Una enfermera del presente, con una visión de futuro, anclada en la práctica del pasado

Día Internacional de la Enfermería

Desde que tengo uso de razón, cuando me preguntaban qué quería ser de mayor, mi respuesta siempre era la misma: enfermera. No tengo muy claro si lo decía por decir, o si siempre supe que esa era mi verdadera vocación, necesaria en esta profesión tan humana. Y en realidad he tenido una relación de amor-odio que me gustaría compartir contigo, aquí entre nos, tomándonos un buchito de té.

Fue en la adolescencia, cuando empecé a dudar si estudiaba medicina o enfermería. En el fondo yo quería ser enfermera, pero muchas personas de mi entorno, dadas mis notazas, me proponían que me plantease la otra opción. Como si una enfermera no pudiese tener una media de notable alto en la prueba de acceso a la universidad, porque sería desperdiciar su talento. Sé, que no lo hacían con mala intención, pero a lo largo de todo este tiempo, me he dado cuenta de que la sociedad, en general, infravalora esta profesión. Se nos considera sanitarios de segunda, al igual que a mis compis los fisios, mientras que a los médicos, una especie de semi dioses. Y esto me duele. Porque todos somos igual de importantes dentro de la estructura sanitaria. Todos dependemos de todos. Tenemos roles y competencias diferentes, pero todos somos igual de importantes.

Final —y afortunadamente— me decidí por enfermería. Para mí era más importante la relación que iba a tener con la persona y las actividades que iba a desempeñar, que la categoría profesional o el sueldo a final de mes. Siempre he sabido que tenía que perseguir aquello en lo que creyese y que me hiciese más feliz.

El primer día en la universidad, cuando presentaron la asignatura de Enfermería Comunitaria, supe cuál era mi verdadera pasión. Todo aquello que estaba diciendo la profesora, acerca de lo que nos iba a enseñar, despertó en mi interior miles de mariposas que se pusieron a revolotear por todo mi cuerpo. La materia estaba dividida en varias partes y la suya se iba a centrar en la salud. En el individuo sano, antes de la llegada de la enfermedad, para evitarla y/o retrasarla. Estaba incluso antes de la prevención. Era promoción. Era educación.

Nos dijo que en la actualidad (la del año 2004, pero que se puede aplicar a 2017), los centros de salud no eran centros de salud. Eran centros de enfermedad. Lugares a los que iban individuos que estaban enfermos y que nosotros, la nueva generación de enfermeros, teníamos la posibilidad de cambiarlo, para promover la salud en la comunidad, en lugar de centrarnos en el tratamiento de la enfermedad o sólo en la prevención.

Mis ojos hacían chirivitas y veía purpurina de colores por todas partes. Brillante y maravillosa. Me parecía emocionante el papel que podía jugar la enfermera en la salud del individuo y de la población. Sentí empoderamiento y miedo a partes iguales, porque me di cuenta del peso que podía tener mi trabajo para el bien común y la gran responsabilidad, con apenas 21 años.

Fui consciente de cómo tener una comunidad saludable repercutía en el resto de aspectos de la vida, desde el absentismo laboral, la felicidad y la satisfacción con la vida, hasta la economía de un país.

Aprendí que el individuo es un ser BIO-PSICO-SOCIAL, un TODO. Que no te puedes centrar sólo en evaluar un aspecto de su salud, porque su persona no se puede dividir y porque todo influye en todo. No vale mirarle cómo tiene el azúcar y decirle que deje de comer bollos. Hay otros aspectos en los que se debe profundizar, valorar y trabajar, aunque en un primer momento parezca que no tiene ninguna relación con su nivel de azúcar, como su nivel sociocultural, sus ingresos o el barrio en el que vive, entre otros.

Desde ese primer día lo tuve muy claro: yo quería ser enfermera comunitaria. Pero ése tipo de comunitaria. Y lo tuve tan claro que, desde el momento en el que me convertí oficialmente en enfermera, acudí a las listas de Atención Primaria de Salud a inscribirme en ellas, obviando las listas hospitalarias. Allí y sólo allí.

Muchas personas no entendía por qué no ampliaba mis posibilidades, por qué no lo intentaba en otros servicios para tener experiencia en otros campos y es que muchos tienen el concepto de que la enfermería comunitaria es el paso previo a la jubilación. De que allí el enfermero no trabaja, no aprende, ni se hace enfermería de «verdad». No digo que no haya enfermeros en los centros de salud que hagan eso, hay de todo en la viña del señor.

Por otro lado, muchos creen que la enfermería es «pinchar culos» —¡uy! perdón dije culo—, tomar la tensión, el azúcar y curar heridas. No digo que esto no sea necesario y que no sea una parte esencial de la profesión. Pero no es sólo eso, hay un mundo más allá de la parte asistencial. En ese momento no sabía expresarlo con palabras, no tenía forma ni color, pero era consciente de que no era lo que yo quería hacer.

