia y a su gente. Pero me consuela saber que se llevará a su perrita, quien tiene quien la reciba allá en Perú.

—Va a viajar como carga viva, ¿no?

Veo su sonrisa medio quebrarse.

— Sí, el vuelo sale hoy en la noche a las ocho y llega a Perú a las doce. Pero mi novia no la puede buscar sino mañana en la mañana, porque la gente de la aduana trabaja hasta las tres.

Lo entiendo bien. Más de doce horas sin ver a su familia. Estoy tentado a pedirle el contacto de su novia para saber cómo está. En cambio le digo que entiendo su angustia.

—Ella se pondrá feliz de verla — dice mientras juega con su correa, que Moca jala con alegre ferocidad—. Fíjate que ella llegaba todos los días en lo que salía del trabajo, y Moca ya estaba desde el balcón a las cinco y media esperando a que llegara. Y mi novia tiene como dos semanas que se fue y todavía lo hace.

Trato de ignorar que se le medio quebró la voz para poder ignorar el nudo que se forma en mi garganta. Porque claro que le creo. Aún está fresco en mi memoria la alegre colita que me recibía cada vez que llegaba de la casa, así me ausentara diez minutos. Baloo está tan presente ya que tengo que compartir esta historia con el papá de Moca, mientras ella recuesta su cabecita en sus piernas.

En medio de una fuerte depresión aunada al divorcio, problemas financieros y laborales, mi cachorrito de cuatro meses era mi escape. Así que un día juego con él como suelo hacerlo. Pero al ser tan pequeño, aún no conoce su fuerza. Me toma mi nariz y muerde duro. Oigo un ligero crack mientras sus dienticos penetran mi cartílago. El dolor es instantáneo, la sangre mana, y acompañé a ambos con un bramido de furia. Baloo se aleja al instante; sabe que hizo algo muy malo. Ni siquiera lo miro: me levanto y corro al cuarto, cerrando la puerta con fuerza.

Dos minutos pasan; estoy sentado en la cama con un papel en la nariz esperando calmarme. Pues no es solo el mordisco en la nariz: son las deudas, es la frustración en el trabajo, es el posible divorcio, son las tentaciones, es la conciencia, es la enfermedad. En eso oigo los rasguños en la puerta, junto con un gemido que juro me sonó a perdooooón… Con un suspiro me levanto y abro la puerta. Baloo agita su colita y empieza a buscar fiesta. Lo ignoro. Estoy caminando hacia la sala pensando en todo lo que tengo encima, mil cosas que no sé cómo afrontar, cómo lidiar con ellas, cómo pagarlas, cómo mejorarlas. Estoy en un sitio oscuro y no veo ninguna luz que me la alivie. Y ahora encima tengo una nariz sangrante.

Pensando en todo eso, llego al sofá, y no aguanto más: simplemente empiezo a llorar. No, eso no es suficiente; empiezo a sollozar. Grandes lagrimones caen sobre mi cara como un río. Odio al mundo, me odio a mí mismo y no sé qué demonios va a pasar conmigo. Caigo sentado en el sofá, pero sigo deslizándome hasta el piso, la cara hundida entre las manos.

Y en eso siento algo que se me mete entre las manos. Había olvidado incluso que Baloo estaba allí. Ni lo había oído en todo el tiempo que tengo mi breakdown. Pero ahora me está apartando las manos con su nariz, y empieza a lamerme fervorosamente las lágrimas. Cuando terminó, se acomodó sobre mis piernas y puso su cabeza en mis brazos y se quedó tranquilo.

Y eso fue todo lo que necesitó hacer. Las lágrimas cesaron, y simplemente nos quedamos sentados reconfortándonos.

Cualquiera que tenga perros —está bien, gatos también— ha experimentado esto en más de una ocasión. Hay una conexión especial entre un ser humano y el animal que ha escogido para que le haga compañía, a la que este está sintonizado de tal manera que cualquier cambio fisiológico será inmediatamente percibido. Y se aseguran de mantenernos tan alegres como ellos a nosotros, así los gatos sean más complicados, aunque no menos claros, para demostrarlo. No es casualidad que los ancianos que tienen mascotas tienen mejor calidad de vida que los que no, y en general hay muchísimos beneficios psicológicos de tener un amiguito peludo. Por eso es que jamás entenderé cómo puede haber gente a las que no le gusten las mascotas, gente incluso buena que les tiene miedo o rabia, mucho menos seres humanos que los maltratan. ¿Que no saben que son como pequeños ángeles peludos que Dios nos mandó para hacer nuestras vidas mejor?

Me despido de Moca y reconforto a su dueño, asegurándole que todo estará bien. Por supuesto que pienso en Baloo, pienso en cómo me cambió la vida el año que estuvo conmigo y cómo me hace falta, dados los altos y bajos que me ha dado la vida. Y cuando regreso a mi oficina, me doy cuenta que ese día cumplía dos años desde que me despedí de él, que fue a vivir con su hermanita Allie a casa de mi amiga. Me doy cuenta también que por diversas circunstancias tengo algunos meses que no lo veo. Pero también agradezco que siempre Dios tiene algún peludito por ahí dispuesto a traer un pedacito de sol a un día gris.

Feliz viaje, Moca. Espero que sigas haciendo muy feliz a tus dueños.

Baloo (izq) y Allie, recién salidos de la peluquería.

Actualización: Leí esta entrada la mañana de hoy, nueve de agosto de 2017, por pura casualidad, dos años luego que la escribí. Este fue un día también lleno de estrés, propio y ajeno, con una cierta incertidumbre por el futuro propio, una enorme por el del país. Pero mira cómo son las cosas: cuando llego a mi edificio, una dupla de Pug y Yorkshire Terrier están ahí para espantar esas angustias y garantizarme una feliz noche. Gracias, Dios, por los perros.

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