Un té, por favor, no un caldo de calcetines

— ¿Es eso una tetera? —dijo el inglés expresándose en su lengua materna que traducimos para ganar más audiencia.

— Pues claro —dijo ella—. ¿Qué otra cosa podría ser?

— Bueno, esto sí cualifica como tetera —dijo él jugando con la tapita del pequeño recipiente aparentemente de porcelana blanca de calidad industrial y que descansaba sobre un plato de idéntico material—. Normalmente en España lo que llaman tetera es más grande que la taza.

Ella tardó en entender a lo que él se refería. De repente recordó las ridículas teteras de acero inoxidable que poblaban las cafeterías tipo y entonces se rió con comedimiento.

Al ver que su discurso era bien recibido, él continuó haciendo brotar dislates de su aparato fonador:

— Aquí en España ponen tan poca agua que el té parece melaza, y no te digo cuando piensan que a nosotros nos gusta fuerte y ponen más de una bolsita.

Estaba claro que más de una vez le habían servido infusiones infames fingiendo servirle un té, así que no extrañaba que él estuviera tan inspirado en la descripción de aquellos brebajes con ricas figuras literarias.

A todo esto conviene apuntar que una nunca sabe cuando su pasado de tristes tardes en Inglaterra tratando de reproducir el hit-parade pastelero de aquel territorio va a venir a pelo para la traducción simultánea, porque la palabra melaza en inglés no es precisamente de las típicas que se aprenden en las academias.

A estas alturas alguna de todas aquellas chorradas habían activado el mecanismo de la risa tonta retardada. Estaba riéndose tanto que no supo ni cómo su propia risa la dejó escuchar aquello de:

— Es que de verdad, en este país se maltrata el té, debéis abandonar el concepto de té espresso.

Todas estas tonterías de adultos afectados y cretinos que se están relatando aquí probablemente no harán reir a quien no se haya dejado arrastrar por el evangelio del té a la inglesa. De hecho en España es casi toda una heroicidad haber tenido la madurez suficiente como para darle una oportunidad después de las férreas asociaciones forjadas en la niñez entre la diarrea y un té Hornimans o Pompadour echado a perder con kilos de azúcar.

No, no todos los recuerdos de la infancia son gratos, pero ojalá todos los ingratos fueran tan irrelevantes como que el té que nos forzaban a tomar cuando enfermábamos fuera caldo de calcetines.

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