Cuando tan sólo tres días después de darme de alta en las listas sanitarias, me llamaron para ofrecerme un contrato, los nervios por mi primer trabajo se mezclaron con la ilusión de empezar a hacer lo que quería. Se me llenaba el alma de satisfacción máxima por dedicarme a esta profesión.

Durante varios años hice un canario conoce tu isla, rotando de un centro de salud a otro, con contratos tan interesantes que a veces-muy a menudo, sólo duraban un día. Y poco a poco, mis ilusiones se fueron desinflando como si de un gran globo se tratara.

Pude comprobar que lo que decía mi profesora de comunitaria era verdad. Los centros de salud eran centros de enfermedad. ¿Acaso alguien va a un centro de salud, entre los 14 y los 50 años, a menos que esté enfermo, ya sea de gripe, porque se hizo una fractura o a hacerse una analítica muy de vez en cuando?

Y no digo que esto no esté bien y que ése no sea el lugar para hacer prevención o tratamiento de determinadas enfermedades, pero a lo que voy, es que no es sólo eso. Sino que es mucho, muchísimo más. Que se le debe dar la importancia que verdaderamente tiene, potenciar la SALUD de la población.

Creo que todo ello es bastante complejo y que no es culpa de nadie en particular y de todos en general, de los políticos, de los profesionales y de los usuarios por el uso que le damos.

Quizás pienses que yo podría haber sido el agente de cambio. Y no te contradigo, yo también lo pensaba, pero ¿cómo iba a hacerlo si sólo estaba unos pocos días en cada centro? ¿Cómo, si el centro, en muchos de los casos, decidía cerrar la agenda de consultas de los pacientes que tenía la persona a la que ibas a sustituir y tú, o sea yo, sustituta, tenía que irme a trabajar a la Unidad de Atención General o hacer domicilios? Lugares en los que tenía una actividad asistencial y que, como mucho, daba unas pequeñas pinceladas de prevención y educación, en el poco tiempo que me quedaba. Era una parte de la Atención Primaria, pero no la que a mí me apasionaba.

Cuando tenía la suerte de poder estar en consulta, donde podía hacer más promoción y educación, el 99,9 % de los pacientes tenían alguna patología de base: hipertensión, dislipemia (niveles elevados de colesterol o triglicéridos), diabetes… por lo que podía, tenía, debía y hacía educación pero partiendo de una enfermedad. Enseñándole a una señora de 60 o 70 años, con el azúcar por las nubes, que tenía que dejar de comerse esas galletitas tan buenas a media tarde. Eran personas que sólo me iban a ver una vez en su vida. Era complicado que se generara una relación de confianza, llevar a cabo acciones más activas y en las que yo creía.

No quiero que pienses que desprestigio esta parte de la enfermería, la de la prevención o la asistencial, ni incluso la hospitalaria, son sumamente importantes y necesarias. Es fundamental que haya otros compis que se dediquen y que crean en ello, que les apasione. A lo que voy, es que no era mi pasión, ni lo que yo creía que tenía que hacer.

Por si fuera poco, a todo esto se le unían otros aspectos, como la dificultad que tenía para sentirme parte de un equipo, debido al poco tiempo que pasaba en cada centro; o a que cada vez trabajaba menos días al año, debido a la situación económica de nuestro país, allá por el 2009. Así que no me quedó más remedio que intentarlo en el hospital. Debido a que me inscribí en las listas un año más tarde que el resto de mis compis de promoción, la probabilidad para que me contrataran era bastante baja.

Podría haber esperado y trabajado sólo cuando me llamaran en los servicios públicos. Aunque estaba independizada, mis ingresos me daban para vivir, sin lujos, pero podía hacerlo. Pero mi chico y yo teníamos otros planes, queríamos viajar por el mundo de mochileros, y teníamos que ahorrar, así que dejé mis currículums en cualquier lugar en el que admitieran enfermeras.

Tuve la suerte de trabajar en dos lugares que me encantaron a pesar de no realizar enfermería comunitaria, sino asistencial. Y allí descubrí la importancia que tiene para mí el trato cercano con la persona, la parte más humana de la profesión.

El primero fue en una residencia de ancianos, que era más una casa grande donde convivían personas de la tercera edad, que una residencia. Era como un grupo de amigos que se habían reunido en una casa típica canaria para pasar una etapa de sus vidas. Me encantaba la interacción con los usuarios.

