Una recomendación cada viernes

‘El alienista’, de Caleb Carr

El término asesino en serie entró en la cultura popular en la década de los 70, a raíz de la cobertura mediática de los asesinatos cometidos por Ted Bundy y David Berkowitz. Para buena parte de la cultura norteamericana, los crímenes cometidos por ambos hombres mostraron otro rostro del norteamericano pero sobre todo, el terror ciego y la mayoría de las veces invisible que se esconde en lo cotidiano. Para los criminalistas y criminólogos estadounidenses, ambos asesinos demostraban la hasta entonces abstracta teoría del asesinato con método: una obsesión psicópata que convertía cada muerte en una declaración de intenciones. De pronto, la sociedad norteamericana se encontró al borde de una visión sobre la violencia totalmente insólita que condicionó su comprensión sobre el miedo colectivo. La denominación parecía no solo mostrar un nuevo rostro —temible e inquietante— de la sociedad sino también, de sus terrores y dolores.

No obstante, para comprender en toda su amplitud las connotaciones del asesino en serie, hay que analizar su origen histórico. Porque más allá del rostro sonriente de Bundy en las portadas de los periódicos o los rumores sobre los horrores perpetrados por Berkowitz, hay un antecedente histórico que crea la percepción más exacta sobre el horror y el miedo que un tipo de violencia medular y secreta puede provocar. A finales del siglo XIX, un hombre medró en las calles de Londres y redefinió los límites de la cultura de la violencia. Se trata del asesino más notorio de la historia de la criminología y cuya identidad continúa siendo un misterio: Los asesinatos de Jack el destripador, cambiaron la forma como nuestra cultura percibe el crimen y sobre todos sus alcances. Con los asesinatos perpetrados por el Destripador, la cultura del miedo adquirió un nuevo matiz y fuerza, para convertirse en una expresión de la oscuridad de la conciencia colectiva. El mismo asesino pareció imaginar el alcance que en el futuro tendrían sus asesinatos. En una de últimas cartas a la policía, afirmó que sus crímenes «parirían el siglo XX», una frase que se atribuye a la leyenda alrededor de su figura pero que describe mejor que cualquier otra la conmoción cultural y social que Jack el destripador —sus crímenes, la incapacidad de la policía de su época y la década anteriores por descubrir su identidad— provocó en la Londres de finales del siglo XIX. Una estela que aún es perceptible y poderosa en la actualidad.

Tal vez por ese motivo, el libro El alienista de Caleb Carr hace alusión en varias oportunidades a los crímenes del Destripador. Lo hace además, en un tono de asombro y reverencia que brinda un tono inquietante a la narración. Porque la novela de Carr está ambientada en una ciudad sumida en la decadencia (la Nueva York empobrecida y violenta de finales del siglo XIX) y sus personajes, también deben meditar sobre la violencia a través de la figura temible de un asesino salvaje. Pero además de eso, Carr parece asumir el hecho del asesino —el asesinato, el poder del miedo— como algo más que un símbolo. Para el escritor, los crímenes violentos que sacuden la ciudad tienen una evidente y profunda relación con el terror que se esconde en cierta comprensión superficial sobre la realidad. La percepción sobre el tiempo, las calles convertidas en reducto de terroríficas posibilidades, convierten el libro de Carr en una meditada reflexión sobre el miedo como producto sociológico y ese quizás, es su punto más fuerte.

Carr crea toda una estructura de visiones y análisis sobre la naturaleza humana basada en la violencia, a través de la figura del psiquiatra —para la época llamados «alienistas»— y lo convierte en un fantasía de sorprendente verosimilitud sobre lo aciago y el terror de lo inmutable, todo en medio de un opulento escenario y un uso de la ambientación histórica que sorprende por su efectividad. El Doctor Lazlo Kreizler de Carr, es un genio de la observación, un reducto de positivismo y un reflejo del mecanicismo de la época. Una expresión formal del bien y del mal que Carr elabora como evidencia del asesinato como un hecho dentro del orden de lo natural —para el personaje, el asesino es un depredador con apariencia humana, pero que se rige por las mismas características y límites que su par en el mundo animal— y lo recrea a través de una percepción durísima sobre la conciencia, la percepción del hombre como falible y los dolores del espíritu humano transmutados en una comprensión profunda sobre el asesinato. Más allá de toda reflexión moral, Carr parece más interesado en crear una percepción sobre lo moral que se expresa como un reflejo de lo social. Un misterio dentro de un misterio.