La otra fue en una mutua de accidentes de trabajo donde descubrí lo que era ser parte de un equipo, donde nos ayudábamos mutuamente —de ahí viene su nombre, jeje, lo siento pero me gustan mucho los chistes fáciles y malos—, donde aprendí y crecí profesionalmente. Allí conocí a la mejor compañera que se puede tener y también a la mejor fisio del mundo, amigas que conservo hasta la actualidad. —Si me dejan, algún día te hablaré de ellas.

Cuando finalizó ese contrato, mi marido y yo aparcamos nuestras profesiones por un tiempo para hacer El Viaje. Durante cuatro meses conocimos muchos sitios, personas y culturas diferentes. Convivimos con la gente del lugar. Esto nos dio una perspectiva diferente de la realidad y nos cambió la vida. En ese momento fuimos libres. Libres de verdad, y nos dimos cuenta de la forma en la que queríamos vivir. No queríamos estar condicionados por un trabajo que se desarrollase en un lugar y con un horario determinado, y en mi caso, nada flexible. Quería libertad para decidir lo que hacer con mi vida. No quería trabajar durante once meses y disfrutar de esa libertad durante uno al año.

El regreso del viaje fue difícil. Todo estaba igual pero todo era diferente. No quería conformarme con lo que había ni hacer lo que se supone que tenía que hacer. Quería que mi vida tuviera significado y que ése se lo diese yo. No quería trabajar en algo que no me apasionaba y que el resto de factores no ayudaban a que fuera mejor: contratos de un día, con un horario determinado, cambiar de centro de trabajo constantemente, ni estar obsesionada con el móvil encima todo el día por si me llamaban para algún contrato; me negaba a no poder planificarme ese día ni los siguientes porque nunca sabía de antemano cuándo iba a trabajar.

Así que cada vez «amaba» menos la profesión y la «odiaba» más.

Probé con otros trabajos que nada tenían que ver con la enfermería o la salud, y tampoco terminaban de satisfacerme, a pesar de haber conseguido tener muchas de las variables de esa libertad que quería. Hasta que un día con ayuda de mi marido y uno de esos amigos que son familia, lo vi claro. Mi mente se despejó como los cielos de Canarias cuando desaparece la panza de burro.

Yo tenía una visión de la salud, marcada principalmente por mi experiencia durante Mis quince años de oscuridad, que poco tenía que ver con lo que se hacía en la realidad. Me sentía frustrada porque creía que no podía desarrollarla y que me tenía que amoldar a lo que había, y eso me causaba rechazo. Creía que no tenía el poder, ni los conocimientos para llevarlo a cabo.

Entendí que soy una idealista que necesita actuar según sus valores y que no se conforma con un esto es lo hay o con un no hay otra cosa. Comprendí que tenía una serie de pensamientos que no me estaban dejando ver y que limitaban mis acciones:

  • Como mi visión es esta y no hay ningún lugar en el que se practique de la forma en la que yo creo, no se puede hacer.
  • Como el trabajo se hace en un lugar y horario determinado, yo me tengo que amoldar a esa situación.
«Sé el cambio que quieres ver en el mundo». —Gandhi

Mucha gente no entendió qué fue lo que me pasó, y es normal, ni yo misma lo hacía hasta hace muy poco tiempo. Otras dicen que lo veían claro, e infravaloran la importancia que tiene para mí haber descubierto todo esto, pero yo creo que no entienden la diferencia entre el antes y el después, porque aunque lo parezca no es lo mismo. No.

Tampoco creo que mi visión sea la válida, la única y la más maravillosa. Es la mía. Y son igualmente importantes los distintos roles, actividades y especialidades que realizan el resto de mis compañeros enfermeros, en todas y cada una de las áreas en las que actuamos. El único problema era que yo no me identificaba con ello y por eso lo rechazaba.

Creo que hay un cambio de paradigma con respecto a la salud. Que cada vez hay menos pacientes y más personas activas con respecto a ella. No esperan pacientemente a que les llegue la enfermedad o la previenen, porque de algo hay que morir, sino que buscan activamente la manera de permanecer en ella.

Creo que cada vez hay más personas interesadas en mejorar su salud actual para alcanzar una mayor sensación de bienestar, tanto físico, como mental, como con su entorno.

Durante todo este tiempo fui corta de miras y no me di cuenta de que con mi forma de ver la salud, puedo actuar desde la competencia de mi profesión, que puedo realizar acciones en las que creo, que no necesito estar en una consulta, ni llevar un uniforme blanco. Que no tengo que estar en un lugar ni tener un horario determinado. Que no tengo que actuar sólo en una población específica, donde quizás haya pocas personas que sean mi público objetivo, sino que puedo ampliar el impacto y realizarlo a nivel global. Que la salud no tiene por qué estar solo en un centro o en un hospital, sino que debe estar en al calle, en tu casa. Maravillosas tecnologías y redes sociales.

Soy una enfermera del presente, con una visión de futuro, que estaba anclada en la práctica del pasado.

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