Por supuesto, Carr asume la noción sobre el asesinato usando la historia de Jack el destripador como modelo: su novela transcurre en el año 1986 y también, utiliza el escenario urbano para retratar la crueldad de los crímenes. Las víctimas de su asesino también son prostitutas cruelmente descuartizadas y además, arrojadas a las calles de la ciudad, un antecedente histórico que Carr no disimula y que de hecho, utiliza como hilo conductor de su relato. No es casual que el narrador de la historia sea un periodista, que parece sostener toda la narración a través de la comprensión de los espacios de la mente humana. Pero también se trata de un juego de poderes intelectuales y morales, que convierten a la novela en la búsqueda de significado sobre la identidad del hombre a través de sus peores vicios y una percepción durísima sobre su capacidad para el miedo. De la misma forma que sus pares reales en la Londres azotada por Jack el destripador, Kreizler arma un perfil psicológico del asesino basado en los rasgos más evidentes de sus crímenes —¿por qué está asesinando solo a jóvenes prostitutas?, ¿por qué arranca los ojos?, ¿por qué las víctimas son exclusivamente de origen inmigrante?— y a partir de entonces, la novela asume su condición como reflejo del terror invisible de una época hermosa e inquietante.

Carr sin duda es un buen narrador que logra crear una tensión específica sobre lo que cuenta, y ese quizás es el motivo por el cual permite que sus líneas argumentales sean del todo creíbles, pero sobre todo, profundamente meditadas, una eclosión de diversas posturas sobre la mente humana, la maldad y la bondad, pero sobre todo, el análisis de la agresión y el asesinato como síntomas psiquiátricos. En la historia, la psicología criminal evoluciona lentamente y con una nota verídica que resulta convincente y por momento, claustrofóbica. Y Carr, hace un uso impecable de la referencia histórica para crear un contexto lo suficientemente poderoso como para usar las particularidades de la época en favor de la narración. Desde la forma de definir los trastornos psiquiátricos —desde las menciones a enfermedades específicas como la esquizofrenia por el nombre de «demencia praecox» hasta el hecho de la percepción de lo mental como «males del alma»— hasta el uso de la tecnología en la investigación criminal, Carr logra crear una mezcla inteligente de la comprensión de lo referencial y la ciencia como punto de partida a su percepción acerca de lo criminal. Incluso, Carr se toma el magnífico atrevimiento de retrotraer sus conocimientos sobre el crimen a obras contemporáneas como El silencio de los corderos, de Thomas Harris. Varias de las escenas, rinden un extraño tributo a temas analizados por Harris a lo largo de su obra y sobre todo, a su percepción del temor como elemento inquietante del estrato más evidente de lo criminal. El resultado es una impecable visión de la agresión basada en lo humano de una considerable calidad narrativa.

La novela El alienista es mucho más que un thriller ingenioso. Carr aporta buen gusto, delicadeza y elegancia a su descripción de la Nueva York decadente de finales del siglo XIX, pero también una enorme personalidad al hecho urbano que sustenta la novela entera. Tenebrosa, inquietante, pero sobre todo, dolorosamente humana, El alienista es una puerta abierta a un análisis más profundo y oscuro sobre la naturaleza del crimen, la violencia como reflejo de los misterios de la desviación psicológica y la noción del mal como límite de la incertidumbre. Inteligente, inquietante y sólida, El alienista compone un nuevo discurso sobre el terror psicológico y espiritual. Y lo hace desde las fronteras de lo inhumano y lo oscuro, quizás su mayor logro.

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